Hay una contribución de la Ciudad de Buenos Aires a la cultura que no se realiza desde estadios, teatros, centros culturales, ni bares: la de los músicos en el espacio público. Pero ¿cómo se hace para tocar en la calle o en los medios de transporte? León Caturini investigó al respecto.

Cualquiera que haya viajado en subte o transitado el centro de la Ciudad lo puede comprobar: es más fácil encontrar un músico tocando en la calle que un lugar donde cargar la SUBE. Quizá sea porque todos los días aparece una cara nueva buscando la misma oportunidad que la calle le da a todos, sin importar el pasado, la apariencia o preferencias. Por eso salimos en su búsqueda, recorriendo peatonales, ferias y diversos transportes, siendo el subte el predilecto por estos pintorescos personajes. Todo lugar que tenga como característica el flujo constante de personas.

Uno de los primeros prejuicios que aparecen al pensar la actividad musical callejera tiene que ver con el marco legal: en Buenos Aires se puede completar –tanto online como personalmente– un registro cedido por la Dirección General de Ordenamiento del Espacio Público (http://www.buenosaires.gob.ar/tramites/artistas-callejeros), que permite desarrollar actividades artísticas en el espacio público -exceptuando el Microcentro-, similar al que se debe solicitar para tocar en Rosario (Ordenanza 4621/1989) o en el Partido de la Costa. Según las fuentes, en la Ciudad de Buenos Aires, a diferencia de los sitios recién mencionados, no lo están dando desde hace más de un año, y todos los entrevistados tocan –algunos hace varios años- sin ningún permiso, y aseguran que sus colegas hacen lo mismo.

Otra idea equivocada fue la de las mafias de músicos callejeros. Existen agrupaciones para la defensa y promoción del arte urbano, como el Frente de Artistas Ambulantes Organizados (FAAO) o la Asociación Argentina De Músicos Del Subterráneo (AAMDS), por nombrar algunos, pero los artistas consultados consideran que no hay organizaciones excluyentes en el mundo de la música callejera. Sí podemos encontrar diversos acuerdos, como que en la línea A los músicos salen de la terminal -San Pedrito- de a dos por formación recién a partir de las 19 h., lo mismo con la línea D desde las 17 h., a diferencia de la H, donde pueden tocar desde la mañana bien temprano. Todos estos acuerdos, pactados con los vendedores del subterráneo, así como todos los arreglos que se hacen en la calle, son de palabra y deben ser respetados para convivir en armonía.

Parte de esa armonía se debe a la “Ley de la calle”, la cual es difícil de precisar, ya que todos la explicaron de manera distinta. Para resumir las diversas definiciones en una idea, podríamos decir que es el derecho que tiene un músico de estar en un lugar por haber llegado primero, del que nadie lo puede correr. Si llega otro, se debe posicionar a un mínimo de 100 metros. De la misma manera, en el subte o el tren, siempre debe haber un vagón que separe a dos músicos, y en lo posible más. Todo para respetar la obra del otro y que no se mezclen las melodías. También está la cuestión de la antigüedad y la constancia, que se aplica mucho más para los transportes, por la cual un músico tiene prioridad para tocar primero en un lugar por hacerlo periódicamente durante mucho tiempo. Pero esto no responde a una jerarquización. Es más bien un gesto de respeto que la mayoría de los músicos tienen para con sus colegas de mayor trayectoria.

De esta manera, se evitan algunas situaciones conflictivas, pero no todas. “La realidad es que para ir a tocar a la calle hay que estar predispuesto a que vas a tener situaciones de choque, las que uno tiene que filtrar”, afirma Nataniel, un joven estudiante de música que se desempeña tocando la guitarra en las líneas A y H del subte.

El primer temor de todo artista callejero tiene que ver con las fuerzas de seguridad, que la policía los obligue a dejar de tocar o hasta les secuestre el instrumento. Sin embargo, ninguno de los entrevistados tuvo grandes inconvenientes, más allá de algún pedido de bajar el volumen para no molestar a vecinos y comerciantes o, en el caso de que estuvieran vendiendo CDs, guardarlos. De todas formas, sí hay casos documentados de autoridades intentando correr a los intérpretes (https://www.facebook.com/felices.pastores/videos/594057564262035/). Lo mismo con los vendedores en los medios de transporte anteriormente mencionados. Aquí ya no hay tanta amabilidad, puesto que, siguiendo a Nataniel, en la puja eterna entre artistas y vendedores suele haber mucha prepotencia por el control del territorio. Un ejemplo es que un vendedor o inclusive otro músico le “corte el vagón” a un colega, es decir, subirse a vender o tocar en un lugar donde ya había alguien más haciendo alguna de esas actividades.

