Para muchos, Los Redondos han sido la más grande banda de rock argentino. Es un fenómeno que ha atravesado generaciones y fronteras internas para mantenerse vigente en la cultura criolla. Por ende, emitir cualquier juicio sobre el Indio Solari se vuelve extremadamente complicado, ya que se le ha otorgado la categoría de deidad. Pero entonces, si Los Redondos integraban el Olimpo, el Indio ocupa el lugar de Zeus: el gobernante, imperfecto pero poderoso, con fieles y detractores, nunca libre de polémica y con una influencia incuestionable. Con la edición de su nuevo álbum nos preguntamos ¿Es posible hablar solo de música cuando hablamos de él? 

Foto: Mariano Arribas

Prólogo:
La maldición de Catriel, Cachul y Calfucurá

El Indio transgrede lo estético para volverse un personaje ético, por eso su obra resulta indivisible de sus acciones. Sus declaraciones filosóficas en forma de poesía se han convertido en máximas de vida y su repercusión sobre la sociedad propicia análisis académicos; incluso obligan a que uno hable de él con palabras esdrújulas para que parezca que el interlocutor está a la altura del caso.

Sus shows son los más multitudinarios del país y, siendo una sola persona la que genera tanta convocatoria, reciben el apodo de “misa”. Ya hace unos años, estas misas empezaron a teñirse, progresivamente, de inconvenientes, desde la falta de infraestructura sonora, que no permitía que se escuchara bien en espacios abiertos tan grandes, hasta las de seguridad física y organización, que van desde el lodazal de Gualeguaychú 2014 (hoy, anécdota menor) hasta Olavarría 2017: en un predio colmadísimo donde se llegó a calcular más de 100 mil espectadores ingresando sin entrada, dos personas murieron por asfixia. De golpe, todo lo que había sido una anécdota gede y divertida, se volvió una potencial catástrofe en retrospectiva.

Olavarría fue un gran divisor de aguas: la responsabilidad del Indio todavía es una duda que flota sobre los fanáticos. No discutiremos aquí esa responsabilidad ya que hay una causa penal de por medio a resolverse, pero su respuesta fue algo pobre en términos de la inteligencia y elocuencia a la que nos tiene acostumbrados, denunciando una mala leche mediática sobre su persona. Este cóctel generó una incomodidad general, y así  muchos empezaron a mutar la imagen que tenían de él. Fanáticos, simpatizantes, espectadores y detractores tendrán una posición al respecto. Entre tanta polución, nos centraremos en la música, pero omitir no significa olvidar.

Foto AFP


Mr Parkinson vs. Protoplasman

Durante el show de Tandil en Marzo 2016, el Indio confesó al micrófono: “Mr. Parkinson me está pisando los talones, pero acá estoy”. Un Carlos Solari pronto a alcanzar los 70 años se encuentra cantando repetidamente sobre la muerte, palabra que incluso integra el título del álbum. La portada muestra una nostálgica imagen de sus padres: tiempos pasados, recuerdos de los que no están. El material del libro que complementa el disco, referencia a aquellos artistas, personajes u obras que colaboraron a que el Indio se convierta en quien es hoy.
Sí: El Ruiseñor, el Amor y la Muerte tiene escenografía de réquiem.
Pero Solari aparece acreditado bajo un nuevo alias con apariencia de superhéroe: “Protoplasman” ¿Será que se calzó la capa para luchar contra su nuevo némesis, Mr. Parkinson? La música para sanarse bien podría ser su superpoder y al menos le quitaría dramatismo a una función con sabor a última.

¿Indio estás?

Llama la atención que en gran cantidad de temas la voz esté tan atrás, incluso más bajo que la guitarra, necesitando un esfuerzo extra para escuchar lo que el Indio canta. Esto se siente de entrada en ‘Pintura de guerra’ y, si bien pocos tracks escapan a esto, se vuelve muy notorio en ‘El Ruiseñor…’ y ‘La ciudad de los encandilados’. Resulta fácil culpar a los 70 años del Indio y considerarlo propio de su edad, pero eso debería verse plasmado en su performance, clásica, correcta y marca registrada, y no en los niveles de sonido. Difícil pensar que se trate de un error de mezcla, sino que se parece más una decisión artística, aunque el Indio confesó no estar del todo conforme con el volumen de su voz en la única conferencia de prensa que dio respecto a su álbum.
Esto resulta anti-climático en más de una oportunidad: no sólo porque la gran figura desaparece, sino porque en términos musicales las canciones no poseen una complejidad o elaboración que les permita sostenerse solo por lo instrumental. No hay virtuosismo y casi no hay innovación: es un mundo cancionero oscuro y relajado, como una narración nocturna de historias difíciles pero aptas para todo público. Por supuesto que no hay nada de malo en ello, admitiendo que, por cómo está planteado el disco, las apariciones de Protoplasman son fundamentales para sostenerlo.
‘El Martillo de las Brujas’ remite a un ‘Había una vez’ más brillante y melodioso y ‘El Callejón de los Milagros’ es una inevitable referencia a ‘Gualicho’ de Los Redondos. Pero (vaya paradoja) es en este tema donde encontramos la innovación más importante del álbum: se lo escucha al Indio cantando alegre en algo que bien podría ser un bar pequeño o un asado, donde los espectadores y amigos cantan al mismo volumen que él, arengando la fiesta.

