¿Te enteraste que hace unas semanas Vorterix, medio que se erige hoy en día como una plataforma multimedial, anunció el despido de varios trabajadores? ¿O que emisoras como Blue o Metro están a la venta, a pesar de ser hoy en día de las más reconocidas y escuchadas por los consumidores de radio? ¿No? ¿Será entonces que no nos enteramos de todo?

En algún momento pensé, y creo que todos lo pensamos cuando empezamos a estudiar la Revolución Industrial y el fordismo, que en un momento de la historia que pretendíamos futuro, la máquina reemplazaría al hombre completamente en el proceso de producción. Lo que nunca me imaginé es verlo hoy en día y en la industria mediática. Industria polémica si las hay, revolucionada por las apariciones de las redes sociales y los dispositivos comunicacionales que día tras día se renuevan y nos exigen, viciosamente, actualizarnos constantemente, estar comunicados las 24 horas, saber todo, y cuando digo todo, es aquello que nos inducen a saber.

Nos enteramos de lo que no queremos ¿y qué pasa con lo que sí quisiéramos? ¿está al alcance de nuestras manos? Pasé semanas muy feliz porque no sabía quién era Fede Bal, cuando en su momento el circo mediático lo había puesto en el centro de las miradas. En mi trabajo todos hablaban de lo mismo, y yo podía presumir que no sabía quién era, que nunca le había visto la cara. Hasta que un día abrí Instagram y ahí estaba la detestable cara de Fede Bal.

Te preguntarás qué tiene que ver una anécdota chimentera con esta nota en ROCKOMOTORA, o si nos politizamos demasiado y estás esperando a ver de qué jugamos para armar forobardo. Pero no, está muy por encima de todo eso y es más complejo: nada escapa a la vorágine de los medios, o mejor dicho sí, varias cosas se escapan, pero lejos está esto de ser un inocente error, o una omisión menor. Los medios están atravesados por variables infinitas y complejas como el soporte de transmisión, los intereses políticos y económicos, los consumidores de información, los trabajadores de la industria y la romántica multiplicidad de voces. Y ahí aparecemos nosotros: los medios independientes y autogestionados.

Definitivamente, la estructura mediática está en crisis. ¿Es solo una cuestión financiera, se debe a un mal manejo de sus referentes, o qué otros factores que influyen en esta situación?

Hoy, no solo podés colgar un video en Youtube y que se viralice, o tener tu propia plataforma de contenido, sino que también podés, en cualquier momento, buscar la información que quieras, ya no nos apremia la simultaneidad ni la urgencia de los acontecimientos. La tecnología aplicada a los medios nos dio el poder de ser voces creadoras que juzgan, licenciadxs en todo gracias a la información superflua que está al alcance de la mano, con un formato cada vez más liviano, menos procesado, sin concepto, sin una voz que haga de intermediario, que dé forma al mensaje, que pueda transmitir. Información que no dice nada pero aun así nos preocupamos en difundir. Sentimos el poder de ser comunicadores cuando en realidad somos una herramienta de reproducción de la cortina de humo de turno, que tiene el poder de esconder lo que merece estar en el centro de la escena. Y ahí, otra vez, aparecemos nosotros: los medios independientes y autogesionados.

Quizás algo que sí te suene es el vaciamiento de TDA  (Televisión Digital

Abierta), noticia funcional a “la grieta”. Esa sí la escuchamos todos, de un lado o del otro. Como denuncia o justificación. Mientras, otros hechos de enorme relevancia pasan inadvertidos: la reducción de los medios más tradicionales como la radio y la televisión, recortes en producciones de contenido y por ende despidos masivos para todo el sistema que eso implica: operadorxs, camarógrafxs, sonidistas, productorxs y asistentes y, sin lugar a dudas, la reducción en la variedad de discursos informativos.

