El paso de The Rolling Stones por nuestros pagos nos llevó a reflexionar acerca de la cultura de lo marginal y su representación en la tribu urbana local conocida como rollinga.

La pregunta de Jagger “¿Es este el país más Stone del mundo?” quedó golpeando la estructura que conforma al Estadio Único de La Plata en un ping pong constante hasta llegar a nuestras cabezas. El orgullo argentino no tardó en responder con un “sí”, explotado a un cincuenta mil por ciento, esbozado desde la garganta misma de su vanidad –la cual descansa en la costumbre. La realidad es que, a pesar de ser conocido como el único país del mundo en el cual la cultura stone se arraigó en el folklore popular hasta crear su propia –y nacional- tribu urbana, hoy en día encontrar a estos especímenes pateando las calles de los barrios argentinos, si bien no es raro, merece su propio esfuerzo.

¿DE DÓNDE SALIERON ESTOS?

No se sabe con exactitud cuando apareció el primer rollinga, pero se puede especificar que a fines de los ’80 comenzaron a brotar -de la forma que hoy conocemos- para llegar a su mayor apogeo en los años ’90 –rock n’ roll, liberalismo, uno a uno, recordarán- junto con el surgimiento de agrupaciones nacionales como los Ratones Paranoicos, Los Piojos y Viejas Locas, quienes supieron traducir el rock de los Rolling al lenguaje barrial argento. De esta manera, se captó a esta masa de jóvenes rebeldes y marginales para darles voz y legitimar su mundo, aquel por cuyos rasgos eran justamente prejuzgados y expulsados del sistema. La cultura de lo marginal, vale la aclaración, no venía a incluirlos, sino a marcar esa diferencia.

En este punto, vamos a salvar una diferencia: los rollingas y los stones no son lo mismo. Si bien coexistieron y, para los que no son del palo, puede que se les mezclen – junto con los hippies- todos en una misma masa sucia y desprolija, estas dos tribus pidieron ser claramente diferenciadas. Si bien los primeros son fan de The Rolling Stones, también lo son de otras bandas del rock nacional, como las antes nombradas, a diferencia de los segundos quienes se auto-proclaman los verdaderos seguidores de la banda británica por enfocar el grueso de su fanatismo hacia ellos, y sin necesidad de un “disfraz”.

Ahora bien, aunque hayan nacido en los 80’, los rollingas adoptan la estética de Mick Jagger y Keith Richards en los comienzos de su banda en los ’60, remasterizándola a los alcances rioplatenses: zapatillas Topper blancas –o celestes, en su defecto-, jean roto o pollera ajustada de la misma tela, remera alusiva a algún grupo o directamente blanca, pañuelo en el cuello, pelo largo y la infaltable estrella –la cual nos llevó a escribir esta nota-  el flequillo; corto y hasta la mitad de la frente, el cual vendría a funcionar como una especie de licencia rollinga.

Más allá de la apariencia, lo que caracteriza a esta tribu es la pasión por el rock n’ roll: aman con locura a las bandas que lo interpretan y las siguen, fieles, a todos lados. Hacen de los recitales misas, de las agrupaciones dioses, y del rock un estilo de vida.

UN SOL PARA EL ROLLINGA

Volviendo al presente, ROCKOMOTORA fue partícipe de los –alucinantes- shows que brindaron los Rolling Stones en el Estadio Único de La Plata, y estuvimos especialmente atentos al público que acudió. Lo que notamos fue que, a diferencia de las otras presentaciones que tuvieron en el país años anteriores, gran parte de los espectadores distaba mucho de representar a lo que en el común colectivo percibimos como rollinga, aunque había muchas remeras con la famosa lengua de Andy Warhol. Y algo que particularmente notamos –y acá se nos pianta un lagrimón-: casi no había flequillos. Ya sabemos: el valor de la entrada tuvo el poder de un colador en cuanto a quienes pudieron acceder a los shows, no nos olvidamos de esto; sin embargo, parece ser solo reflejo de una realidad que se huele en las esquinas o puertas de almacenes otrora ocupados por estos muchachos y muchachas.

Como adelantamos, la fuerza del rollinga se encontraba en lo que representa, la cultura de lo marginal o barrial, la cual aparentemente encontró otros canales para expresarse. Los pibes de los barrios comenzaron a identificarse con otros estilos musicales en los ’90, y hoy en día hallamos una mayor concentración de seguidores de la cumbia tropical, villera, reggaetón, etc., en detrimento del rock. Es que, si vamos a la base, en las letras del rock n’ roll nacional -de entre fines de los ochenta y noventa- y de la cumbia villera encontramos los mismos tópicos: la vida en el barrio, las drogas, el alcohol, la traición, la delincuencia y todo tipo de historias con parejas amorosas o sexuales. Si lo analizamos, lo único que cambió fue el género musical que conducía el mensaje. La idea es siempre la misma: darle la voz a todos los que sobran del sistema, a todos los que el capitalismo no cuenta -porque no les sirve.

Por otro lado, ser rollinga ya no es transgresor. En plena época de gobierno militar el solo hecho de llevar el pelo largo ya era provocador. Seguramente estos jovencitos escuchaban a sus padres objetarles acerca de cómo podían seguir a una banda liderada por un tipo que se vestía como mujer y usaba lápiz labial. El rock antes de los ochenta era lo under; más de una vez me han comentado, tipos de la época, que para escucharlo debían quedarse hasta las doce de la noche para sintonizar Flecha Juventud del eterno Badía. Y ni hablar sobre ir a recitales, ya que nunca sabías cuándo podía caer la policía con la razia. En fin, de eso ya se sabe bastante.

Pronto llegó la Guerra de Malvinas, y se prohibió el rock cantado en inglés, imposibilitando el escuchar en la radio a sus Majestades Satánicas, por ejemplo, lo cual desencadenó una suerte de efecto dominó donde las disqueras se comenzaron a preguntar “A ver, ¿qué tenemos acá?”. Así, se comenzó a comercializar eso que antes se tiraba abajo de la alfombra. Los seguidores del rock and roll eran ahora vistos como unos consumidores activos, a los cuales había que atiborrar con mercadería. El rock pre-dictura podía -como no- ser aristocrático, pero su sucesor fue claramente por el camino opuesto, como un hijo sublevado contra la autoridad del padre.

Hoy en día los Rolling Stones, con una larga carrera avalándolos, dejaron de ser lo indisciplinado para convertirse en lo clásico, lo cual les quitó el rasgo insurrecto, y logró a la larga que la tribu formada en Argentina a su alrededor fuese trasladando su culto a las bandas locales que trataron de mantener, lo más posible, la impronta marginal del rock n’ roll.

Así funciona el sistema: cuando un foco subversivo comienza a crecer, éste lo aglutina, se lo come, lo digiere y caga un producto. Lo reabsorbe, lo neutraliza.

Si bien la tribu urbana conocida como rollinga no ha muerto, gran parte de la población joven que agrupaba comprendió que si bien el rock puede ser un estilo de vida, no es con un jardinero y un flequillo que van a ir contra el mundo y cambiarlo, que no es solo bailar y gritar y cantar, que la revolución se hace con algo más que una canción de amor. Pero, si además de eso podés lucir unos buenos jean gastados y una reluciente cabellera larga, ¡bienaventurado seas!.

Ahora, ¿tenés a un rolling amigo? ¿alguna muchacha con el pañuelo en el cuello en la esquina del barrio? ¿vos mismo/a sus un/a sobreviviente del apocalipsis rollinga? Sumate a #NiUnRollingaMenos, subí una foto luciendo tu fleco y demostrá que no están solos en un mundo tan hostil.