Janis Joplin abrió la Puerta y Amy Winehouse se llevó la llave. O al menos eso parece hasta ahora. Una fue considerada la primera figura icónica femenina del rock y la otra, hasta ahora, es recordada como la última. Ellas recibieron halagos por su obra artística, pero también por lograr imponerse en ámbitos vedados para mujeres. Voces significativas y representativas, cada una en su época, que arrancaron reverencias en el mundo del rock. Dos mujeres que, a instancias de sus vulnerabilidades, se convirtieron en insuperables. Coincidencias, influencias y detalles de sus historias que las reúnen en la memoria compartida.

Durante mucho tiempo, y por más que los rankings de Billboard y los catálogos de los sellos discográficos dijeran lo contrario, solo había dos opciones para las mujeres en el rock: esposas o groupies. Sin embargo, muchas no se conformaron con esa realidad y lo intentaron todo. Por todo, se entiende poner el alma y el cuerpo en la materialización de un sueño que, al momento, no estaba diseñado para un ser humano no masculino. Aun así, contra todos los estereotipos, muchas mujeres se animaron a tomar la posta de figura icónica de una cultura estética y musical plagada de sesgos de género.

Desde el origen de los tiempos la mujer fue un elemento central en el mundo del arte y de la música, pero a modo de condimento. El rol de protagonista no, para eso había que nacer varón. De todos modos, había una negociación tácita en el aire: Las que se animaban a ir por ese puesto central, pues entonces debían aceptar el destino de víctima. Desde violencia de género hasta muerte precoz, una suerte de nuevas Marilyns oscuras para las que no había lugar en futuro inmediato. La década del 60 trajo la revolución cultural mas disruptiva de todo el siglo XX y, con ella, una fuerza femenina con intensidad inusitada. Un poco por movimientos culturales y otro poco porque el mercado de varones quedaba pequeño, las insistentes chicas del rock empezaron hacerse ver en primer plano. Después de una larga, y en apariencia inamovible, tradición alfa algo por fin cambiaba.

En 1967 Janis Joplin comenzó a presentarse en los escenarios de la costa oeste de Estados Unidos como cantante y líder de Big Brother and the Holding Company. A partir de ese momento la cultura joven tenía, por primera, vez un símbolo femenino fuerte y visible proveniente del rock. Talentosa, potente, imponente, excedida de sustancias como cualquier otro rockero y muy vendedora. La industria no estaba preparada para esa irrupción, pero el público sí. Y ahí comenzó otra historia, la de una sucesión de figuras femeninas que encontraron su eslabón final en los nuevos 2000. Porque el destino, muchos años después, diría que alguien evocaría la leyenda de Janis con demasiados puntos en común. Luego Amy Winehouse, al final del camino, cerró ¿Hasta ahora? un círculo perfecto de mujeres en la escena del rock mundial.

Durante muchos años, cuando se hablaba de Janis Joplin se mencionaba a LA mujer del rock. Si bien hubo otras iniciadoras de caminos paralelos (como Lesley Gore, quien inspiró a la Violencia Rivas capusottiana), ninguna rompió una barrera con tanta fuerza como ella. Toda una ironía si se tiene en cuenta que la suya fue una vida de lucha contra la propia vulnerabilidad. Faltaba muchísimo tiempo para los primeros planos femeninos empoderados e irreverentes de hoy. Mientras tanto, Janis fue puro talento a expensas de sí misma. Una carrera contra la autodestrucción en paralelo a su brillo inevitable. Varias décadas adelantada a la opción legítima de cantar y vivir como un hombre, el mundo tuvo la suerte que a ella no le importasen las consecuencias de su rumbo a contramano. Porque no solamente cometió el arrojo de ejercer un arte de hombres, sino que, además, se zambulló en el mundo de la cultura negra cuando eso estaba muy contraindicado para los blancos. Esa doble hazaña la convirtió en una perla, apodo con el cual se firmaron las invitaciones para la fiesta posterior a su muerte, voluntad que ella misma dejó solicitada en su testamento.

El feminismo tuvo distintas etapas en la historia. Cuando Amy Winehouse comenzó su recorrido por escenarios, a principios del siglo que corre, la lucha de mujeres era un antecedente del pasado y, a su vez, algo que se hervía en silencio para el futuro. En los primeros 2000 el rol de la mujer se dividía entre la cosificación del pasado y un nuevo poder incontenible pero aún no oficializado. La irrupción mediática de Amy conmocionó por razones variadas y contrapuestas. Por un lado, era una mujer muy joven que se apoderaba de un repertorio consagrado a hombres. Como si no hubiese antecedentes de cantantes que brillaron con esas canciones clásicas, la prensa especializada la etiquetó con esta peyorativa denominación. Además, su aspecto, sin dudas alejado de la belleza blanda y amigable de las it girls de los 90, generaba otro puñado de opiniones superficiales y vanas desde el mundillo de la moda. Por último, inglesa en la tierra de la más autoritaria prensa amarilla, fue un rostro concurrido en las tapas de los escándalos por excesos y disturbios. Una vez más, todo menos lo importante para hablar de una mujer que sobresalía en un mundo de hombres. El broche de oro fue el celebrado por todo el engranaje de la industria musical cuando el 23 de julio de 2011 ingresó en el dorado club de los 27, del que también forma parte Janis. Fue así que partió, tal como vivió, sola y desesperada.

Janis Joplin y Amy Winehouse tenían algo muy fuerte en común: Eran dos inadaptadas sociales. Fuera de cualquier estereotipo de conducta femenina, hicieron todo lo que se consideraba indebido para una mujer de prestigio. Sin embargo, sus comportamientos no las dejaron afuera del éxito. Por mérito propio, y también por la hipocresía de la sociedad occidental, fueron aplaudidas y juzgadas en igual medida. Las dos parecían vivir como si morir no importase y triunfar como si fuese una consecuencia colateral a sus intenciones. Janis y Amy tuvieron más vida después de muertas que durante su paso por la tierra. Mientras en el plano material debieron luchar con fantasmas, o hacerse espacios a los codazos, en su condición de leyendas les fue todo mucho más fácil. Desde sus partidas vieron la luz recopilaciones, documentales, películas, biografías y todo tipo de homenajes póstumos que siempre se venden en cantidades. Si bien cada una en su nivel, y acorde al rol social de la mujer de su época, tuvo reconocimiento, la consagración no les fue permitida sin un peaje equivalente.

Mientras que el repertorio de Janis Joplin tuvo como inspiración toda la música negra que escuchó durante su adolescencia, el de Amy fue toda la música blanca de los 50. De todos modos, en ambas influencias hay un punto en común. Las dos se metieron de cabeza en clubes exclusivos de varones. El jazz, el blues, el gospel y el rock, nada de eso había tenido chicas tan caciques hasta sus pasos breves e indelebles por cada uno de estos géneros. Grandes cantantes hubo muchas, pero ellas dos fueron las patronas de sus escenarios como nunca antes había sucedido. Algo cambió para siempre a partir de esos apropiamientos musicales poderosos e hipnóticos, tan femeninos y disruptivos como inéditos. Unas cuantas cantantes virtuosas fueron invitadas, y algunas unas pocas pudieron salir del rol secundario. Pero estas dos, fueron otra historia. En esa trampa de esposas y groupies, Joplin y Winehouse tuvieron roles de gurús. Y así fueron sus destinos, como si una maldición les hubiese cabido por romper la tradición de los machos, para que nunca más el rock alfa se lleve puesta a una mujer.