Sin frenar un segundo, seguimos buscando nuevas estrategias de comunicación, de llegada. Nuevas formas: escribiendo menos, con más imagen, más rápido, efímero. Caemos en lo fácil y le damos cuerda por las redes a cualquier cosa. La información y la ficción se volvieron una. Y no solo por no tomarnos el trabajo de chequear las fuentes, sino también por hacer de medios y periodistas conocidos, profetas y jueces, dueños de una verdad que consiste en la información que nos dejan saber, funcional a los sectores que tienen el poder fáctico. La pregunta, entonces, es ¿a pesar de la cantidad de herramientas que tenemos para comunicarnos, estamos seguros de lo que estamos comunicando? ¿Es efectiva la comunicación?

El discurso informativo no deja de ser eso, un discurso. La verdad que allí se nos presenta es otro discurso construido, la famosa y quemada posverdad. Todxs, todos los días, nos construimos mutuamente en base a discursos. Lo importante creo, es entenderlo como eso, como construcciones. Nada está naturalmente a nuestra disposición. Lo que nos queda es sentarnos a leer y escuchar todas las voces para escuchar también los silencios, para poder destramar los juegos de poder que esconden los discursos mediáticos. Todas estas voces y miradas tienen manos y grupos detrás. Los medios más tradicionales son reemplazados por Youtube, Netflix, Facebook, Twitter e Instagram, pero si excavamos un poco comprendemos que se repite el mapa de medios que responde a grupos económicos… ¿o Facebook no compró Whatsapp? Son todos los mismos. Es concentración económica disfrazada de convergencia.

Esta persistente decadencia de los medios tradicionales y el crecimiento ininterrumpido de los nuevos, cambió el modo de circulación de los discursos. Ya no se nos presentan en esos formatos convencionales, sino que ahora las formas son cada vez más abiertas; por lo cual es imposible controlar del todo la circulación de información. Antes el producto se entregaba cerrado y listo para consumir, hoy en día prima la dinámica de la sobreescritura, cual Wikipedia, todos podemos comentar y corregir, sin otra certeza que el autoconvencimiento. Las fuentes van desapareciendo, y las bases son cada vez más débiles. El periodismo es cada vez menos capaz de generar discursos informativos y se evidencia un proceso colaborativo al que también, como al periodismo, hay que mirar con cuidado.

¿Qué pasa con la música? Lo que se vislumbra, esto sí, a simple vista, en la campo de la producción cultural es una suerte de empoderamiento de lo autogestivo, del “hacerse de abajo”. Hoy, cualquiera puede hacerse una fanpage o una cuenta de Instagram y convertirse en famoso. Por un lado, esto es una herramienta de lucha contra las productoras, discográficas y agentes, ansiosos de sacar unos mangos con los nuevos talentos. Como músicx podés acceder a mucha más información a la hora de, por ejemplo, tener que registrar tus temas, sin  necesitar de alguien “experto” en el asunto. Pero por otra parte, no deja de pasar lo de siempre. ¿Viste cuando prendías la radio y sonaba el mismo tema cada media hora? Bueno, ahora ponés música de Youtube y aparecen siempre los mismos videos “sugeridos”, es decir el mismo negocio pero con una gran base de cookies para que sea acorde a tus gustos. Esto hace que esa imposición permanente, encima, te recomiende música que luego terminás amando.

Hay en todo esto una doble cara, donde parece que tenemos más derecho a la información. Donde parece que logramos una conquista, es porque nos replegamos en otro flanco, y encima nos siguen entrando casi de manera invisible. Seguimos sin percibir lo que se calla, y así es como se manipula. ¡Es la misma Baby Malibú pero con un gorro nuevo!

La industria de la comunicación, ligada a la producción y reproducción de contenido periodístico y cultural está en crisis por cuestiones sociológicas, tecnológicas, de paradigma, de financiamiento. Los despidos y recortes, entonces, no son solo el resultado de una crisis económica sino también de toda esta mutación de forma. Hoy somos nosotros mismos los supuestos creadores de los discursos informativos, los difusores y productores de material artístico, periodístico y cultural. Nada se les escapa de las manos, no nos dan si no nos quitan. Y en medio de toda esta urdimbre aparecen los medios de comunicación independientes que se construyen con otro fin. Un fin que olvidamos cuando pensamos que la realidad es Fede Bal.

Pero tómenlo con pinzas porque, al fin y al cabo, este es solo mi discurso.