El más importante no es necesariamente el mejor. Por lo tanto, vamos a ser muy cuidadosos en la justificación de cada uno sabiendo que el artículo no estará libre de polémica.

 

El camino, de The Black Keys (2011) – Tendencia viral
Como veremos, cuando algo tiene éxito su fórmula se replica hasta el cansancio. Y cuando algo tiene mucho éxito, marca tendencia global. Así sucede con el tratamiento sonoro que Danger Mouse utilizó para renovar a los –hasta ese momento– ignotos de The Black Keys. Ese sonido gordo, con voces llenas de efectos de reverb y coros multiplicados –aunque es el primer recurso el que tuvo más éxito– pegó tanto que incluso los Arctic Monkeys se vieron influidos por la producción de Josh Homme: nombres de peso para legitimar un sonido.
Si bien el concepto fue mutando a lo largo de los años, esta tendencia habilitó a las bandas pequeñas a ocultar flojos desempeños vocales bajo una tormenta de efectos con el aval del público. La estética general aún se mantiene, especialmente en la escena indie y psicodélica, porque uno de los efectos colaterales fue que discos editados anteriormente con un sonido similar de pronto resultaron más accesibles al oído popular gracias al amplio éxito de El Camino.
 No resulta muy desquiciado pensar que quizás Tame Impala no hubiera tenido el impacto que tuvo si no fuera gracias a que este disco le allanó el camino auditivo a la masividad.

 

Elephant, de The White Stripes (2003)Menos es más
The White Stripes eran una sensación de culto, pero no habían explotado sus cualidades artísticas hasta la llegada de Elephant. “Seven Nation Army” es con seguridad el último gran riff del rock, y llamo la atención instantáneamente en una escena internacional que se debatía entre los vestigios del Nü Metal y las influencias electrónicas. Devolvió la creatividad por sobre la técnica al mainstream, devolvió el blues como guía para lo que se vendría después (un blues extraño, pero sin duda en conexión con sus raíces) y generó un interés masivo inmediato por duetos y bandas de garage. Así, los crudos tuvieron un referente mundialmente reconocido en el cual apoyarse y, como la composición volvió a estar entre las prioridades, revitalizó lentamente la escena indie despegándola del pop que intentaba fagocitarla.
Discos como El Camino probablemente nunca hubieran visto la luz de no ser por este clásico indiscutido de la historia del rock que nos recordó como sonaba un artista en lugar de un producto comercial; y más aún, que ese producto artístico podía ser algo enriquecedor, obligando a los artistas a preocuparse por qué canciones componían y no tanto como sonaban o que instrumentos debían comprarse. Que vengan después con que Jack no es un prócer de la escena moderna…

 

Presión, de Callejeros (2003) – La nueva anti-mística del rock nacional
Pensemos en el rock nacional por esos tiempos. Sin poner en tela de juicio la calidad, evitando así un debate inmanejable, la oferta era bastante pluralista dentro y fuera de la radiodifusión. Si bien cada corriente era fuerte y tenía su público homogéneo propio, había varias de ellas. Los festivales de “Cosquín Rock” florecían de bandas y la terrible expectativa de saber quién cerraba el festival generaba orgasmos en la industria discográfica; y el “Quilmes Rock 2004” tuvo nueve fechas (sí, nueve) con tres escenarios simultáneos y entradas agotadas cada noche (excepto la de Fito y Spinetta, pero no fue culpa de ellos) con prácticamente exclusividad de bandas nacionales. Las Pelotas había finalmente entrado en la radio, Divididos tenía batero nuevo –vida nueva–, el Pity explotaba con su nueva formación, Babasónicos introducía un pop rock electrónico controversial y Árbol prometía ser de las mejores bandas del mundo si les dábamos tiempo.
En ese contexto, el “rocanrol barrial” o “rock chabón” era fuerte y crecía día a día, pero era una corriente más entre tantas: y dentro de ella estaba Callejeros, intentando mezclarlo con una idea ricotera. Por supuesto que gracias al impulso radial masivo de la canción “Una nueva noche fría” su popularidad creció exponencialmente, pero aún se codeaba con La 25, Jóvenes Pordioseros y otras bandas de la misma escena.
Y pasó Cromañón.

