Ser artista es un trabajo de riesgo para unos y un negoción para otros. En este artículo nos bajamos de la vorágine del consumismo del rock para darle una vuelta de rosca a los circuitos de difusión y producción cultural.

“Lo que pasa es que son todos unos chantas, y vos como músico tampoco te identificas como trabajador, o por lo menos la mayoría no lo hace, son concepciones que están fuertemente arraigadas”, me comentaba mi amigo, ese músico comodín que participa de ochenta bandas y te toca veinte instrumentos.

Quise aventurarme a escribir sobre la problemática de las bandas y solistas para conseguir buenos lugares donde tocar. Para esto me acerqué a mis amigos dispuesta a escuchar las experiencias más tristes, indignantes y bizarras por las que transitan los artistas a la hora de concretar una fecha.

«Se nos apareció un mánager que nos quería cobrar dos lucas por mes porque supuestamente nos conseguía lugares copados para tocar. Nos llevó a un bar en San Telmo, nosotros en la banda somos once. Habíamos llevado gente, y nos correspondía una parte de las entradas. La cuestión es que empezamos a tocar, y en el segundo tema cae la municipalidad. El escenario no estaba habilitado para la cantidad de músicos que éramos. El mánager no nos dijo nada, ni si quiera lo tuvo en cuenta por una cuestión de comodidad nuestra. Nos suspendieron el show, de las entradas no vimos un peso y no nos dieron ni un vaso de agua.»

«Tocamos en un bar que no era muy de nuestro palo, era mucho más rockero. Pero habíamos pedido una fecha entre semana para que sea más tranqui. Invitamos a nuestra gente, y llevamos nuestro sonido porque ellos no tenían nada. Cuando empezamos a tocar no fueron capaces de bajar la música que sonaba de fondo, y apenas terminamos, mandaron ac/dc al palo. Si no querés que toque ¿para qué me das la fecha?»

Levantas una baldosa y sale una banda de rock, dicen. Sí, y junto con la banda brota un circuito de chupasangres ansiosos de lucrar con el laburo de los pibes haciendo absolutamente nada.

Existen ciertos requisitos posibles, que pueden hacer a las buenas condiciones laborales de cualquier artista, y que dependen – en la mayoría de los casos- de la voluntad, compromiso y de la capacidad de ceder de los organizadores. Por ejemplo: colaborar con la difusión, asegurar un porcentaje digno de las entradas para los artistas, descuentos o consumiciones acordes a la cantidad de músicos, un equipo básico de sonido, personal idóneo que se encargue de operarlo y organizar una prueba de sonido, etc.  Un espacio que tenga como eje la producción y difusión de hechos culturales debiera poder hacerse cargo de estos aspectos.

Les planteás esto a los músicos y se les iluminan los ojos de la emoción. La lógica de estos lugares  es que si los músicos se sienten cómodos y cuidados van a querer volver, van a hablar bien del lugar y lo más importante: lo van a disfrutar y a percibir una retribución económica por su trabajo. “¿Trabajo?”, te dicen, “No nos importa la plata”. La realidad es que las condiciones con las que se topan son tan desastrosas, que se conforman con la “buena onda”.3018735415_3ea66a2137_b

Entonces me pregunto ¿Cuántos artistas pueden vivir o trabajar explotando sus conocimientos específicos en la disciplina? ¿Cuáles son las condiciones sociales, de seguridad social, las garantías laborales, que tienen para desarrollar su práctica profesional? Y el problema de fondo es uno, claro, patente y presente: ¿Por qué nos cuesta entender/nos a los artistas como trabajadores, profesionales de la cultura?

Hagamos el ejercicio: preguntémosle a cualquier amigo músico cuántos días tiene de vacaciones, si posee sindicato, cómo cerraron sus paritarias… Son condiciones irreales en la actualidad. Para nuestra sociedad fue inimaginable concebir al artista como un trabajador, algo que por suerte parecería ir modificándose. En principio cuestionarlo es un buen comienzo. En base a esa negación… ¿Cómo podríamos pensar en otorgarle mejores condiciones laborales, si en la actualidad profesiones y oficios socialmente reconocidos no cuentan con ello?

Por un lado la cuestión del arte y del trabajo tiene que ver con que esperamos que ese “trabajo” produzca un valor ¡Y es que lo produce! Contrariamente del valor económico que esperamos, produce un valor cultural y el inconveniente pasa entonces por la falta de consideración para con ese valor cultural que genera el artista.