Aquel que tome la decisión de salir a tocar debe tener en cuenta que se vive una situación de competencia permanente, porque nadie es dueño de la calle, pero todos quieren una parte de lo que esta puede ofrecer. Con esto me refiero a la retribución económica, la cual varía por distintos factores, como la ubicación, la cantidad de horas, los elementos con lo que se cuenten, por ejemplo: $100 por hora en el subte, $300 el día en la calle, entre $500 y $1000 con la venta de CD’s, $500 cada tres horas en el subte; pero todos coinciden en que, a fin de cuentas, depende del esfuerzo y la necesidad de cada uno. No existe una fórmula, o más precisamente, existen tantas fórmulas como intérpretes, y todos deben convivir en el mismo lugar. Como plantea Sergio, un habilidoso profesor de guitarra de la calle Florida, “ir a la calle es encontrarte con una parte de la vida que no sos vos, ¿entendés? Que es el otro”. El músico callejero se topará con miles de personas día a día. Vendedores, trapitos, dueños de negocios, policías, otros artistas y, quizá lo más importante de todo, un sinfín de transeúntes que harán las veces de público. De cada uno se puede tomar algo y nutrirse con eso.

Otra cuestión importante es la relación que se establece con el público. “Es una vidriera”, afirma Fabri, tomándose un respiro de recorrer escalas con su Stratocaster roja para contar sus experiencias tocando desde su Rosario natal hasta la esquina de Córdoba y Florida, “porque te ve mucha gente que de otra manera no te vería. Si no te conoce a vos o a tu banda, o no le gusta tu música, no te va a ir a ver a ningún lado”. Esa cualidad de conectar con casi todo el mundo, que hace de la música un lenguaje universal, puede explicar por qué Alejandro Cabrera Britos, presidente del ya mencionado FAAO y saxofonista experimentado, dice que tocando en la calle “se rompen las desigualdades: vos ves en tu público ocasional a personas en situación de calle, tipos con diez bolsas de compras, otro con guardaespaldas. Es decir, en ese lugar quedan todos iguales”.

Hay muchas maneras de lograr captar la atención. Interpretando temas propios o ajenos o con instrumentos poco convencionales, como Okan y su santur traído desde Turquía, cuyas 72 cuerdas dan vida a bellas melodías desde Plaza Francia hasta el Obelisco; o Fraimer con su cuatro venezolano, aportando ritmo y dinámica a los viajes de la línea D y H del subte. Es este último quien pudo resumir en pocas palabras la idea que muchos intentaron transmitir: “Las personas que te observan quieren ver a un artista. Y un artista es eso, alguien que roba las miradas, que hace que las personas dejen de escuchar la música de sus audífonos y guarden sus teléfonos para prestarle atención a lo que estás haciendo. Eso es lo que hace un artista: deja que la música sea la que conecte entre él o ella y las personas”.

También está en nosotros, los espectadores momentáneos, brindarles unos minutos -sin mencionar el apoyo económico- e “intentar pegarnos a la realidad todos los días, porque lo que hacen los músicos puede ser bueno o malo, interesante o no, pero está ocurriendo en vivo frente a nosotros”. A estas palabras, referidas entre acordes sueltos en un banco del andén de Plaza Flores, Luga agrega que hay que darle una oportunidad a la música en vivo y potenciar a los artistas callejeros.

En definitiva, se trata de reconocer la contribución a la cultura, a nuestra cultura, que los músicos callejeros realizan día a día. Cada uno con diferentes motivaciones. Pero la mayoría lo hace de oficio y actúa de esa manera. Como Fabri, quien asegura con orgullo que en la calle se sobrevive “tocando todos los días. Yo toco de lunes a domingo, siempre que no llueva, las horas que me dé la mano y la batería del equipo”. O Nataniel que, siendo el más joven de todos los entrevistados, no tembló al explicar algo que puede servir para cualquiera que esté considerando lanzarse a la mágica experiencia de tocar en la calle: “No olvidarse de transmitir. Ser observador de lo que uno está haciendo, ser crítico y darse cuenta si está transmitiendo algo realmente. Siempre permanecer firme en eso, porque si no, vamos a mantener una imagen del músico callejero como chanta. Que va, toca la guitarrita, un par de temas, pasa la gorra y no quiere ir a laburar. Como que uno hace eso de salida de la vagancia. Y no es así. Hay muchos músicos que lo hacemos con el alma. Y no es fácil, estar yendo y viniendo. Pero es hacer lo que uno ama, y que eso sea siempre el norte”.