Las biografías de los rockeros más prestigiosos de la historia ubican a las mujeres en solo dos posiciones: Esposas o groupies. Sin embargo, a los codazos y con mucha paciencia, las chicas han logrado emerger y salir de la zona oscura. Con los años, el rock femenino logró grandes avances más que meritorios. Hoy, en plena tercera ola feminista, bajo las banderas #NiUnaMenos y #MiráComoNosPonemos, todo parece más claro y luminoso. Estos son los logros sobre los cuales las nuevas generaciones pueden y deben pisar fuerte en el mundo del rock.  

En los últimos Oscars, Lady Gaga desplegó una performance impresionante de “Shallow”, el tema central de la película “A star is born”, que ella protagoniza. Además, se alzó con el premio a la mejor canción original por esa pieza y cuenta con el mérito de ser la responsable de convencer a Bradley Cooper para que sea él quien interprete su parte vocal. Sin embargo, desde el domingo 24 de febrero en adelante, los ojos del mundo se posaron en el posible romance de ambas celebridades. La supuesta química entre los actores fue el tópico central, más que cualquier cuestión artística. Esta secuencia mediática podría ser una anécdota más en la historia de las cantantes y músicas del pop y del rock, pero no lo es. Esta mirada sobre las labores femeninas en estrecha relación con sus vínculos sexuales y amorosos son la constante del lugar que la industria le otorga a las mujeres. Y no se trata de un aspecto polémico del infaltable periodismo amarillo sino de un relato permanente y sonante en función a cómo se definen las figuras que no son hombres.

Para ser mujer en el rock, desde el origen de los tiempos, había que estar enlazada a un varón. La mujer, la novia, la producida, el descubrimiento, la ahijada, la sobrina o un curioso caso de alguien a quien aún le están buscando el macho que homologue su existencia. En la crónica podría haber un recuento sobre países, idiomas y culturas referentes de esto, pero es en vano: el uso de la mujer como funcional al machismo es uniforme a todo el amplio espectro del rock universal. A diferencia de los varones, las chicas, tal vez como una premisa instintiva de lo que sería la posterior salida hacia la luz, han sido mucho mas solidarias entre sí a expensas de los distintos géneros. Puede que por eso haya casos de aquí y de allá sobre mujeres muy talentosas que fueron expulsadas desde el mundo del rock hacia otros géneros menos hostiles.

Costó muchas décadas ser número central por mérito propio y mucho más salir del rol de artista invitada. Hoy, como nunca antes, las mujeres brillan y hasta se podría decir que están en su mejor momento. La peor parte de este camino lleno de obstáculos fue, sin dudas, construir audiencias que acepten, y hasta disfruten, al rock femenino sin el estilo masculino como estándar. Y esto significa, ni más ni menos, que la posibilidad de ser una mujer rockera y no una imitación de un hombre en un cuerpo femenino. Es factible que, desde la mirada presente mediada por la tercera revolución feminista, estas afirmaciones suenen exageradas… ¡Y bienvenido sea! A partir de ahora, y para siempre, se abren opciones que antes ni siquiera podían ser imaginadas por las más talentosas músicas del mundo entero.

En medio de un camino doloroso que dejará cicatrices imborrables para las chicas denunciantes, se abre un surco de posibilidades para las nuevas generaciones de artistas mujeres. Justo ahora que las cadenas se rompieron, ser reducidas a damas de compañía u objetos sexuales es un insulto

La escena local no es ajena a nada de todo esto. Hasta hace poco tiempo podía ser hit una canción llamada “Putita” en referencia, ni más ni menos, que a un ser femenino haciendo pleno uso de su goce sexual. La ecuación del rock y el lugar lírico (y material) de la mujer sería más o menos así: si gozás, sos puta; las putas son groupies; el antagonismo de una groupie es una esposa; las esposas son intocables y, desde luego, madres de hijos herederos. Tan conservador como el tango, el folklore y cualquier otro género latinoamericano promedio, el rock siempre tuvo voz de varón. De esta manera, la lista de letras de canciones que reducen a las groupies a cosas es, tal vez, tan larga como el listado que eleva a las esposas a santas. Y acá los rockeros no se privaron de nada porque, en algunos casos, hasta fueron con nombre y apellido. “Victoria y Soledad”, “Peperina” y siguen los nombres propios de mujeres que inspiraron temas que ventilan como, en la intimidad, el rol de poder de unos sobre otras no tenía juicios de valor en su contra.