«El trabajo dignifica»…frase común. ¿Dignifica porque nos permite formar parte de este sistema económico de intercambio? Ponele, pero también dignifica porque lleva consigo la concepción social de poder dedicar nuestras vidas a hacer lo que nos gusta y vivir de ello.
Si tuviste suerte de que te guste sumar y restar, el mundo es tuyo. No solo podes hacer lo que amas, sino que te van a pagar por eso, y socialmente vas a ser un tipo laburador. Ahora si te gusta tocar la guitarrita, tenés dos caminos para no morir de hambre: o enseñar, o tocar y tocar hasta pegarla. Mientras tanto, en ese camino que todos transitamos de formación y experiencia,  lo que les ocurre a los artistas es un poco más complejo que lo que le sucede a cualquier profesional que estudia y comienza con sus primeras experiencias laborales.

Los músicos caen en el oportunismo del tipo que tiene un bar, el cual lo llena todas las noches con los familiares, amigos y afectos de aquellos que van a manifestar su arte con la necesidad de adquirir experiencia, de ir construyendo un camino, de ir haciéndose conocidos poco a poco, de tocar para curtirse, de tocar porque es lo que les gusta hacer, tocar.

Académicamente hablando es importante entender el arte como un campo de relaciones sociales, como espacio de lucha que genera sus propias condiciones de producción y reproducción de prácticas e interacciones que son legitimadas. Acá también somos espectadores de las relaciones de dominación, definidas por la posesión de una forma específica del capital –en este caso puntual, hablamos de los espacios culturales -o que se pretenden culturales-. Las relaciones entre los agentes que constituyen el campo permiten identificar las luchas entre ellos y el poder que ejercen quienes ocupan posiciones dominantes frente a otros. El poder político y económico, por medio del Estado y el Mercado, también interactúan directamente con el campo artístico, regulando el funcionamiento y la existencia de industrias y empresas culturales.

El arte se fue transformando poco a poco en un campo de batalla por la fama, el poder y el dinero, que resulta un simulcop de la lucha capitalista. Están quienes nacieron dueños de los medios de producción y quienes deben adaptarse y aceptar lo que venga.Unplugged

Por otra parte lo que ocurre con la concepción del trabajo que manejamos cotidianamente, es que implica esta cuestión de accionar sobre la esfera de lo público, y todo aquello que queda puertas adentro, todo lo que está cercano a la esfera de lo privado, de lo emocional, de lo doméstico, pelea por un poquito de reconocimiento en el mundo laboral, quedando por fuera de esta categoría. Ahí nos encontramos con toda la rama artística.

Otra arista que acompaña a este inconveniente es el proceso por el cual se forman los profesionales. La delgada línea entre lo que comprendemos como hobby, talento y estudio; además de la influencia de la academia y cómo posiciona dentro del campo a los artistas formados en ella: “los de conservatorio” respecto de los “de oído”, y ni hablar de la influencia social y la distinción que ejerce entre artistas consagrados y artistas no consagrados. No nos parece una locura pagar luca y media para ver a los Stones, pero sí sesenta pesos para ver a tres bandas under que se tuvieron que pagar la sala de ensayo, el flete de traslado de los instrumentos y los equipos, y en algunos casos hasta la botella de coca que consumen durante el show.

La búsqueda a la que debemos apuntar es la reivindicación de los artistas como trabajadores, que es en realidad la misma lucha cotidiana de cualquier trabajador. Pero esto se funda en primera instancia en reconocer lo que significa la labor de los artistas para la sociedad, el valor cultural que producen, para así ofrecerles las condiciones laborales correctas que cualquier ser humano merece.

Existen espacios propicios para seguir construyendo y alimentando esta perspectiva, que cuidan a los artistas, así como también existen lugares que lucran a costa del trabajo de ellos y que, no contentos con eso, lo hacen en pésimas condiciones, a tal punto que necesitan que les aclaremos que un vaso de agua no se le niega a nadie. La diferencia reside en los objetivos. Necesitamos más lugares que encuentren su identidad en constituir un espacio para el arte comprometido, entendido como una forma de vivir, con todo lo que ello implica. Necesitamos más organización para concurrir y ser parte de esos lugares, para que no mueran, para que crezcan y se reproduzcan. Para que nuestros amigos, nuestros compañeros, nuestros conocidos, nuestros ídolos, nuestros artistas, esos que nos nutren día a día con sus producciones, que nos abren la mente y el corazón, puedan seguir haciéndolo sin padecer, sin ser menospreciados. Necesitamos entender que es preciso correrse rotundamente de ese circuito que aliena lo menos alienable que existe: el arte.

Texto: Leticia Fernández

Corrección y edición: Belén de la Paz Sobral