¿Es Bruno Mars el hijo musical no reconocido de Sting? ¿Qué tienen en común sus carreras y por qué la admiración de Bruno por el ex Police renueva el espíritu new wave de los 80? Canciones, presentaciones en vivo compartidas y el tributo en la gala del Kennedy Center Honors que dejó expuesta la emoción del hawaiano ante Gordon Sumner. Dos músicos de hits masivos atravesados por la impronta de la música negra de varios estilos. La tradición del multi género se mantiene intacta, una generación más…

Los fanáticos van detrás de las coincidencias y causalidades. En la música, las estelas de un estilo o estética que hizo historia dejan repercusiones por varias generaciones. Gradualmente, las maliciosas intenciones de búsqueda permanente de plagio fueron reemplazazdas por la idea de inspiración, aquello que los irónicos denominan “homenaje en vida”. Las influencias fluyen de modo inesperado y el futuro trajo sorpresas disfrutables. Fenómeno de la globalización y la viralización, las nuevas generaciones están en permanente descubrimiento de los orígenes de los géneros: como nunca antes, los jóvenes tienen acceso a toda la biblioteca del rock, blues, soul y más. Así, y por fortuna, la división de públicos en bloques generacionales quedó muy atrás en el tiempo. Los clásicos quedan cada vez más modernos y los principiantes huelen muy rápido a mainstream. En este contexto, algunas celebrites del nuevo milenio tienen margen para exhibir, de forma muy directa, su admiración por los ídolos. Y a algunos les queda muy bien.

Bruno Mars nació el 8 de octubre de 1985 cuando The Police ya estaba en vías de disolución. Al igual que Sting, creció en una isla que respira música y no tardó en mostrar un perfil histriónico con destino escénico inevitable. Irrumpió en la escena pop de este siglo en el que, al principio, parecía que ya nada sorprendería demasiado. Sin embargo, se las ingenió para destacarse: su puesta en escena es un cóctel de elementos renovados que, juntos y dosificados, suenan y lucen muy bien. No lo hubiese logrado sin esa gran cantidad de carisma que lo ubica en cada evento de televisación masiva de los cuales los estadounidenses son adoradores, pero es un caso de los que no se conocen todos los días.

 

Aun así, con todo ese éxito, con sus millones de seguidores en redes, con sus premios y sus giras maratónicas por la Tierra, Bruno lidia con lo mismo que todos, el fantasma de los “homenajes en vida” a sus ídolos. Y aquí hay un mérito muy curioso y casi tan destacable como el talento y el ángel escénico. Este chico que hace bailar hasta a las piedras cuenta con el visto bueno de los fans de los músicos que lo influyeron, y ese es el caso de los severísimos seguidores históricos de Sting: a diferencia de otros que sí fueron sojuzgados y sentenciados, cuando Mars comenzó a sonar en las radios fue recibido como una caricia, como un obsequio de fan a fan. Bruno, para el público de Sting y de The Police, es “uno de los nuestros” que, además, viene a resistir el espíritu de la new wave.

Hacia fines de los 70, resultaba muy cuesta arriba pasar la vara impulsada por el punk y post punk. Entonces, los referentes de la new wave metieron todo lo conocido en la licuadora y soltaron al universo un nuevo formato explosivo. La lista de quienes surfearon la ola es larguísima: desde B-52 hasta la época más diluida de Elvis Costello y desde Duran Duran hasta el mismísimo Ian Dury con su “Sexo, drogas y Rock and Roll”. Con los años, The Police y la primera y muy vendedora etapa solista de Sting se convirtieron en un ícono de esta nueva ola que duró más de una década y dejó espuma en varias orillas. No sorprende, entonces, que un niño crecido en Honolulu durante los 90 a la luz de la pantalla de MTV, emule tan bien un sonido que musicalizó su infancia y adolescencia.

