La "plaga gris" es un hipotético apocalipsis que plantea que cuando la tecnología consiga autorreplicarse sin control, poblaría el planeta de una bruma gris que consumiría toda la vida hasta que solo quede la propia bruma. Algo así se plantea hoy día en la música: la proliferación de bandas mediocres puede inundarnos hasta que perdamos la percepción de que música es realmente buena. Por suerte, entre tanta bruma, emergen los ignotos de The Red Goes Black con su segundo disco para refrescarnos los oídos y recordarnos que todavía puede hacerse (buen) pop con guitarra eléctrica.

 

Foto: Beveziers Fred

Ahí viene la Plaga

Tiene sentido que en la marea de bandas nuevas que se ofrecen continuamente quedes girando en círculos de recomendación por algoritmos que, supuestamente, procesan tus preferencias para que ya no sepas que estás escuchando. En ese caso, Internet bien puede ser una bendición o una perdición. Intentemos la perspectiva optimista: si no fuera por él, probablemente ni supiéramos que hay bandas como The Red Goes Black y caeríamos bajo la tiranía de la radiodifusión. Por eso son importante dos factores: un buen recomendador y un oído atento. Del primero nos ocupamos nosotros, pero ¿cómo saber que The Red Goes Black no es otra banda del montón?

Un poco de Pop Rock francés

La idea que tenemos respecto a las bandas francesas (influenciada por exponentes como Daft Punk, Zaz o Phoenix) es que son prolijas, y si bien The Red Goes Black no es la excepción, el enfoque es distinto.
En la primera escucha distraída, pareciera un grupo ideado sólo para rellenar grillas de festivales multitudinarios, pero a medida que avanza el álbum es fácil dejarse seducir por sus virtudes. A pesar de no haber descubierto la pólvora ni ser candidato al álbum del año, las canciones que tiene son efectivas, respetuosas y con influencias interesantes.
Hay un cuidado constante de los decibeles para no exceder la idea pop, pero lo que pierde en intensidad sonora lo capitaliza en capas de arreglos: el oyente atento, en especial el que use auriculares, va a notar un constante ida y vuelta en estéreo entre frases de guitarras y teclados entre otras sorpresas. No hay sobreprocesamiento de sonido, lo que permite sentir a la banda cerca y un poco más auténtica que la competencia inmediata.
El verdadero protagonista del álbum es el buen gusto, siempre al servicio de las canciones, producto de una producción criteriosa cuya única crítica es que a veces no parece decidirse entre el mundo del rock o el pop “apto todo público” (las campanitas de ‘World in a Bottle’ son anticlimáticas para el rockero que se engancho con el beat y candidatas para una radiodifusión que probablemente no abrace la idea de ese funk a lo John Mayer).

Nobody But Me

No obstante, es un álbum difícil de etiquetar específicamente, ya que viaja del soul-rock al funk y el blues por la autopista del pop, mudando de género suavemente como la seda, con destellos del R&B moderno y pinceladas melódicas country. A veces suena a The Black Keys, a veces a The Strypes, a Vintage Trouble, Franz Ferdinand, Bruno Mars, Adam Levine e incluso a Rival Sons… Y desistimos de buscar comparaciones cuando entendimos que suena a los tiempos que corren.

Cómo me gustaría ser negro

La guitarra eléctrica es el compañero fiel de todas las canciones, con solos esporádicos y riffs pegadizos, dándole ese sabor al pop de antaño y no el de bases electrónicas post-2000. La onda la brinda la sociedad entre una batería digna de un negro de New Orleáns, con peso en el toque, sin miedo a rellenos y que saca lo mejor de sí mismo en el mundo funk-rock (la descose en ‘Life’) y un bajo que nunca pide protagonismo pero entiende las necesidades de cada canción, cual frutilla del postre.
El verdadero tono pop se lo da una voz agradable que matiza con colores soul y acepta desafíos vocales, ejecutándolos como si no le costara nada, nunca perdiendo la sonrisa ni rompiendo el tono; de esos cantantes que quisiéramos que ganara en realities como The Voice, pero sabemos que no lo van a hacer porque su competidor directo grita más fuerte.

¿Vale la Pena?

En un disco elegante y con chispa, The Red Goes Black no cree que el Pop sea una mala palabra y enchufa la guitarra para demostrarlo. Nuestro mundo está contaminado por este género y bandas así hacen de nuestro hogar uno mejor. El rockero promedio puede mostrarse reticente en un inicio, pero, si bien difícilmente se transforme en su disco preferido, no va a negar que el viaje es agradable.
Ahora, si la banda tiene tantas virtudes: ¿Por qué no suena en la radio? ¿Por qué nunca escuchamos de ellos antes? Sucede que la plaga gris es una realidad y resulta más difícil de lo que parece identificar a quiénes ofrecen algo interesante. Esperemos que estos franceses se destaquen y contagien a la escena pop del espíritu cancionero que tan bien nos sentó a los humanos en una época.

Recomendados: Life, Missing Light, World In a Bottle

Escuchá el disco entero en Spotify:

Mirá el videoclip de ‘Fire’: