Con más de cincuenta años detrás de la batería, repasamos un poco de la vida de un rockero de antaño.

Ginger Baker es un buen whisky. Lo es, porque con los años sigue demostrando la calidad de su marca, pero haciéndose cada vez más suave a la garganta. No envejece, se pone añejo. Hoy, con 76 años, el mejor baterista de la historia del rock se ve bien representado con la palabra whisky. Lo imaginamos recostado en un sillón, allá en su rancho en Sudáfrica, con ese look de viejo tigre enojado que se asemeja a Federico Luppi en Fase 7. Podríamos verlo con un whisky en la mano, un cigarrillo en la otra, los lentes de sol puestos y odiando al mundo con esa voz gutural de quien la vivió, y la vivió por muchos años.

Es el mismo Ginger Baker de siempre, solo que canoso y arrugado. No sonríe tanto, ahora lleva el rostro de la sabiduría dura, la que se transmite a las trompadas. Le importa muy poco si tiene que putear o golpear, y siempre hace lo que le parezca. Pero de nuevo, es el mismo Ginger Baker de siempre, el que nos gusta, el loco, el genio, el mejor. Un rockero de la vieja escuela que siempre odió que lo llamen rockero, porque él era un baterista de jazz. Pero es más que eso, más que un simple baterista. Él es percusión africana, bombardero estratégico, mago psicodélico y ente problemático. Y nos quedamos cortos. ¿Está mal repasar la historia de este fino licor?

Todo tiene un principio y este comienza con una guerra y un padre ausente. Resulta que Peter “Ginger” Baker nació un 19 de agosto de 1939, semanas antes al comienzo de la Segunda Guerra. Papá tuvo que responder al llamado del deber y murió en combate en el 43’, mientras que en Inglaterra sobrevolaban bombarderos alemanes. Ginger mismo nos afirmará que existe una la relación entre los sonidos de sus tambores y las bombas cayendo, algo habría quedado atrapado en el fondo de su psique. En la escuela su pupitre será su primer instrumento, hasta conseguir una batería. Escucha al quinteto de Charlie Parker y otras bandas de Jazz que vienen de América; se deja influenciar por Max Roach, Phil Seamens, Elvin Jones. Qué sabía entonces el joven Baker de que alguna vez compartiría escenario con todos ellos.

En el 66’ comienza Cream, uno de los grupos (o supergrupo, como prefieren decirle algunos) más emblemáticos de la historia. La cosa fue así: Eric Clapton, que para entonces ya era una eminencia en la guitarra, se contactó con Ginger para formar una nueva banda. El colorado hacía tres años que estaba en la Graham Bond Organisation tocando jazz blues, donde había llegado para reemplazar a Charlie Watts que se iba a tocar con los recién nacidos Rolling Stones. Habían sacado tres discos y contaban con moderada fama, pero Ginger quería nuevos horizontes. El trío se terminó de formar con el bajo de Jack Bruce, que también formaba parte de la Graham Bond. Ginger y él habían tenido problemas, por no decir había bastante tensión entre ellos, hasta el punto de una escena con una navaja de por medio y todo. Estos problemas volverían a resurgir años después, pero a partir de ese momento, y por dos años más, Cream quedó fundada. Y fue eso, la crema del rock inglés.

De ellos, el pelirrojo era el más loco. Tocaba poseído, como lo hacía Keith Moon en los Who, sin dejar de agitar la cabeza. Fue el primero del ambiente en usar dos bombos, logrando una potencia nunca antes vista en una banda de rock. Se notan las raíces que después van a formar el hard rock, el heavy y el progresivo, una influencia que se va a escuchar en bandas tan distintas como Pink Floyd, The Police, Rush y Metallica. La viola de Eric y las melodías de Jack parecen hacerle compañía por momentos, en especial cuando la batería pasa a primer plano en eso solos eternos, solos que llegaron a durar diez minutos, solos que hicieron temblar no solo al público, sino también a los que creían que la bata es un instrumento de fondo.

Pero lo bueno termina, y en el 68’ Cream se despidió con una gira épica y cuatro discos en su haber. Eric y Ginger seguirán juntos un poco más, en la fugaz banda Blind Faith, que saca un único disco para nacer y morir en 1969. La década siguiente estará repleta de proyectos tan breves como importantes. Comenzamos con la Ginger Baker Air Force: ésta era un grueso rejunte de buenos músicos haciendo fusión jazz rock, con Baker en su salsa, mucho más libre que en Cream. Sacaron dos discos el mismo año y se disolvieron cuando su líder decidió viajar por unos años a África. Sí, en un ataque de voluntad Ginger se va con un amigo a filmar una película casera. Allá es un extraño de pelo largo en el continente negro, un demonio blanco y colorado. Los sonidos de los tambores expandieron su consciencia, su forma de percutir. Ya nada sería lo mismo.

En Nigeria conoció a Fela Kuti, padre del Afrobeat y el mejor rockero salido de África, con quien colaboró en varios discos. Allá también descubre su segunda pasión, el polo, y, por descarte, los caballos. Tras idas y vueltas, regresa a Londres y forma la Barker Gurvitz Army con Adrian y Paul Gurvitz. Van a durar dos años. Para ese entonces ya nadie quiere tocar con él, es demasiado problemático. No son sólo los abusos de drogas y  alcohol, sino algo que ya se encontraba arraigado en su personalidad, algo oscuro. Porque dejar a tu familia con deudas y escaparte a Italia con la hermana del novio de tu hija, que tiene veinte años menos, está mal incluso si sos Ginger Baker. Seguramente se refiere a esto cuando, ya de viejo, declaró en una entrevista: “Tengo más arrepentimientos de lo que la gente cree, enormes arrepentimientos. Cosas que desearía nunca hubieran pasado”. En ese entonces se encontraba subsistiendo con su nueva y joven esposa en una casa llena de grietas, alejado de la gente que no hablan su idioma, con siete perros y dos caballos. Fue tocar lo más fondo del vaso para él. Pasarán muchos años, hasta el 88’, para verlo volver.

Lo vemos viejo en el regreso. Los cincuenta años no parecen sentarle bien, no a la sombra de la imagen que fue. Sin barba, sin color en el poco pelo. Lo vemos formando otra banda con Jack Bruce, llamada BBM, con Gary Moore en la guitarra. Sigue tocando la batería como los dioses. Interviene en el disco Sunrises of the Sufferbus de los Masters of Reality. Sus proyectos se enfocan en el Jazz, y así salen media docena de discos. Los álbumes African Force vuelven a desnudar sus influencias tribales. Se reúne con Cream en el 2005 y la vuelven a romper por unos días. Se considera retirado de los escenarios, compra un rancho en Sudáfrica y se pone a cuidar caballos como Gulliver al final de sus días.

Pero vuelve, otra vez. Con más de 70 se levanta del sillón y pone a la leyenda Baker a demostrar porqué es una leyenda. Él dice que es la falta de dinero, que hay que salir a ganarse el pan. Nadie le cree nada porque con artritis en las manos y la audición casi perdida, hay que tener mucha pasión para volver a los escenarios. Y Peter Baker la tiene, como la tuvo toda su vida. Su último disco, lanzado hace dos años, lleva la pregunta correcta de título: Why?. ¿Por qué? Porque le gusta. Tal como dijo:

“Has lo que gustes, si disfrutas haciendo lo que te gusta y lo haces bien, serás exitoso y disfrutarás la vida; a mí me gusta tocar la batería.”

ginger

Llegamos al presente. De gira y con promesas de disco. Hasta que una noticia nos desayuna febrero: Ginger Baker cancela su gira por problemas de salud en el corazón. Parece que va a ser el final completo de los escenarios, pero no, aún queda una última opción. Ginger ha decidido, con 76 años, someterse a una operación que puede devolverlo a donde quiere estar, entre los platos y el redoblante. Y lo aplaudo de pie, porque sabe que hacer lo que le gusta es lo que lo mantendrá (realmente) con vida. Porque es Rock. Porque se la banca.

Pongamos un disco, un tema, donde suene esta leyenda viva. No esperemos leer su nombre en los obituarios para recordarlo. Porque tengo la impresión que la Ginger Baker Air Force no tiene pensado aterrizar.

Por él brindo este vaso del mejor whisky que nos supo dar. Y que sea eterno.