La primera canción de Bruno Mars que sonó en las radios hasta pedir basta fue “Just the way you are”, semi balada de medio tiempo que le decía al mercado de música comercial en inglés que un nuevo héroe había llegado. Luego llegaron “Grenade” y “The lazy song” -OK, el muchacho estaba dispuesto a esforzarse-. Pero cuando lo tenía todo para ser un nuevo jugador en el equipo de los Justins Biebers emergentes, se despachó con “Liquor store blues”. En este corte promocional el inminente big boy hizo un dúo interesante con Damian Marley y fue la señal indicada. Un pibe dispuesto a continuar la historia de aquel rubio que transgredía los estilos había tomado la posta. Sting siempre hizo lo que no debía hacer, y mucho menos en los momentos en los cuales el manual del rockstar así lo indicaba, tal vez por eso la prensa especializada lo señaló, en ocasiones, como un blanco con alma de negro. Tantas veces Gordon Sumners sería el tipo distinto que no respetaba el límite de los géneros que bien merecía tener un legado en algún otro punto geográfico del mapa.

Las comparaciones, ya se dijo, no tardan en llegar. La joven garganta de Bruno, entonces, delataba toda esa admiración atesorada durante años. Y, si bien la evocación no interfería con la valoración del nuevo artista, faltaba aún una validación mediática o un bautismo sagrado. En 2014, durante la ceremonia de reconocimiento a Sting en el Kennedy Center Honor la magia sucedió. Bruno Mars, junto a una espectacular banda, subió al escenario a hacer dos cosas: recordarle al mundo que es un gran músico y mostrarle a su ídolo que lo miraba desde el palco, todo lo que había esperado ese momento. Esa noche pasaron por el auditorio figuras enormes como Lady Gaga y Bruce Springsteen. Sin embargo, alguien con muy buen timing le reservó el cierre a esa nueva figura del pop. Y el pulso fue perfecto porque las dos versiones de The Police que interpretó Bruno fueron justo lo que el evento necesitaba. Si cabía alguna duda de por qué la carrera de Sting es tan importante para quienes lo siguieron, se despejó durante esos casi cuatro minutos memorables. Pero, además, mientras sonaban “So lonely” y “Message in a bottle”, la nueva promesa dejó claro que ningún himno le queda grande.

 

Este encuentro de dos generaciones de éxito tuvo un antecedente, un guiño que los fanáticos del inglés supieron leer a la perfección. Un año antes, durante la entrega de los premios Grammys del año 2013, ambos músicos estuvieron entre las celebridades invitadas para tocar en vivo. Los que siguen la carrera de Sting saben que ama interactuar con las nuevas generaciones, más aún si se trata de fusiones de distintos tipos de sonidos. Una participación con un artista reciente nunca fue motivo de sorpresa en su caso. Tampoco es novedad que ama la música negra. Porque Sting es, antes que nada, un compositor que le puso jazz y soul a todo lo que hizo. No importa si está al frente de The Police o si edita un disco que es puñado de éxitos, el amor por la música negra es la esencia sobre la cual transitó toda su obra. Esa noche de glamour Bruno y Sting tocaron juntos dos hits, uno perteneciente a cada uno. En el medio de una explosiva versión de “Locked out of heaven”, canción que remite al power trío británico si las hay, interrumpió la voz del gran Gordon para sumarse a la performance. En el estribillo, este corte del disco “Unorthodox Jukebox”, dice algo como “¿Puedo quedarme aquí y pasar el resto de mis días?”, muy acorde a lo que sucedió segundos después. Una poderosa interpretación del mágico “Walking on the moon” le quedaba tan ajustada a Bruno que parecía que la había tocado y cantado toda su vida. Ahí juntos, cada uno con su tema universal, los dos con un mismo modo de concebir el arte, sin límites ni prejuicios, terminaron la noche con una confirmación. Más amigos de otros géneros como Rihanna y Ziggy Marley se acoplaron para un inolvidable tributo a Bob con “Could you be loved”. Y claro, todas las voces, todos los estilos, todo ese cocktail del pasado que nunca se fue, impregnó una de las transmisiones con más espectadores alrededor del mundo. Porque el espíritu impertinente y atrevido del new wave nunca le tuvo miedo al futuro.

 

Fergie Santágata