Y Cromañón generó dos cosas: por un lado, y es algo que no desarrollaremos en esta nota, toda la escena under y parte de la mainstream se vio limitadísima en términos de shows en vivo, reduciendo y segmentando dramáticamente a las bandas así como dónde verlas. Y, en sintonía con esto, se construyó una mística alrededor de Fontanet y compañía que los transformaba en mártires o demonios. Por ende, con el álbum en el reflector y eslóganes desacertados del tipo “la música no mata”, gran parte de la juventud emergente vio algo que la representaba, incluso si ese algo no estaba ahí: y como las bandas nuevas no tenían dónde tocar, se redujo la posibilidad de oír nuevas voces de la generación afectada. Incluso grandes medios evitaban manifestarse: cuando Rolling Stone reseñó el disco post-cromañón Señales (2006), no puso sus clásicas estrellitas para calificarlo, como si Callejeros tuviera un aura de polémica que los protegiera. Ese cóctel hizo que las radios se apoyaran periódicamente en bandas de ese sonido y así muchas bandas nuevas se adaptaran a él -después de todo, sonamos a lo que escuchamos y escuchamos lo que suena. Y la variedad dejo de aparecer por ahí. Perdimos el eslogan que tan felizmente exhibía en ese entonces FM Kabul: “que viva la mezcla”.
Es imposible hablar de la historia del rock nacional sin mencionar a Presión (ya que Rocanroles Sin Destino no llego a tener la misma masividad), que de la mano de la tragedia de Cromañón dieron forma al rock nacional de los últimos 10 años. Porque, seamos honestos, si bien La Beriso alega ser anterior y a lo sumo contemporáneo a Callejeros (y no lo vamos a discutir ya que los números les dan la razón) su éxito viene de la mano de la popularidad y significación de Presión, como también de las bandas que nunca tuvieron la oportunidad de la masividad. Y, a mi criterio, el silencio siempre hace más ruido.

 

 

Random Access Memories, de Daft punk (2013) – El fin de la Loudness War
La Loudness War (cuya traducción chusca seria “la guerra del ruido”) fue algo que marcó el sonido de los discos de rock y similares a fines de los ’90 y principios de la década siguiente. En términos generales, se suponía que sonar más fuerte que el vecino iba a asegurar más ventas. Los números apoyaban esta teoría, pero en nombre de un supuesto éxito comercial se sacrificaba la dinámica humana en el sonido de las bandas, haciéndolas sonar saturadas y artificiales (para quien quiera saber cómo sucede, este breve video resulta muy ilustrativo).
Cuando Random Access Memories apareció en escena, más de uno se vió sorprendido por su sonido, aunque no supiera explicar por qué. No lo nieguen: quien lo haya escuchado, sea estudioso de la música o no, sintió algo distinto en la frescura del sonido, como si ese disco fuera algo distinto a lo demás. Pues Daft Punk dejó de lado todos los conceptos de como se debía grabar hoy día y volvió a las dinámicas de antaño. ¿El resultado? Uno de los n°1 más exitosos de nuestra época. Demostraron que no había que ser el que sonaba más fuerte para ser el que vendía más. Muchos están tomándole de ejemplo lentamente, y aunque sin prisa, la Loudness War parece terminar progresivamente y las únicas víctimas fuimos nosotros, la audiencia.

 

In Rainbows, de Radiohead (2007) – Un dedo mayor al negocio discográfico
En el fondo es más importante el “quién” que el “qué”. Que una banda tenga problemas con su discográfica, sea la que sea, no es noticia ni novedad. Pero que Radiohead, cuya popularidad y prestigio estaba en una curva ridículamente ascendente, decida vender su disco “a la gorra” vía internet a todo el mundo es cagarse en la industria en términos generales. De esta manera, uno podía pagar lo que creyera conveniente por descargarse el álbum, incluso 0 centavos, o sea, gratis.
Si los crowdfundings necesitaban propulsión para aparecer, In rainbows se ocupó de ello. Un clavo mas al ataúd de los negocios discográficos y una palmada a la espalda a la autogestión: ésta decisión fue de lo más rockero que hemos visto en años y le puso la tapa dura al cambio de paradigma que vivimos progresivamente en el rock. Radiohead no lo inventó, pero lo expuso al mundo, lo transformó en titular y se volvió parte de eso.
Ah, y le funcionó con creces.