Carlos Polimeni editó "El día que Charly saltó y otras crónicas salvajes del rock" y nos habló sobre eso y otras yerbas. De Billy Bond a Chano Charpentier, ¿en qué consiste la transgresión en el rock y su vínculo con lo salvaje?

Foto: Nora Lezano

Los diccionarios dicen que salvaje refiere a aquel ser vivo no domesticado, que vive en libertad y que mantiene formas de vida primitivas, especialmente si habita en lugares que no han sido civilizados. Asimismo, definen a una persona que comete actos violentos, crueles e inhumanos.

En la historia de la música existieron distintos sucesos que fueron destacados como salvajes y que quedaron marcados como hitos, ya sea por su contenido verbal o el accionar de sus protagonistas y su alrededor. Por ejemplo, el instante de liberación que tuvo Billy Bond en el Luna Park en el que un “rompan todo” fue el preámbulo a que se detone la locura en el Estadio. O también el Charly García arrojándose del noveno piso del Hotel Aconcagua en Mendoza.

A veces, la ayuda de las drogas tales como la cocaína o el alcohol potencia al individuo y lo estimula de manera que él mismo se sienta un Dios Todopoderoso que cree que todo lo que hace está bien. En los sesenta, década marcada por una contracultura asociada a la experimentación y expansión mental y espiritual, la droga icónica fue el ácido lisérgico, conocido como LSD. Los Beatles, por citar una banda referente de la época, consumieron el alucinógeno por primera vez en 1965 y, según sus propios testimonios, esa experiencia acompañó el impulso creativo que dio como fruto la creación del aclamado Revolver, lanzado al año siguiente, que constituyó un antes y un después en su carrera.

En el plano argentino y en la misma década, también sucedieron cosas arraigadas a las drogas y la música. Al respecto, hablamos con Carlos Polimeni, quien acaba de publicar el libro El día que Charly saltó y otras crónicas salvajes de rock. El periodista señala tres muertes que marcaron la historia de la música en nuestro país y que ocurrieron durante el transcurso de un año, entre 1986 y 1987: las de Luca Prodan, a causa de una cirrosis; Miguel Abuelo y Federico Moura, de SIDA. En este sentido, Polimeni subraya: “Durante esa etapa no se sabía que existía el SIDA y aún se desconocían los efectos nocivos del consumo de cocaína en el cerebro de las personas. A partir de la década de los 70 y principios de los 80, las personas que empezaron a consumir cocaína creían que era una especie de componente universal de la alegría y la energía y que no causaba daños cerebrales. Por lo tanto, en Argentina hubo un lapso donde la fórmula ‘Sexo, drogas y rock & roll’, sin SIDA, funcionaba a full”. Y agrega: “Había un cuarto elemento que no estaba y era la muerte”.

A su vez, el autor señala que Sumo, Virus y Los Abuelos ocupan lugares tan relevantes en el rock nacional que el punto de inflexión que marcaron radica en la reflexión, a partir de sus casos, sobre a dónde se va si se sigue determinado ritmo de vida. “Fue una tristeza muy grande, porque en todos los casos era gente joven para morir. Cumplieron con esa especie de sentencia rockera de ‘vive rápido, muere joven’”, indica. Como si se persiguiera un principio romántico de vivir intensamente para culminar en una muerte hermosa. Polimeni hace hincapié, además, en que esos tres fallecimientos dejaron la nostalgia de una obra que no pudieron completar, porque en todos los casos habían grabado apenas unos pocos discos.

Con respecto a esa especie de salvajismo dentro del universo rockero, el periodista relaciona ese aspecto a la belleza de las obras y no tanto a las acciones de los artistas fuera de ellas: “Creo que la palabra salvaje, en el sentido ‘fuera de la civilización’, la encontrás cuando escuchás la voz de Janis Joplin, o lo ves tocar una guitarra a Jimi Hendrix, u oís un solo de Ricardo Mollo, o si lo observás a Charly García rompiendo algo sobre un escenario. Es decir, hay algo de primate, de salvaje y de primitivo en el rock”, considera.

En cuanto a las drogas, Polimeni afirma que la cocaína es la que más trabaja sobre el ego de las personas: “Es la que hizo que Charly dejase en un placard encerrado a Carlos Alberto García Moreno y eso produjo una sensación de falta de posible retroceso”. Este acontecimiento lo comparó con el brete, el pasadizo corto que utilizan para hacer pasar al ganado hacia su muerte sin capacidad de volver hacia atrás: “Me parece que Charly terminó ahí, donde solo podía avanzar y los resultados, en cuanto a su salud, están muy a la vista, y las características de genialidad que tuvo hicieron que fuera casi imposible que él entendiera lo que le estaba pasando. Entendió todo, menos su salud”. “El límite está en diferenciar cuándo la droga te permite la exploración en la creatividad (como en el caso de Los Beatles) y cuándo se convierte en un vicio que termina destruyéndote”, sentencia. Por otro lado, admite: “En el caso del rock, muchas veces el poder está no solamente en el ego sino en el dinero. Te lleva a manipular a muchas personas que te pueden convertir en millonario y a producir sufrimiento. Esto también es importante, porque es un estándar de doble moral”. Y recordó la canción Ratones Paranoicos dedicada al Indio, ‘Ya Morí’: “Yo quiero ser un héroe / que toda la gente se crea / que sólo tomo vino del peor / que soy un bolchevique / que no me importa el dinero / y que me gusta mucho el rock & roll”.

Hace años que el rock argentino está en transición. Como si la generación noventosa que aprendió la lección a partir de los excesos de sus antecesores no hubiera dejado herederos. ¿Es, hoy, Chano Charpentier lo más transgresor que tenemos? O quizá pase, ya, por otro lado y listo. En este sentido, Polimeni reflexiona: “Vivimos hoy en una etapa en la que el rock se encuentra con la desaparición del disco y en que las redes sociales pueden hacer milagros. Capaz está cambiando todo de manera tan fuerte que no se va a repetir lo de antes”. Y de la mano con esos cambios históricos, si esa vida de excesos se convirtió en nostalgia de una época es, tal vez, porque ese perfil de rockero se convirtió (gracias a personajes como Pomelo) en una parodia de sí mismo. Es momento, entonces, de continuar con la búsqueda de lo transgresor en otro lado: “hacer temas que nunca se atrevan a pasarlos en la radio”, concluye.