En los recitales parece estallar la magia: La transpiración de los dedos que se mueven frenéticamente por el mástil, la multitud sincronizada con los impactos de cada acorde, la confianza ciega al de al lado por ser «del palo», e incluso nos puede dar la impresión de que los integrantes de una banda son una especie de súper-personas.

La magia, sin embargo, no existe. Es que, cuando se habla de las virtudes del rock, hay una página que se ennegrece.

Existen humanos que a veces pretenden sacar esa magia del rincón ficticio al que pertenece y así emularla en una realidad muchas veces hostil, muchas veces injusta. Aquella intención de hacer del rock un caldero de hechizos, fusionada con la violencia que atraviesa sobradamente a este género, da lugar a híbridos peligrosos.

Este es un breve trabajo de investigación que intenta cortar de raíz la espesura de lo encantador e ir de manera directa a la crudeza de lo que sucede a escondidas. O no tan a escondidas.

Me acerqué al quiosco donde trabaja Carolina, fumamos algunos tabacos mientras el ventilador amenazaba con opacarnos las voces. Sé qué música le gusta, sé de sus compromisos sociales y supe la pregunta que tenía que hacerle.

Lamentablemente tenía material; no sólo para contestar la pregunta, sino hasta para atragantarla.

– En el rock pesado la situación es terrible. Los tipos menosprecian a las mujeres que les gusta el ámbito, llegando a ridiculizar cualquier actitud que no se adecúe a lo que es tolerable. Entonces empiezan a laburarle la cabeza a las pibas, poquito a poquito, construyendo en ellas un prototipo cultural. Y ojo con oponerte, si lo hacés sos blandita, tenés poca madera o el heavy te queda grande. El resultado es que muchas de las mujeres que ahí sobreviven están híper sexualizadas y reproducen la dureza a la que se enfrentan. Por ejemplo, al enunciar comentarios reaccionarios que llegan al punto de poner en la vereda de enfrente a otros conjuntos de mujeres que se niegan a ser carne de presa de aquellos que, por copar un entorno, se pretenden dueños de él. Al final los patovicas del hard rock sólo admiten un formato de mujer, que es el que la mayoría de los metaleros impone.

– ¿En qué consiste ese formato?

– En ser serviles, pero severas al mismo tiempo. Se nos exige, puertas adentro, una conducta complaciente y, para afuera, una rígida e intolerante.

-Estoy seguro de que viviste, viste o te tocó escuchar otras situaciones sexistas. ¿Me podés comentar algo de eso?

Risa sarcástica asomó.

– ¿Sabés la cantidad de veces que escuché que la mujer tiene nula capacidad para tocar un instrumento? Sólo podemos cantar. Por ejemplo, las artistas femeninas que integraban Animals, el tributo a Pink Floyd, quedaban relegadas al papel de coristas. De todas maneras, sería mejor que ella también dé su opinión.

Me giré hacia su amiga, Lucía, que, siguiendo la secuencia de disgusto, expresó rápidamente un hecho que no hace tanto debió enfrentar. No hubo presencia de duda al responder mi interrogante, porque aquellas escenas están grabadas en la piel, y sin duda aún arden.

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-En el Quilmes Rock había un guardia que, con la excusa de revisar «minuciosamente» a posibles portadores de sustancias ilegales, manoseaba a toda mujer que buscaba pasar. Lo hacía tan impunemente que decidí buscar otro camino, claramente más informal. Al final tuve que cruzar un tumulto de hombres que me terminó tocando zarpadamente de arriba a abajo durante al menos 30 segundos. Me sentí muy humillada y desprotegida. Como una cosa, ¿viste?

Asentí.

-Supongo que toda esa energía de disfrute con la que llegabas, se terminó deformando.

– Durante todo el festival sentí adentro mío una explosión de malestar, la música me sonaba lejana y todas las expectativas positivas me abandonaron.

Mientras lo contaba, pensé que para comprender la magnitud de aquello, para entender el sentimiento de indignación, hay que encarnarse -o por lo menos desde mi rol masculino, debo hacerlo. Hacer el difícil ejercicio de fugarse durante unos instantes del cuerpo propio, e introducirse en el de la otra persona. Tal vez sólo así sea posible entender la mitad de esos sucesos angustiosos que, si bien nos toca analizar dentro del rock, realmente se presentan universalmente.

Cabe aclarar que probablemente la siguiente declaración no cobre fuerza de relato testimonial a nivel particular, pero sí lo es a nivel general: Lucía continuó con sus comentarios ya no en función de lo que le tocó vivir en su propia individualidad, sino en función del género al que indefectiblemente pertenece. Dicho en criollo, concluyó su relato hablándome sobre el menosprecio a la artista, desde el punto de vista de una mujer.

