¿Cuántas veces nos hemos sentido amedrentados e impotentes  durante un evento cultural, un show musical, un festival o en un bar de barrio por los encargados de la seguridad?

Considerando que el Estado es un concepto político que se refiere a una forma de organización social, económica, política soberana y coercitiva, conformada por un conjunto de instituciones, que tienen el poder de regular la vida comunitaria nacional, generalmente solo en un territorio determinado o territorio nacional y que esas Instituciones son las únicas que pueden ejercer coerción -a grandes rasgos-, estas deberían ser quienes velan por nuestra seguridad. Pero su accionar puede incurrir en el abuso de autoridad, teniendo como último estrato (en una escala de abusos) la violencia física.

A lo largo de los años, en la historia de la música rock, se han podido observar diversos enfrentamientos entre las instituciones encargadas de “mantener la seguridad” y los seguidores de grupos musicales. Estos choques fueron y son ideológicos, probablemente porque este género musical tiene como esencia la transgresión, tanto en la cultura como en la idiosincrasia de la sociedad, mientras que en contra punto las fuerzas armadas se encargan de que no existan tales quebrantamientos.  Se pueden citar ejemplos en una breve línea del tiempo donde resaltaremos los diferentes niveles en que las instituciones han abusado de su poder en festivales y recitales.

Para marcar el comienzo de esta línea temporal debemos viajar al 6 de diciembre de 1969, al Altamont Speedway Free Festival, evento que tuvo lugar en California, Estados Unidos, creado con la intención de ser el Woodstock del Oeste. Para mantener el orden en el evento, la organización contrató a los Hells Angels -club de motociclistas considerado una organización criminal. Los escalafones de violencia se vieron en aumento por parte de «la custodia”, teniendo como primer resultado el golpe que recibió el cantante de Jefferson Airplane, Marty Balin, quedando inconsciente. Finalmente, el clímax de agresiones llegó en la tercera canción de la banda de turno, Los Rolling Stones –que irónicamente interpretaban ‘Under my thumb’. Meredith Hunter, un joven negro de 18 años –no es un detalle menor para la época-, al parecer había intentado subir al escenario y fue agredido por uno de los motoqueros, lo que generó que el muchacho sacará una pistola y apuntara para todos lados. Décimas de segundo más tarde Alan Passaro, un integrante de los Hells Angels, se le aproximó por un costado y lo apuñaló, al menos en dos ocasiones. Pese a que la víctima fue evacuada en un helicóptero, murió.

El segundo paso de nuestra línea son los hechos que ocurrieron el 19 de abril de 1991 en inmediaciones del Estadio Obras Sanitarias, de Núñez, CABA, donde se iba a desarrollar un recital de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Centenares de personas que se dirigían al estadio a comprar entradas para el concierto fueron detenidas por la policía, entre ellas estaba Walter Bulacio.

La razzia encomendada al personal de la Seccional 35ª, a cargo del comisario Miguel Ángel Espósito, lo detuvo a efectos de averiguación de antecedentes. No debiendo ocurrir, ya que la  Ley de Patronato de Menores  prohíbe estas detenciones  sin intervención de un juez competente.

Walter fue retenido en la comisaría toda la noche y trasladado al Hospital Pirovano, durante la mañana siguiente. Allí le fue diagnosticado traumatismo craneano, y con las pocas fuerzas que le restaban confesó al médico que lo atendió haber sido golpeado por la policía. Murió cinco días más tarde. La autopsia encontró huellas inequívocas de golpes con objetos contundentes en miembros, torso y cabeza.

El anteúltimo caso ocurrió durante el show que ofreció Pearl Jam el 30 Julio del año 2000, en Copenhague, Dinamarca. La banda se encontraba en pleno show cuando se desencadenó una avalancha humana que aplastó contra las vallas de contención a quienes se encontraban en la parte más cercana al escenario. Como resultado final, 9 personas murieron aplastadas y varias heridas. Per Johansen, uno de los responsables de seguridad, declaró que intentó en vano durante quince minutos lograr que se suspendiera el concierto. Pero, en contraparte, tres asistentes suecos -que también habían quedado presos en la avalancha- informaron que las fuerzas de seguridad se mostraron muy pasivas y no fueron lo suficientemente fuertes como para sacar rápidamente de la masa a los atrapados. Finalmente la investigación policial reveló que el fatídico suceso se originó por “problemas técnicos”.

El último paso, lo que motivó a escribir este artículo, lo vivió quien les escribe. Durante la entrada al concierto de los Rolling Stones,  en la Ciudad de La Plata el pasado 13 de febrero de este año, caminando por el ingreso principal se escuchó a las fuerzas de seguridad provinciales gritar amedrentando al público: “Muévanse, formen una final, no me hagan largarles los caballos”. Si bien los hechos no pasaron a mayores, debido a la tranquilidad del público, la intimación innecesaria y el grado violencia -en tiempos de democracia- es preocupante ya que a través del tiempo se perpetúa.

Parece ser, que la provocación por medio de la agresión física está a la orden del día, sin importar el año en el que ocurre ni el lugar en el mundo, dejando en claro que quienes deberían de velar por nuestra seguridad no conocen o no saben utilizar otros medios de disuasión que no sean los ya mencionados -la violencia muchas veces es la consecuencia de la comunicación fallida, exponiendo la ausencia de herramientas de los que ofician de seguridad-, no cumpliendo con la preservación de la integridad física de las personas, antes de llegar a sucesos caóticos.

Teniendo en cuenta todo esto, estamos obligados a dejar en claro que esto no debe pasar y no se debe aceptar. Desde ROCKOMOTORA nos preguntamos: ¿Quiénes son los que están encargados de velar por nuestra seguridad? ¿Están en condiciones o capacitados para realizar esa tarea? ¿Realmente necesitamos ser cuidados? o ¿Con la tarea de responsabilidad social que les cabe a los organizadores de conciertos y a las instituciones de “seguridad”  debería bastar? ¿Cuantos Ismaeles, Lucianos y Walteres necesitamos para tomar consciencia de las consecuencias del abuso de poder?.