Embanderó al rock & roll en el apogeo de la new wave, se plantó ante las leyes del mercado discográfico y tocó con enormes figuras a lo largo de toda su carrera. Claudio Kleiman repasa hoy la vida de un tipo que amó la música.

 

Esto sí que no lo esperaba. Falleció Tom Petty. Todavía me cuesta creerlo. Cómo puede ser, si yo consideraba a Petty un heredero, joven aún, de mis ídolos surgidos en los años 60. Es esa sensación de injusticia, de que hay algo que no está bien como cuando un hijo parte antes que los padres, la que refuerza la incredulidad ante su partida.

Justamente, lo que me atrajo inicialmente hacia Petty y los Heartbreakers fue que eran una mixtura de toda la música -y los músicos- que más me gustaban. Especialmente Dylan y los Byrds, con una fuerte cuota de Beatles incluida. Ya con esto hubiera sido más que suficiente para amarlos por siempre y para siempre, pero también había R&B, un definido amor por los Stones de la primera época (escucharlo interpretar “Cry to me” en el concierto de “No Nukes” – editado en 1979 como álbum triple – es una experiencia que todavía me conmociona) y blues en todas sus variantes, como muestran los numerosos covers del género realizados en sus conciertos.

Y la cosa no paraba ahí, porque su capacidad de sintetizar diversas corrientes y hacerlas confluir en una personalidad propia y claramente identificable casi no tenía límites. Tom y su banda abarcaban también el “twang” del country, amplias dosis de psicodelia, el surf y el rock instrumental de comienzos de los 60, los Grateful Dead y el primer Fleetwood Mac de Peter Green, y el rock sureño de los Allman Brothers (no podía ser de otra manera siendo que él mismo provenía de Gainesville, Florida), entre otras múltiples influencias.

Su folk rock guitarrero, que mostraba orgullosamente como emblema la Rickenbacker de 12 cuerdas – un instrumento difícil pero maravilloso, en el cual sólo tenía como precedente a Roger McGuinn de los Byrds -, me atrajo inmediatamente, especialmente cuando lo vi posando orgullosamente con ella en la tapa de Damn the torpedoes (1979), su tercer álbum, y el primero que yo conocí. No casualmente, fue también el primero en editarse en Argentina, gracias a éxitos como “Here comes my girl” y “Refugee”.

La época lo hacía especialmente valorable. Ese amor por el rock clásico y sus valores, ese lucir orgullosamente sus influencias en la solapa llegaba en pleno apogeo de la new wave y el new romantic, y adquiría un carácter casi desafiante en un período de la música en que la adhesión a este tipo de sonido era vista casi como un anacronismo y sinónimo de “incorrección política” frente a tanta batería procesada y sintetizador reluciente.

La postura rebelde de Petty no era una pose, era una idea que defendía con sus actos. Justamente, el título “Malditos torpedos” era una alusión a los ataques que había recibido por parte de su compañía grabadora, cuando el sello que lo había firmado, ABC, fue comprado por MCA. El tipo se negó a ser transferido como un objeto más dentro de una transacción y retuvo el disco hasta que finalmente los obligó a que le firmaran un nuevo contrato (con Backstreet Records, una subsidiaria de MCA). Claro que, cuando finalmente salió el disco, les demostró que tenía razón: vendió dos millones de copias.

Los Travelling Willburys en 1987.

Estos gestos de coherencia artística e ideológica, de poner sus palabras junto con sus acciones, ese respeto a sus influencias, esa honestidad es algo que transmitía en su música, y hacía que se redoblara mi admiración. Por ejemplo, en 1986 se convirtió en la banda soporte para la gira de Dylan “True Confessions Tour”. Cuando hablo de soporte quiero decir que no sólo tocaban antes que Bob, sino que luego se convertían en su banda de acompañamiento ¿Cuándo una banda de ventas millonarias, incluyendo a su principal cantante y compositor, deja de serlo para pasar a segundo plano y convertirse en acompañantes de otro artista (por más que el nombre de ese artista sea Bob Dylan)? Pienso y no puedo encontrar otros ejemplos, si bien puede haberlos.

