El rock es una familia grande, decimos. Acá nos adentramos en los orígenes de ese sentimiento que nos une y nos enfrenta.

 

Una vez me pasó haber ido a ver a Divididos al parque Roca y encontrarme un loco que se dejaba balancear en medio del pogo con el puño en alto sin más expresión que esa. O sea, completamente duro. La música lo llevaba y lo traía, con el puño en alto. Al mes, en el teatro de Flores, promediando “Cielito lindo”, pude ver la silueta de ese mismo puño balanceándose, otra vez duro. No contenta con eso, en la presentación de Amapola del ‘66, haciendo la fila para entrar, escuché detrás mío un canto mal entonado que decía: “ya lo vemo’, ya lo vemo’, si no cantamo’ todo’, parecemo’ una cumbiancha”. Me dí vuelta y, ¡vi el mismísimo puño levantado!

Esa fue la última vez que lo vi. Y si no está muerto y está leyendo esto con el puño en alto y duro, quiero agradecerle la imagen.

A todos nos pasó encontrarnos las mismas caras en diferentes recitales porque, sí, en el rock somos todos primos lejanos, algunos padres, tíos, muchos hermanos, y cada banda representa a la familia posta, esa con la que compartís casa y te juntas los domingos a comer asado. Por eso, los súper festivales son tan buenos como malos. Son la navidad del rock: la pasás re bien hasta cierto punto en el que no querés saber más nada con nadie con el que puedas compartir una gota de sangre. O, en este caso, con el que arengue, tararee, baile o esboce una mueca de simpatía por la misma música que te gusta a vos. La familia es amor-odio, bueno, el rock también, pero ¿cómo llegamos a eso?

Profundicemos. Si las grandes bandas son como grandes familias, entonces las bandas under son los que se van a vivir solos y están arrancando de a poco a armarse el monoambiente ¿cómo lo logran? ¿quiénes los acompañan? Los primeros son los amigos, los compañeros, los familiares:

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“La primera vez que toqué me vino a ver mi familia y mis amigos. Recuerdo que recibí buenos comentarios, invité a un amigo guitarrista a participar de algunos temas, hicimos un cover de “Paloma” que fue terrible, pésimo, y cuando terminé uno de mis amigos me dijo: ¿por qué, no? Pero en general recibí buenos comentarios, a la gente le gustó, a pesar de que detrás mío seguía una banda de reggae que nada que ver con lo que yo hago.”

El primer recital es ese que llenás con los primeros a los que les pasaste un audio y les copó; los amigos a quienes aunque no les gustó tanto disfrutan verte arriba del escenario, pleno y feliz; los familiares, que no entienden nada pero que están ahí al pie del cañón, y una cantidad “X” de personas que pueden ser: gente del lugar, gente interesada en el arte, gente que cayó del cielo, que buscan experimentar, disfrutar, criticar, horrorizarse.

“A los amigos a veces también hay que sobornarlos, prometerles birra, decirles que van a conocer chicas, pedirles que participen, invitarlos a tocar, que traigan su gente, o ponerlos a cortar entradas.”

De repente se genera algo copado: a varios les gustó, a tus amigos a los que les gustaba les encantó, les cuentan a otros amigos, la gente del lugar vio que llevaste gente, le gustó tu gente, tu música, tu vibra…

A la segunda fecha vinieron tus amigos con otros amigos: otra vez la cantidad de gente “X”, algunos de la primera vez que tocaste que volvieron, y de repente ahí se encuentran esos que te quieren como amigo, como familiar, como músico, con otros que no te conocen pero que andá a saber por qué razón les llegó tu mensaje. Tu arte. Porque es así, la definición de arte y de expresión o creación artística está ligada con esta idea de comunicación, de poder plasmar             los sentimientos, las experiencias, el dolor o la felicidad. Y eso te une profundamente a quienes más te conocen, por lo que resulta lógico que al comienzo sean ellos los que están ahí, y lo disfrutan también a su manera:

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“Yo voy a ver a mis amigos. Y cuando veo que lo logran, que un desconocido los mira con atención, que al final del show los saluda, los felicita, que los busca, que los sigue, me genera orgullo, felicidad, admiración. No sé, de alguna manera me siento parte, y esa es la mejor parte del recital, ver como otros pudieron captar todo lo que captaste vos, ver como esa familia de la que te sentís parte se agranda, crece y valora lo que va consiguiendo.”

Hay otros que disfrutan de volver a encontrarse con caras conocidas y con lo que consideran buena música. Aparece el público de otra banda, de otro artista, que nada que ver, pero que escuchan atentos, con buena onda, con respeto. Porque saben lo valioso que es hoy subirse ahí y decir en cada nota que no importa si mañana estás tocando en el Gran Rex, o en el barcito de la vuelta, eso es lo que querés hacer.

Entonces ocurre que la línea entre audiencia y artista desaparece, y los que estamos abajo nos sentimos parte de eso que ocurre arriba del escenario. Porque, si bien no tocamos ni una cuerda, sabemos que acompañamos, que estamos, que le insistimos a ese amigue para que se suba y la rompa, porque movimos cielo y tierra para estar ahí, porque cuando nos miran y nos dedican un tema, se ríen o los vemos bailar, sabemos que también ese es el mejor espectáculo.

Así van pasando las fechas, y ya nos terminamos saludando todos en la cola del baño: amigos, artistas, familiares, los “X”: nos terminamos cruzando todos. Se genera ese afecto, esa comunión que nos hace defendernos como en la guerra: somos el mejor público del mundo y vinimos a ver al mejor artista del universo, y esto pasa tanto con la banda más grande de la historia como con la que nunca saldrá del pueblito que la vio nacer.

El arte, la música (toda ella, la de tu barrio y la de difusión masiva), habla de lo que nos pasa a los que estamos como espectadores en la misma medida en la que habla del artista que la compuso o que la interpreta, cuenta nuestra historia, la de todos nosotros como personas y como parte de un grupo. Este encuentro, esta conformación, ver el crecimiento, sentirse parte, tiene que ver con la dimensión emocional del arte y cómo este crea lazos, contemplando y excediendo al mero entretenimiento.

Si, los rockeros también tenemos alma. Amamos. Amamos mucho.