El campo VIP se presenta como el gran enemigo de nuestra generación en cuanto a los shows musicales, sobre todo cuando se trata de rock. Intentan disfrazarlo como una manera «copada» de disfrutar de los distintos recitales cuando, en realidad, su único fin es estafar tanto a la gente que lo compra, como a la que no.

Desde que se implementó el famoso Campo VIP, hace ya unos años, comenzó esta división entre público «de primera» y «de segunda». ¿Por qué para estar más cerca del artista que quiero disfrutar, tengo que pagar el doble? ¿Y si no puedo pagarlo?

El fenómeno tiene distintos enfoques. Primero están quienes lo defienden -que son lógicamente los que pueden y quieren consumirlo-, quienes argumentan que «el campo es un quilombo, no se ve bien y el pogo es insoportable». No, no y no. En la humilde opinión de quien escribe, el campo común es el mejor lugar para vivir el recital de quien sea, saltando abrazado de personas que no conoces pero con quienes estás unido por la misma pasión musical. El tema de la visión es muy contradictorio: las personas que están atrás de todo en el VIP, ven casi igual de mal -salvando el pasillo técnico que suele haber entre ambos- que quienes están primeros en el campo común. ¿Por qué? Porque el VIP está adelante de todos y no permite ver bien. Respecto del pogo, he estado en cientos, mido 1,50m., peso 45 kilos y acá estoy, no me morí nunca, no es nada tan terrible. Además, un recital sin pogo es como un alfajor sin dulce de leche: está bueno, pero le falta algo.

Según las productoras, su existencia se justifica «subsidiando» al resto de los lugares, lo que quiere decir que si no vendieran los lugares VIP a un precio tan costoso, todo el resto del estadio/teatro/club sería más caro. La palabra «subsidio» hoy en día está de moda, no caigan en esa justificación.

Por último, hay quienes afirman «si no te gusta, no lo consumas». Mal. No es cuestión de gustos, es cuestión de igualdad, de no hacer diferencias. La división que esto causa entre el público es abismal: si no podés pagar un mínimo de $3500, no vas a acceder a la posibilidad de estar adelante, cosa que antes conseguían por órden de sacrificio quienes acampaban días fuera del estadio o llegaban a primera hora del día al teatro. No tiene porqué el poder adquisitivo de alguien situarlo más cerca o lejos de la música que lo hace feliz, mucho menos en el campo, donde todos somos hermanos y hermanas, dejamos nuestras discrepancias de lado y disfrutamos de dos horas a puro amor.

La manera de frenar al Campo VIP depende absolutamente de nosotros, el público. Debemos dejar de consumirlo. Si no se consume, no es negocio y entonces no es ganancia.