En pleno #MeToo y #NiUnaMenos el rock no fue la excepción de un movimiento mundial del cual ya no hay retorno. Desde hace algunos años el público ve pasar ante sus ojos las denuncias más esperadas por ellas y menos imaginadas por ellos. Si bien es cierto que la exigencia de deconstrucción le cayó al rock como a ningún otro género, la autocrítica es poca y pobre. Las razones por las cuales la sociedad cuestiona a rockeros más que a otros referentes pueden ser varias. En principio, desde siempre hubo una fe depositada en las voces públicas del rock, una especie de autoridad intelectual que los validó. Es entonces que el supuesto progresismo y sistema contra cultural del cual se jactaba el rock se chocó de frente con una tormenta de denuncias repugnantes. Casos como el de Cristian Aldana fueron un antes y un después. A la fecha, Aldana se encuentra privado de su libertad en el penal de Marcos Paz por los cargos imputados en una denuncia colectiva que realizaron sus fans y groupies. Estas mujeres, abusadas y maltratadas, en su mayoría eran menores de edad cuando los hechos sucedieron, con lo cual además se suma el delito aberrante de pedofilia. El apartado Aldana de la historia del rock abre juego a la peor pesadilla que se convirtió en realidad: el enemigo ahora está adentro. Tras una larga tradición de putear a otros, a los de afuera, a los tiranos externos a ese círculo virtuoso en el que pertenecer era sinónimo de todo lo que estaba bien, ahora las reglas del juego cambiaron. Hoy, buenos y malos se entremezclan y todos los varones son sospechosos. Pero las piezas del rompecabezas del rock no las movió una mujer porque con una sola no alcanzaba, las movieron muchas mujeres juntas organizadas y solidarizadas entre sí. Esos objetos del placer, esos seres infrahumanos que esperaban a la salida del concierto las sobras del escenario, esas putitas que jamás llegarían a esposas, todas ellas un día se unieron. Tan fuerte fue lo que sucedió con las seguidoras de El Otro Yo que la justicia lleva adelante un proceso histórico y aleccionador en el cual el acusado porta los cargos de “Abuso sexual con acceso carnal gravemente ultrajante en concurso ideal con corrupción de menores reiterado en siete oportunidades”. Según parece, en esta época y como nunca antes, ser mujer y contarlo tiene un peso específico más fuerte y más poderoso que cualquier idolatría al macho rockero.

Pero, así como el rock nunca se cuestionó tragedias como Cromañón, y a la fecha todos buscan huir de esa parte de la historia, tampoco ningún prócer rockero ha hecho reflexiones muy agudas sobre la tragedia sexista. Sin embargo, como un animal asustado, el rock, algún tiempo después del caso Aldana, respondió y lo hizo desde la voz de un masculino autorizado. Gustavo Cordera nos dijo a las mujeres que merecíamos ser violadas y hasta se animó a exponer los motivos. Y no lo hizo en cualquier lugar, lo hizo ante estudiantes de periodismo en una de las escuelas terciarias más prestigiosas de Argentina: el ex líder de Bersuit nos explicó, como si fuese un profesional autorizado en la materia, el funcionamiento del sistema de placer femenino desde un espacio académico. Además, para cerrar el concepto, justificó, con toda la impunidad que le otorga su condición de figura púbica, actos sexuales con menores. Cordera sufrió un escarnio social como pocas veces un músico tuvo y afrontó un largo proceso judicial por sus declaraciones. En sus intentos de defensa aludió pena y culpa, sobre todo por el padecimiento ocasionado a su esposa e hijas. Fue entonces que Gustavo se tomó el trabajo de remarcar, desde la página más patética y olvidable de su vida, que groupie y esposa para los machos rockeros como él son dos conceptos bien diferentes. Lo que el creador de éxitos como “Hociquito de ratón” desconocía fue que el tiempo de doble estándar femenino había finalizado. La separación de mujeres mediante una línea imaginaria que ponía a las descartables de un lado y a las venerables del otro había dejado de existir hacía rato. Hoy Cordera disfruta de su libertad, y hasta se da el lujo de tocar en diferentes espacios de Argentina, lo que jamás recuperará de la mano del escrache feminista, será su prestigio.

En esta balanza de dos platillos en la cual de un lado están los casos judicializados y/o condenados y del otro los machitos de siempre existe un punto de equilibrio que son las mujeres que tocan, escuchan, disfrutan y viven el rock. El futuro es hoy y tiene cara de mujer. En un contexto de desprestigio y descrédito de los varones por demás justificado las voces femeninas cobran doble validez. En medio de un camino doloroso que dejará cicatrices imborrables para las chicas denunciantes, se abre un surco de posibilidades para las nuevas generaciones de artistas mujeres. Justo ahora que las cadenas se rompieron, ser reducidas a damas de compañía u objetos sexuales es un insulto. El protagonismo es tan inminente como la revolución feminista en las calles. La irrupción de la sororidad y frases como “No estamos solas” y “Nos tenemos” aportan un marco de confianza y alivio inédito a la hora de subir a un escenario, entrar a un estudio o negociar un contrato. Hoy es el momento de recobrar el tiempo perdido porque, cuando la realidad indica que todas las revoluciones previas fallaron y defraudaron, el feminismo resiste todos los archivos y da respuestas reales y concretas. Lo que pasa en la escena cultural actual es lo que le pasa a las las chicas y la única resistencia con la cual aún puede contar el rock es la que aún no se corrompió. Allí, en las trincheras de la libertad y del abrazo, en la batalla del glitter y los pañuelos, hay un montón de mujeres talentosas que se prepararon durante toda su vida para brillar. Es hoy y es ahora. Que comience el show.