Para colmo, al año siguiente repitieron la proeza en el “Temples in Flames Tour”, de Bob, con un “agravante”: el acto soporte que tocaba antes de Petty era… Roger McGuinn, acompañado por… ¡Tom Petty and the Heartbreakers! Es decir que Tom y su grupo tocaban tres sets cada noche, el de Roger, el propio y el de Bob, un acto de devoción y humildad sin paralelos. Una lástima que no existen (aún) grabaciones oficiales en vivo de estas giras.

A partir de ahí se abre una etapa increíble para Petty. Integra los Traveling Wilburys junto a George Harrison, Roy Orbison y Bob Dylan, es decir, un beatle, un pionero del rock & roll y el cantautor más influyente de todos los tiempos. Junto a estas tres deidades del Olimpo rockero, estaba uno de los más exitosos continuadores del legado beatle al frente de la Electric Light Orchestra, productor de fuste y genio de estudio, Jeff Lynne, y, por supuesto, el propio Tom. El grupo produce un álbum exitosísimo, Vol. 1, y otro después del repentino fallecimiento de Orbison, Vol. 3.

En medio de esa vorágine creativa, Petty edita su primer trabajo solista, Full Moon Fever, con colaboraciones de varios Heartbreakers y Wilburys, incluyendo al guitarrista Mike Campbell, su inseparable escudero a través de los años, quien coprodujo el álbum junto a Lynne y el propio Tom. El disco, que incluía éxitos como “I won’t back down” (“No voy a retroceder”, otra feroz declaración de independencia), “Free Fallin’” y “Runnin’ down a dream”, produjo un impacto profundo en oyentes y músicos de todo el mundo, incluyendo a George Harrison – que según su hijo Dhani tenía el álbum en repeat en la fonola de su casa – y Charly García, quien adaptó la versión de Petty del “I´ll feel a whole lot better” de los Byrds transformándola en su propio hit: “Me siento mucho mejor”.

Sin embargo, a contramano de la lógica del mercado que indicaría que luego de semejante éxito Petty seguiría como solista, rearma los Heartbreakers para el álbum Into the great wide open, con temazos como “Learning to fly”, y luego un Greatest hits que consiguió ventas millonarias, e incluía un tema nuevo que pasó a incorporarse a su larga lista de clásicos “Mary Jane’s last dance”. En 1994 el proceso se repetiría. Edita un segundo álbum solista, Wildflowers, esta vez bajo la producción de Rick Rubin, con un éxito formidable – entre otros, contenía esa belleza llamada “You don´t know how it feels” -, pero a continuación, retorna a su banda de siempre. La hermandad no se quiebra.

Son estos gestos, esa coherencia fiel e indestructible, ese amor por la música que se trasuntaba en cada uno de sus actos, esa alma de fan que hacía que estuviera siempre dispuesto a colaborar – y en muchos casos ayudar, hasta el punto de reinventar su carrera – a quienes habían sido sus ídolos, lo que me hacía redoblar una y otra vez mi admiración por Tom. Por ejemplo, en 1981 ayudó a Stevie Nicks, cantante de Fleetwood Mac, a encaminar su carrera solista con el hit “Stop draggin’ my heart around”. En 1982 produjo un álbum de Del Shannon, otro pionero del rock & roll, el del hit “Runaway”, titulado Drop down and get me. También produciría el retorno de su admirado Roger McGuinn, Back from Rio, en 1991. Y junto a los Heartbreakers serían un apoyo muy importante para la resurrección de Johnny Cash en la última etapa, de la mano del productor Rick Rubin, colaborando fundamentalmente en Unchained (1996) y también en Solitary man (2000). Otras colaboraciones con pioneros del rock incluyen a Carl Perkins y Roy Orbison, además de amigos como Jeff Lynne y Ringo Starr, entre muchos otros. Petty participó en el “Concert for George”, montado en 2002 por Eric Clapton en honor a su amigo George Harrison. A diferencia de los otros invitados, que se sumaban a la banda de Eric, lo hizo al frente de los Heartbreakers, brindando una performance memorable, que honraba su propia amistad con George, con quien mantuvo una relación muy cercana.