El dolor más puro es el de haber sido tan feliz

Por supuesto, el foco estará en la lírica de las canciones. Por más que el Indio insista sobre el hecho de que, en realidad, es la música la que enamora y la que merece la atención principal mientras la letra es el relleno de la canción, la dinámica de su obra trabaja en otro nivel. Navegando por las melodías que lo caracterizan, la poesía es bastante menos críptica que en otras ocasiones. En el análisis de cuentos poéticos con orquesta, lo mejor es apegarse a la idea original del Indio cuando se le consultó sobre significados específicos: “Lo que me interesa es detonar la imaginación de la gente, porque el territorio que están explorando es el de ellos”.
Puede haber “mensajes ocultos” dentro de algo aparentemente sencillo: el juego está dispuesto para que el sujeto resignifique constantemente la poesía y le dé el sentido que quiera (reputación poética que el Indio se ha ganado merecidamente), pero las historias parecen ser más transparentes. Suena a un catálogo de narraciones sobre personajes que se mueven en un mapa de melancolía, nostalgia y reflexión sobre el futuro inevitable. Probablemente, el momento que encuentra más afilado al Indio en todos los aspectos es el relato de la caída en ‘La Oscuridad’, con referencia peronista incluida.
Pero más allá de la narrativa propia de cada tema, el fanático avispado puede transformar cualquier verso en un aforismo, desde “Son los billetes los que dan ilusión” hasta “La verdad se hace débil cuando el miedo la ataca”. Esto último pertenece a ‘Canción Para Un Terrorista Bonito’, cuya letra ofrece mayor cantidad de frases con destino de graffiti; lo que tiene sentido considerando que es una canción con 20 años de edad planeada originalmente para Último Bondi a Finisterre (1998) y, por ende, con sabor ricotero.

La teoría de los cojones

En 2017, Martín Carrizo (baterista de la banda del indio “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”) declaró que se retiraría de las giras debido a estar sufriendo Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad que paraliza el cuerpo -para hacerla corta, la de Stephen Hawkins. La enfermedad es de por sí una tragedia, pero que afecte a alguien tan talentoso a una edad tan temprana como 45 años, solo lo empeora. Por lo tanto, es una gran alegría ver acreditado a Martín en el disco y escucharlo tocar la batería (enorme performance en ‘La Ciudad de los Encandilados’), además de su participación activa en la mezcla y producción sonora del álbum. Esto ameritó cariñosas y elogiosas palabras del Indio para con él.

Y la banda suena tan lindo hoy

Los Fundamentalistas hacen su trabajo a la perfección, entendiendo que son el apoyo de las canciones. A todos y cada uno les sobra para lo que tocan aquí, empleando el oficio en servicio de las necesidades (y quizá indicaciones) de la obra del Indio. Porque estamos de acuerdo con que, pase lo que pase, él es el último responsable de lo que vamos a escuchar.
Y miren si harán bien las cosas, que el Indio confiesa haberse sentido casi obligado a dedicarles la última frase del álbum “Y la banda suena/tan lindo hoy”, dejándoles el minuto instrumental que cierra El Ruiseñor…

Foto: AFP

¿Vale La Pena?

Un disco cancionero y poco ostentoso musicalmente, que apela al arquetipo de canción de rock nacional que él mismo colaboró a forjar con Los Redondos y lo utiliza para desplegar historias sencillas y oscuras que reflexionan sobre el poco futuro que poseen los hombres. El Indio podrá ser considerado un Dios, pero -quizás por primera vez- se expone cual mortal, mostrándose accesible y vulnerable, con canciones similares entre sí, parejas, con poco y nada para reprocharles y el doble filo de no aportar nada genuinamente nuevo.
Sin embargo, ¿cuánto le podemos seguir pidiendo a sus 70 años? Contextuado puede obtener un sabor amargo en términos del dolor que emana y las condiciones en las que se presenta cuando decide dar declaraciones. Último álbum o no, tiene suficiente para que los fanáticos lo sigan apoyando como entonces y sus detractores se sigan manejando como tales, aunque bien puede haberles tendido una mano para acercarse. De todas maneras, el Indio tiene un aura de mística que lo protege y lo daña simultáneamente como personaje, persona y artista, que le ha dado el beneficio y el perjuicio de la duda a su obra y sus acciones.
Mientras tanto, suenan canciones.

Recomendados: La Oscuridad, El Callejón de los Milagros, Canción Para un Terrorista Bonito

Todavía no está en Spotify… pero siempre podemos confiar en Youtube para escuchar el álbum completo: