La ola renacentista del folk indie que presenciamos la última década, impulsada por Mumford & sons, Fleet Foxes, Bon Iver, Of Monsters and Men y los Lumineers, entre otros, trajo a estos últimos a nuestro país el 25 y 26 de noviembre.

Niceto estaba repleto esa noche de martes. Un público dividido entre aquellos que habían escuchado entero el único disco del grupo y quienes sólo conocían el hit que los catapultó, recibió con entusiasmo a los oriundos de Denver, cuya estética hipster resulta, literalmente, de la suma de sus partes: el cantante y guitarrista Wesley Schultz lucía una frondosa barba pelirroja y sombrero, mientras que el percusionista Jeremiah Fraites llevaba tiradores y el multiinstrumentista Stelth Ulvang vestía el combo de camisa leñadora y lentes de marco de acetato. Más, habría sido un abuso.

Pero el grupo también entra por las orejas, y ahí es cuando se vuelve algo más que un estereotipo de banda para esnobs. De hecho, es otra cosa. Su búsqueda de canciones cortas, de estructuras simples y estribillos con la menor cantidad de consonantes posibles (además del corte principal y las innumerables ocasiones en las que usan las interjecciones “Oh” y “Ah” como recurso, se destaca la simpática línea “Oh my my, oh hey hey” de ‘Big Parade’) los convierte en una banda pop, que lo hace todo por acercarse a su audiencia en una manera lo más agradable y cálida posible, siempre en sintonía con el redescubrimiento de las raíces de ese folk norteamericano que tanto gusta hoy.

Ese propósito de interacción con el público se evidenció  ya en el segundo tema, ‘Ain’t nobody’s problem’, cuando invitaron a los espectadores a participar con coros y palmas, y llegó a su momento más intenso cuando Schultz y Fraites se zambulleron entre la gente para tocar ‘Darlene’ y ‘Elouise’. Mientras tanto, Ulvang demostraba infiltrado desde una baranda su capacidad de ejecutar cualquier objeto que suene: del piano al acordeón y de allí a la mandolina. Tres elementos fundamentales que junto al poderoso violonchelo de Neyla Pekarek, definen el sonido de los Lumineers.

Desde las primeras notas de piano de ‘Submarine’ hasta los coros multitudinarios del éxito ‘Ho Hey’, pasando por versiones de Bob Dylan y Violent Femmes (‘Subterranean Homesick Blues’ y ‘American Music’, respectivamente), los estadounidenses desparramaron, en poco más de una hora y media, diecinueve temas que devolvieron contentos a todos a sus casas. Es cierto que este resurgimiento de la música rural esconde una cara un poco artificial (además, los fundadores de la banda no son del campo sino de Nueva Jersey), y más aún en Buenos Aires, donde se hace imposible la mera idea de un gaucho pelirrojo. Pero pensar en ello es tarea para el hogar. Al show se va a disfrutar. Y no fue un mal plan para un martes a la noche.