Roger Waters vuelve a la Argentina: 6 y 10 de noviembre en el Estadio Único de La Plata. En un mundo que se volcó a la derecha ¿Qué podemos esperar del show?

Vuelve Waters, luego de la recordada visita a la Argentina en 2012 con su anterior gira “The Wall” donde rompió un récord con nueve shows realizados en el Estadio Monumental –medalla antes ostentada por Soda Stereo con sus seis recitales en River–. Ahora le toca presentarse con el tour “US + Them”, una propuesta que se diferencia de la anterior (que se basaba exclusivamente en el disco de 1979) porque recorre los trabajos más emblemáticos de su carrera en Pink Floyd en la era post-Barrett. Además, Rogelio presentará algunos temas de su último álbum, Is this the life we really want?

En este último disco -lanzado a mediados del año pasado- se explica un poco el setlist elegido por el inglés para integrar su nueva propuesta escénica con su antiguo contenido musical. Se trata de un álbum plagado de guiños a su pasado setentoso, con gran abundancia de collages sonoros similares a los que tanto marcaron las composiciones de Floyd desde Dark side en adelante. Por ejemplo, ni bien empieza sentimos un pulso de reloj muy similar al de “Time”. Estos recursos se extienden a lo largo de toda la duración. Estamos ante un trabajo que se vuelve predecible al avanzar, pero que traza lazos con su propia historia musical para profesar un mensaje contra las instituciones políticas. Pero ese mensaje peca, quizá, de tibio y termina más en un señalamiento de males que en una contrapropuesta o un planteamiento de preguntas para construir una alternativa a la agenda imperante.

“US + Them” continúa esta línea política y, al igual que en el tema homónimo de su último disco, en uno de sus segmentos presenta a Trump con una caricatura que lo emparenta con un cerdo y lo relaciona directamente con el Ku Klux Klan (o sea, no faltará el chancho volador de Animals en el show). Las críticas por la ridiculización del primer mandatario estadounidense de parte los trumpistas y simpatizantes del “mejor no hablar de ciertas cosas” poco le importaron al amigo Roger y apuntó hacia aquellos que se indignan de estas manifestaciones acusándolos de no entender nada de lo que viene haciendo a lo largo de toda su carrera. Contundente y entendible: su discurso siempre estuvo en las antípodas de lo que piensan el Presidente de Estados Unidos y sus adeptos.

La lista de neo-fascistas de Waters en Río.

El título del tour es fundamental para cerrar la idea que plantea Waters contra el racismo y la xenofobia que imponen personajes como Trump. El original “Nosotros y ellos” en esta versión puede ser leído como “Estados Unidos + Ellos”, separando a los estadounidenses del resto del mundo, es decir, de todos aquellos que no sigan su línea ideológica o no sean funcionales a sus intereses. Si bien el agregado “+” demarca aún más esta división, también invita a pensar una sociedad sin estas separaciones ni discriminación en las que las diversidades convivan sin juzgamientos. El discurso neofascista y las fuertes políticas inmigratorias llevadas a cabo no solo en Estados Unidos son uno de los principales blancos de crítica que lleva a cabo este show, a diferencia de “The Wall” que planteaba su propuesta desde un mensaje antibélico. Los objetivos de quien domina son casi los mismos, pero ahora el enemigo que enfrenta el poder se encuentra incluso dentro de sus mismas fronteras. Sin embargo, el discurso planteado tiende a la mera ridiculización de estos personajes racistas y no ahonda del todo en las causas de su existencia que se encuentran en el mismo sistema económico y político, así como también los poderes hegemónicos que estimulan la aparición de estos sujetos para su propio beneficio.

En su primer show en San Pablo, que inauguró su gira por América Latina, mostró en una pantalla una lista con los neofascistas más reconocidos de cada país entre los que se encontraba Jair Bolsonaro, el candidato nazi a presidente de Brasil que arrasó en la primera vuelta. La imagen se viralizó rápidamente por la web y generó reacciones que sirven para promocionar la gira y renovar el interés del público. Waters utiliza estos nombres tan en boga en la política exponiéndolos para sacarle jugo a su show y no extraña que los acontecimientos recientes en Brasil no hayan pasado de largo al músico ni a la producción del espectáculo. Señalar sin proponer una acción o alternativa política para enfrentar a estos movimientos de ultraderecha es también el negocio que le sirve al músico inglés. No hay voluntad de acercar otra posibilidad porque se trata simplemente de un show que corta boleto en gran parte tomando esa postura anti política. A fin de cuentas todo se queda un poco en el dedo inquisidor o ese momento de abucheo cuando el nombre aparece en las pantallas y no mucho más. La estructura grandilocuente no termina de inclinar la balanza hacia el lado de la disidencia, sino que se acerca más al balance ceremonial.

«Waters utiliza estos nombres tan en boga en la política exponiéndolos para sacarle jugo a su show y no extraña que los acontecimientos recientes en Brasil no hayan pasado de largo al músico ni a la producción del espectáculo.»

También es curioso que en la misma imagen que circuló en redes de la pantalla aparece el nombre “Putin?” con un interrogante; parece que no se la jugaron mucho con esa declaración. O quizás el juego se trata de eso: no importa si se trata de un fascista o no; lo que importa es que aparezca su nombre frente a todos y genere la reacción de rechazo espectacular que deja al público conforme. Todo esto lleva a preguntarnos si cuando Roger pase por Buenos Aires se animará a poner a Mauricio Macri en el cartel de acusados o sólo devendrá en el cantito que se expande en cada recital y luego en la web.

En cuanto al contenido lumínico y audiovisual del show, podemos esperar momentos que oscilan entre el minimalismo antes mostrado con subidas de intensidad que explotan en imágenes y luces que despliegan una mezcla entre psicodelia y tecnología. Múltiples pantallas, paralelas y transversales al escenario, conforman el espacio junto con luces que aportan al espectáculo creando formas tridimensionales que abarcan e integran el sitio del espectador. Podríamos decir que juega con una realidad aumentada que por muchos momentos evoca a una sociedad mediatizada. Se trata de un discurso contra la comunicación de masas también siempre presente en el ex Pink Floyd, pero actualizado a los tiempos de la posverdad.

En definitiva, podemos esperar un show clásico, solemne y nostálgico, con la crítica social y política a la que nos tiene acostumbrados Roger Waters, pero sin perder la dosis de espectacularización e innovación que caracteriza a estos eventos masivos. Todo esto girando en torno a la división y la violencia generada desde la hegemonía estadounidense, acrecentada desde los medios de comunicación que responden a sus mandatos. Una relectura de su etapa de Pink Floyd, potenciada por su último disco, que apunta contra las divisiones impuestas desde los discursos del poder en estos tiempos actuales. Apunta, pero no dispara ni reflexiona sobre el entramado que hay detrás de estas expresiones. Pero bueno, quizás no podamos pedir mucho más de un espectáculo de tanto renombre y convocatoria. El show debe continuar.