Desde la tumultuosa escena australiana en Brisbane, aparece el quinto trabajo de The Blackwater Fever, los cuales, empoderados por las influencias de los últimos titanes del rock, logran un buen disco que genera varias incógnitas.

El arte perdido de guardar un secreto

Hoy día, más de una banda se topa con el “inconveniente” de tener como comparación inmediata a Queens of the Stone Age: poco daño hace sobre la calidad de su música, ya que los Qotsa son referencia de mugre y buen gusto, pero daña directamente a la originalidad. Y si bien algunos lo toman como guía sonora (véase el último álbum de Demob Happy), otros terminan haciendo un calco.
Para bien y para mal, este es el caso de Delusions ¿Homenaje? ¿Influencia? ¿Choreo? Todo parece estar teñido de la tercera opción; y si no era la impresión que deseaban causar, al menos podrían haberse esforzado un poco en diferenciar el estribillo de ‘Don’t Run’ (curiosamente, de lo mejor del álbum) con el de ‘The Lost art of Keeping a Secret’, canción de Qotsa que no es ningún misterio para la radiofonía. Jugando al abogado del diablo, despierta la curiosidad que sea el primer álbum en el que los Blackwater Fever hacen tanto hincapié sobre algo que los Qotsa dejaron de componer hace casi 10 años.

 

The Gibson Desert Sessions

El álbum es oscuro y mugriento con algunos momentos armónica y melódicamente cuidados, (como los coros de ‘The Hit’, canción pésimamente ubicada sobre el final del disco y con pasta de éxito radial), pero en términos generales es bastante parejo y optando por la crudeza de sonido, sin demasiado retoque u ostentación. La guitarra parece tener un pedal barato con la distorsión en 10 y a veces resulta difícil distinguirla de un bajo crujiente. Cual fusión entre Jack White y Josh Homme, proponen un garage stoner para musicalizar algún programa de radio a la medianoche.

 

Feel the hit, it’s fading out

Sin embargo, en el álbum radica un gran problema: cada vez que la situación demanda un poco más de la banda para hacer explotar la canción o el momento, ellos no responden. No necesariamente en términos de intensidad, sino de intrepidez, con algún tiempo trabado, algún arreglo extra, una rotura de voz… Las canciones quedan siempre con gusto a potencial, donde parece que escucháramos una buena maqueta inicial más que un tema terminado. Esto perjudica especialmente a los fragmentos instrumentales que nunca terminan de explotar de manera que tanto el disco como algunas canciones en particular se terminan haciendo largas independientemente de su duración y llegamos algo cansados al final.
Está bien: es cierto que generan un clima que también es propio de toda una corriente del stoner y la banda se ha ganado una merecida reputación por su performance en vivo, pero arriesgarse un poco más hubiera sido ideal para el álbum.

Foto: Cordell Sanders

¿Vale la pena?

Pensándolo bien, ya han pasado diez años de su fantástico álbum Sweet Misery (2008), pero en Delusions queda claro que la banda estaba para más. Quizás sea falta de producción (un habitual efecto colateral de la autogestión) o bien que el disco los agarró en un momento con menos inspiración que antaño, situación que terminó aterrizando en referencias a los Queens of the Stone Age.
De todas maneras, lo que para ellos es un arma que los ayuda a romperla en vivo en el mercado australiano, no nos ayuda a apreciarlos mejor desde este lado del océano y vía internet. Pero los tipos son buenos, así que no los borremos de la playlist.

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Escuchá el disco entero en Spotify:

Y esto es lo más parecido que tienen a un videoclip de ‘The Hit’