– Es una humillación silenciosa, donde cada una de las características personales se debe cuidar, porque si no se corre el inaceptable riesgo de quedar como una trola. Y entonces no ser nada.

Pregunté qué es ser una trola en el ambiente del rock, me respondió que es la despersonalización. El reducirte a un objeto de consumo, degradando todo valor como artista que pudieses tener. Imaginate un campo de minas, me dijo. Ser demasiado sugestiva, vestirte airadamente, no corresponder como una boluda a todo lo que te demanden, todo esto hace explotar las bombas. Perdón, las minas.

– Aquellos ámbitos que mencionaron ustedes –dije- pueden ser muy distintos entre sí.

– Pero están iluminados por el mismo fuego. –completó Carolina.

La última melodía de la tarde moría. Saludé algo aturdido y fui a visitar a una persona muy querida que, de paso, también podía ofrecernos un catálogo de experiencias bochornosas. Mara es artista plástica y vive las diferenciaciones que se hacen, quizás, desde un plano más íntimo. Partidaria de espacios que difunden un rock más emergente, más cordobés y, en algunos casos, con un alto grado de creatividad.

Lo que no logra, a pesar, impedir el sexismo. Y ella lo sabe.
El baterista de la banda que tocaba aquel día, recordó, es un buen ejemplo:

– Birras iban y venían; después de que su banda terminara de tocar, algunos de sus integrantes se sumaron a nuestro grupo. No tardé demasiado en ponerme a conversar con el baterista. Horas después terminamos en mi casa, cogimos y a la hora se fue.  Luego de unos días lo vi en el bar 3,4 y me evitó durante toda la noche. «¿Qué te pasa?» le pregunté; «Necesito mantener un público, no me pueden ver con cualquiera», me dijo.

– Por cómo me lo contás, se me hace que no es la primera vez que sufrís un baldazo de agua fría. – indagué.

– Estás orientado, Lauti. A propósito, mi ex también se llamaba así. Puede ser gracioso, pero al igual que en el caso anterior, también es baterista.

– ¿Desafortunada coincidencia?

– Puede ser, resulta que él no me presentaba como su novia. Y ya que estamos con las casualidades, su argumento también era el de mantener un público. Un público femenino. Al que constantemente debía hablarle, casi como una obligación, para que mantuviese ese necesario ímpetu groupie. Imposible decir algo; estaría interfiriendo con su carrera.

– Una encrucijada.

– Una mierda. Muchos de sus amigos, también músicos, no tenían como fin un gran desarrollo musical o una trascendencia como artistas, sino uno mucho más primitivo: atraer minitas. Sí, es claro que ni de lejos  son todas las bandas, pero el hecho de que exista una aspiración tan banal en el ámbito musical, da qué hablar.

– ¿Cuántas bandas emergentes, aquí en Córdoba, conocés? Integradas por mujeres, valga aclarar.

– Siempre se conocen más nombres de hombres que de mujer. Pueden existir algunos pocos casos en donde alguna mujer cante y, eventualmente, toque un instrumento, pero, ¿Un conjunto conformado por mujeres?  Ninguno.

Indiscutiblemente coincidía con lo que anteriormente me comentó Carolina. ¿Cómo generar espacios para la mujer en el rock, si esos espacios están estrictamente limitados a roles específicos?

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– Me gustaría preguntarte, para terminar, cómo es trabajar de artista plástica para éste mundo.

– Yo hago flyers para eventos de rock y/o portadas de discos, y es extraño que una mujer haga estas cosas en el ámbito del rock. Vos sabés que mis obras tienen un contenido más bien oscuro, en ocasiones siniestro. Comúnmente la primera impresión de muchos, cuando mi trabajo no está firmado, es asociarlo a un artista masculino.

– ¿Se te ocurre por qué?

– Porque no es usual que la mujer salga de los estándares de la feminidad, que haga crítica con su arte y se aparte de lo esperado. Y cuando lo hacés, se te toma de otra manera, hay más precaución, más tensión. Te invito a adivinar el porqué.

– ¿Porque para muchos es una rareza que las mujeres piensen?
Me guiñó el ojo, como si fuera obvio.

Se me ocurre que los testimonios funcionan como un reflector que ilumina las acciones que buscan camuflaje, buscando un desesperado refugio bajo la tierra. ¿Será porque no se soportan a sí mismas?

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Texto: Lautaro Faya

Corrección: Eliana Solís

Edición: Belén de la Paz Sobral