Pero el máximo gesto de generosidad de parte de Petty lo constituyó la reunión de Mudcrutch, su primera banda de Gainesville, que incluía a los futuros Heartbreakers Mike Campbell y Benmont Tench. Con ellos había viajado por primera vez a Los Ángeles con la esperanza de “hacerla” en el negocio del rock, pero sólo llegaron a grabar un single en 1975, antes de su separación. En 2007, Petty decide reunir a su antigua banda, y probar finalmente lo que le había quedado como asignatura pendiente. Mudcrutch edita dos álbumes, el primero titulado simplemente con el nombre del grupo, en 2007, y el segundo, “Mudcrutch II”, en 2016, y realiza giras de alcance nacional. Lo increíble no es sólo que Petty reparte la composición entre los integrantes, como había sido originalmente, sino que vuelve al puesto de bajista, que era el que ocupaba en esta banda. Más allá del gesto inusual, estos dos discos constituyen puntos muy altos de la obra más reciente de Petty, plenos de un rock vintage y un country-rock de raíz, tocado con una autenticidad y un fantástico sonido analógico y guitarrero.

Podría decir que la última vez que Petty me voló la cabeza fue con el álbum Mojo, editado en 2010. El disco tiene cierto tono blusero, pero además contiene algunos temas, como “First flash of freedom”, con climas volados y extensas zapadas, que recuerdan grupos como Grateful Dead y Allman Brothers. Para colmo, el sonido –en pleno apogeo de la era digital- es maravilloso. Logrado con guitarras y equipamientos vintage (la tapa incluye una detallada lista de las violas y equipos utilizados, junto con su año de fabricación), tocando todos juntos en el estudio, a la manera antigua. La calidez y la textura de ese sonido hizo que se lo llevara a mi ingeniero al momento de grabar mi propio disco, como referencia de cómo me gustaría que sonara.

Con la noticia de su desaparición física, no puedo dejar de pensar en el paralelo con nuestro Luis Alberto Spinetta, que falleció después de realizar el monumental concierto (y disco) de Las Bandas Eternas, que con la perspectiva del tiempo adquiere el carácter de una gran despedida. Petty acababa de finalizar una gran gira por el 40º aniversario de los Heartbreakers, con unos conciertos en los que, según la opinión de todos los involucrados, sonaron mejor que nunca. Después de eso, planeaba retirarse de las grandes giras, pero seguir trabajando con su banda en distintos proyectos.

El pensamiento egoísta, en un período de pérdidas irreparables (y aquí me vienen a la mente Leonard Cohen, Lou Reed, Gregg Allman, solo por nombrar algunos de los que más me han influenciado en lo personal), es que ya no podré ver a Tom Petty y los Heartbreakers en vivo, uno de mis máximos anhelos, entre los artistas que aún me faltaban.

Sin embargo, como dice Springsteen, las canciones fueron escritas, los discos fueron grabados, y están allí para transmitir su energía a través del tiempo. Y entre las muchas cosas que nos dejó como una inspiración permanente, cuando me deprima o sienta que el mundo me está ganado la pulseada, trataré de recordar la letra de “I won’t back down”, esa que dice: “No voy a retroceder/ Podés pararme a las puertas del infierno/ pero no voy a retroceder/Hey baby, no hay una salida fácil…Yo sé que es lo correcto, tengo sólo una vida/ en un mundo que trata de pasarme por encima/ voy a defender mi territorio, y no voy a retroceder”.