Por: Elizabetta Cataldi

¿Les gusta el rock and roll? Gritaba Lemmy desde el escenario, frente a una puesta del sol romántica, que nos alejaba cada vez más de la lluvia.

Nosotros amamos el Rock and roll, o por lo menos yo, aunque todavía no había llegado al campo vip, mis botas embarradas y heladas evidenciaban ese amor. Desde el minuto cero Ciudad del Rock se había convertido en mi enemiga, por la zona y la organización.

Llegué tarde para Carajo y Malón, pero ví la primera mitad del show de Motörhead entre todos los que no pudieron comprar las entradas más caras.

Alguien desde el backstage debía facilitarme el acceso a bastidores, y sabemos que todos los que se tomen el trabajo de leer estos humildes párrafos, matarían por vivirlo desde ahí. A la hora indicada llegaría la cinta roja a mis manos, esa que me permitiría atravesar todos los controles de seguridad, y dejar atrás los sinsabores del inicio.

El barro me pasó una mala jugada, es cierto, y el campo delantero (donde ya estaba ubicada) juntó más gente de la esperada.

Motörhead siempre sabe lo que hace, yo los miraba desde abajo pero más cerca que nunca. No era la primera vez que me quedaba cara a cara con Lemmy. Más allá de bajarse hace unas semanas del MOR de Brasil (por problemas de salud), yo sentí que era el mismo tipo de siempre sobre el escenario: “Ahora se viene un tema misterioso” el misterio al que se refirió Kilmister en “The ace of spades” se lo llevará con él a la tumba.

El viento no ayudó a un sonido heterogéneo y probablemente, me opacó gran parte de la jornada. Pero me concentré en el terrible solo de Mikkey Dee. Cada ráfaga trajo distorsionadas las estrofas de “We are Motörhead”, pero ellos lo siguieron tocando con orgullo.

Al último acorde de ‘Overkill’, crucé el control, ya estaba en camarines. Mientras esperaba saludar a Mikkey Dee, a mi derecha, un amontonamiento inentendible de gente me desconcentró de la situación. De negro, a medio metro se abría paso Ozzy Osbourne, custodiado y lento ¡pero la puta madre! verlo a esa distancia me dejó sin respiración.
Sólo en los sueños suceden esta clase de cosas tan espontaneas, pensaba. Demasiado, en tan poco tiempo.

Lo que se ve desde afuera de Mikkey es lo que hay, buena onda, talento y humildad. Nos recibió con alegría y amigablemente, mascando tabaco: “En Suecia 9 de cada 10 pibes lo hacen” comentaba, enorgulleciéndose de sus raíces.

Las primeras cervezas se destaparon y la noche apenas arrancaba. La voz de Halford atravesaba desde lejos, hasta las charlas, sobre el mal sonido entre bastidores, y nos invitó a cargarnos de birras y subir al costado del escenario, para ver lo que estaba pasando.
Aunque el show ya estaba empezado, no había manera de no reconocer a Judas Priest. Cadenas, cuero, una moto chopera en medio de todo, extremo.

Desde arriba vi dos espectáculos además del central: La marea de público que acompañó siempre y el detrás de batería que lo encontraba a Halford un poco más débil y desorbitado de lo que se ve desde otros sectores. Tres shows en uno. Sigo creyendo que Judas mantiene lo que tiene que tener: Huevos (aunque sea un pensamiento controversial). Todos los que ya vieron a estos ingleses en vivo, sabrán de lo que hablo, son historia. Richie Faulkner (Guitarra), le viene aportando frescura a la banda, hace más de tres años.

Fui bajando del stage con el motor de la chopera que copó el escenario de JP, sonando de fondo (la hicieron rugir). Caminé con los músicos transpirados a mi costado, mientras chocaba cerveza con Scott Travis (batería JP), ¿quién me quitaba lo bailado?
La magia de Ozzy se sentía venir en el aire. A la velocidad de la luz, volví a tomar posiciones al costado de la escena que se llenaba de humo. Tampoco era la primera vez que le veía la cara al dios del metal. Desde nuestro último encuentro en el 2013, (en el Estadio Único de La Plata) junto a Black Sabbath, todo seguía igual. Aunque Osbourne no mantenga las mismas formaciones en sus bandas, el presente superó al recuerdo que yo tenía de uno de los nuevos integrantes de BS, Tommy Cufletos (Batería). ¡Una bestia!

Entre medio de tanta fiesta, Ozzy no quiso quedarse atrás y bañó literalmente a las primeras filas del público, con una manguera para incendios en ‘Mr. Crowly’. Inédito. Los fotógrafos agradecidos.

Casi sub-realmente, mirando a Ozzy, comenté cada solo y cada riff con mis nuevos amigos (Mikkey Dee, Richie Faulkner y Scott Travis). A esa altura Ozzy ya era el dueño de la noche. La cerveza seguía circulando y fue suficiente para acompañar un show corto (13 temas), pero el Bis valió x 2. Nada menos que ‘Paranoid’.

Algunos dicen que fuimos 35,000 las almas negras que rondamos la noche de Villa Soldati, para mí esa cifra quedó corta.

Una experiencia inolvidable, que la cerré con Lemmy caminando por delante mío en el backstage, con su bastón y su sombrero, está grande y con la mirada perdida, por eso no quise molestarlo. Lo seguí con la vista emocionada, hasta que subió al auto.

Ni el frío, ni la lluvia, ni el barro me detuvieron, ni a mí ni a nada, ni siquiera que la noche se trasladara a algún que otro bar, pero lo que pasa después del Monsters of Rock, se queda en el Monsters of Rock.