Cuando un escenario se vuelve terreno de lucha y los valores sociales se ponen en el ojo de la crítica.

Si entendemos la cultura popular como aquellas prácticas de la vida cotidiana que reflejan la forma en que las sociedades experimentan su relación con el mundo, no quedan dudas de que, como producto cultural, la música puede ser (y es) un arma de lucha social. Es a través de ella que podemos, en cierta forma, definirnos y definir el mundo, entenderlo y, en algunos casos, cambiarlo.

Los shows han sido siempre un espacio no sólo de encuentro, entretenimiento, disfrute y reunión entre pares, sino también un lugar de disputa social, donde los valores morales se afirman o se rechazan, donde aparece el viso político y el idealismo, donde la filosofía de vida muchas veces está expresada en una corta declaración de quien está sobre el escenario. La misma posición del artista hace que el juego social le confiera un espacio privilegiado (buscado o no) que permite que su voz sea mucho más oída que quienes permanecen en la esfera privada. El ingreso al ojo público viabiliza, de cierta forma, varios mensajes y valores en determinados grupos.

Bajo esta perspectiva, y ateniéndose estrictamente a la escena musical de Buenos Aires, muchas opiniones que en otros juegos sociales no serían aceptados tengan un lugar: en un caso concreto, si Ignacio del Pórtico hace un parate para hablar del país, la seguridad social y la policía, es completamente válido sin necesidad de saber qué estudia, qué edad tiene y qué hace. Su mera posición en el juego del show le da un estatus que permite que su opinión sea escuchada. En otro escenario social (por ejemplificar, un noticiero), su “trayectoria” pesaría a la hora de verter una opinión y ser tomado en cuenta.

Es en este sentido donde aparecen, muchas veces, los mensajes de ideologías y luchas sociales. En el plano político, un claro ejemplo fue el de Santiago Maldonado, quién se logró volver omnipresente a través del ley motiv “¿dónde está Santiago Maldonado?” (sin ir más lejos, Los Espíritus cerró su gira anual diciendo que “este año, en cada lugar a donde fuimos nos preguntamos dónde estaba Santiago Maldonado. No olvidemos”). También, casos como la referencia política “Macri gato” para diferir con el Presidente son muy periódicos, o Francisca y los Exploradores dedicándole un cover de “Alta Suciedad”.

Además, aparecen valores sociales: a través de referencias al tedio del inicio de la semana laboral, como en un claro “mañana es lunes y me corto las pelotas” en un show de Huevo; las luchas de género cuando, en un show de Mi Amigo Invencible, al decir “el martes me chupa la pija” se responde “eh, dale lugar a la concha”; la burla a los medios masivos en los sistemáticos actos símil stand-up de El Kuelgue y la crítica a la religión de Militantes del Clímax en preguntas como “si María hubiese abortado, ¿cuántas vidas se hubieran salvado?

Son pequeños actos de subversión social (en el sentido en que atentan contra el statu quo) que, uno a uno, generan un estado de inquietud y de reflexión que pone en jaque muchos de los valores establecidos como “normales” en la sociedad.

El interrogante surge en cómo el público acepta o no dicha subversión. Considerando que quienes concurren a los shows conocen, en su mayoría, desde un momento anterior al artista, es posible que dichos actos sean ya convalidados, esperados y replicados por el público en un “sentirse parte” y en un compartir que trasciende el mero acto físico: un compartir tanto palpable como un compartir a nivel conciencia.

Si bien es cierto que es factible pedir a los espectadores evitar la aceptación pasiva de una idea y llamar a la reflexión, el verdadero valor de tales ideas no está tanto en el rol del público ya que es esperable que, siendo parte de un mismo juego social, se acepten las reglas y se adhieran a los parámetros morales sobredichos en cada uno. Es quizá lo más valioso: el hecho de que aportan a la sociedad, a través de un grupo social específico, un llamado al pensamiento reflexivo y una visión sobre el mundo que permite la reflexión colectiva, así como el cuestionamiento de valores, tradiciones y aceptación (o no) estructuras.

Es ahí donde reside el poder de una juventud que se para en el escenario y critica a Macri: no tanto en la crítica al presidente en sí, sino en la capacidad de brindar un punto para la discusión. Está en nosotros no quedarnos en el rol pasivo, sino repensar y continuar avanzando en la formación de la conciencia social.