La segunda edición del festival Music Wins en Argentina generó expectativas en el mundillo de fans del indie. O quizá, más que expectativas, suscitó esperanza. Suena romántico, pero el tema es que, entre tanta cháchara en torno a los festivales históricos que traen bandas consagradas de la era mesozoica, aparece gente nueva que organiza un show protagonizado (y protagonista no es lo mismo que headliner) por músicos de hoy. Que la están pegando hoy. Que no tienen treinta álbumes y te vienen a hacer un “grandes éxitos”. Estas son las bandas que dotan al rock & roll de esa frescura y diversión juvenil que tanto necesita para no convertirse en comida de gusanos.

El predio estaba lleno de hípsters, por supuesto. Porque existen las bandas y, con ellas, el público que crean. Y también al revés. Entonces, lo que esa especie en extinción llamada rollinga es a los Stones y al rock barrial, los hípsters lo son a la música independiente y al arte lo más desconocido posible. Lo llamativo de esta -¿contra?-cultura es que no persigue un sonido que responda a un género puntual, sino más bien un modo de producir que cumpla con esos parámetros éticos de manifestarse fuera del ojo de la tormenta mediática. Así, reciclan modas pasadas, y en lo posible, exploran el lado ridículo de la vida vistiéndose, por ejemplo y sin exagerar, como Eber Ludueña con brillantina en la cara. Tal es el caso-y por eso se habla de retroalimentación entre el artista y el fan- del amigo Alex Brettin, de Mild High Club, que subió al escenario disfrazado de Wally (sí, el de Dónde está Wally) pero con bigotón y un piloto larguísimo a pesar del sol infernal que, gracias al cielo, había salido. La cuestión es que la banda brindó un show alucinante, con guitarras de doce cuerdas que dibujaban un panorama descomunal de psicodelia rockera. Más tarde, Brettin andaría dando vueltas entre el público.

En la misma sintonía eléctrica voladora, The Brian Jonestown Massacre hipnotizó con sus cuerdas estridentes, mientras que los franceses de La Femme hicieron que fuera imposible no sucumbir a esa especie de new wave y moverse un poquito: tres teclados y una guitarra surf que se complementan para crear una atmósfera psicodélica y desfachatada, en contraste con el ritmo punk de una batería que te pone los pies de vuelta en la Tierra. Irresistible. Lo atractivo de los festivales es que se transita por diferentes estados de ánimo que lo llevan a uno a optar por acostarse en el piso y sentir todo desde ahí, o bien a agitar como un fanático enardecido junto a pelados con bigote y pelirrojos barbudos de camisas floreadas.

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Pero más allá de la movida hípster, tampoco es que para consumir había palta y jugo de tomate. La birra, quilmeña, estaba bien. Estaba fría. Había que hacer una cola eterna para comprar unos pedacitos de plástico llamados “tokens” que servían para canjear por los clásicos de siempre: hamburguesas, sánguches, cervezas. Y esa práctica devuelve al rockero al universo al que pertenece, por lo cual aquél fue el contexto ideal para encontrarse con Kurt Vile y Courtney Barnett, que la rompieron. Con una cabellera enrulada e infinita que le tapaba la cara, una guitarra que predominaba sobre el resto de los instrumentos y un ritmo que parecía avanzar aplastándolo todo, Vile demostró junto a sus Violators que la onda indie no es solamente para el pop de organitos o la psicodelia del siglo XXI. Por otro lado, Barnett fue lo mejor de la jornada. Diosa de la Telecaster, a la derecha de un power trío, vomitando, en pose encorvada, sus himnos de barrio mientras tocaba la viola con la yema de los dedos; dio todo lo que un show de rock debe tener: alaridos desaforados, una (solo una) improvisación interminable, hits coreados por los fans y pogo. Hubo pogo, sí. No fue la gran cosa, pero se debe considerar que no se trata del público quilombero por excelencia, siendo necesario evaluar la magnitud de la situación desde esa perspectiva, así que estuvo bastante bien y la australiana estuvo ahí para verlo y, de alguna manera, crearlo.

Quizá Alex Ebert, de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros, fue quien más interactuó con el público: si bien se llevó un par de chascos porque los supuestos fans no pudieron corear la letra de ‘Home’, algunas chicas se prendieron al micrófono para cantar y contar alguna historia. Otro que provocó risas fue el demente de Mac Demarco, que demostró por qué se ganó ese calificativo. Vestido, como siempre, mal a propósito, con gorra y ropa que le queda grande, ensayó un excelente y grandísimo eructo entre otros ruidos extraños que emitía por la boca e hizo chistes con su guitarrista. Esa performance en vivo, sumada a su dulce guitarrita, cuyo sonido es ya una marca registrada, crearon una especie de imagen ridícula del canadiense. Que está bárbara, porque, como decía Lester Bangs, el rock necesita gente que haga el ridículo en el escenario, viejo.

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Y los headliners fueron Primal Scream y Air, que estuvieron bien. Pero eso es otra historia. Porque lo más interesante del Music Wins fue dar cuenta de lo que el rock de esta era tiene para dar. Y quizá sea casualidad, pero que entre los números más relevantes haya músicos de Australia, Francia y Canadá pone en evidencia la amplitud de la escena. La deuda la tenemos con nuestro propio indie, el hispanoparlante. Salgamos en su búsqueda, porque ahí está.

Ahora bien, qué importante es llamarse Kurt/Court.