Con 30 años, Facu Nardone lidera Zappy Amps, una marca rosarina de amplificadores artesanales, hechos a mano en su propia casa y con un sello estético inconfundible. Lo que comenzó como un hobbie se transformó en un emprendimiento que lo llevó de gira con Divididos y enamoró al mismísimo Spinetta, quien terminó usando un Zappy para grabar el material que, luego de su muerte, se conoció gracias al disco póstumo “Los Amigo”.

El domingo pasado festejó once años con un evento en la costanera rosarina, donde se expusieron distintos Zappy (aprovechando el hecho de que no hay dos iguales) y tocaron decenas de músicos de la ciudad. En esta entrevista exclusiva con ROCKOMOTORA, Nardone nos cuenta la historia y los secretos de una marca de amplificadores que pone a los músicos cara a cara con los fabricantes, y no quiere saber nada con la producción en serie.

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-¿Cómo fue que aprendiste a armar tus propios amplificadores?
Willy Echarte, el guitarrista de Vudú, sabe hacer equipos y él me había armado uno hace muchos años. Después dejó de hacer y me empecé a dedicar yo, porque vi el proceso y lo hicimos un poco juntos. Él me decía “andá a comprar esto, traé tal cosa”. Yo le caía con unas galletitas y él lo hacía. Así empezó todo. Después un día me animé y empecé a hacer otro yo, de cero. Fue a prueba y error y a patadas y shocks eléctricos, que me comí un montón *risas*.

-Los Zappy se diferencian de los demás sobre todo por la cuestión estética. ¿Cómo surgió la idea de poner ese énfasis en eso?
Siempre que los iba haciendo experimentaba con las dimensiones de las cajas, y con otras cosas; un día decía por ejemplo “a ver, le hago un laqueado” o “voy a buscar cuerina, a ver cómo queda” y así. Siempre probando cuestiones estéticas. Por eso hice tantos distintos, con distintas terminaciones, colores y formas. Está eso de experimentar con colores brillantes para evitar el típico negro, yo siempre digo que a las novias de los pibes que me compran les encantan. Lo ven y dicen “¡qué hermoso para poner en el living!”. Las primeras veces me costaba que los músicos se copen, medio que se atajaban. Después cuando lo veían no lo podían creer. Hace un año que estoy trabajando con un músico amigo, Juan Catoni, que es tapicero y restaura muebles antigüos. Una vez me tiró la de ponerle botones y bordados, como los sillones que él hace. A veces le ponemos un acolchado al costado con botones grandes, como se usaba antes, una técnica que se llama capitoné.

-¿Y cómo suenan los Zappy? ¿A qué equipo se parecen en sonido? ¿Qué le aporta a los instrumentos?
El que está muy ajeno al tema cree que las válvulas no se usan más, porque cuando llegó el transistor era más barato, más liviano, no había que cambiarlo, y se reemplazó casi por completo en un sinfín de aparatos: radios, televisores… menos en los amplis de guitarra. Con el transistor no se consigue ese sonido. Sobre todo los acoples, los armónicos. Es un sonido más cálido y orgánico. Estos están basados en modelos que me gustan a mí porque vienen de circuitería inglesa: los Marshall, los Vox. Amplis que son clásicos y hasta el día de hoy se hacen como se hacían hace cincuenta años. Los circuitos que hago yo también, tienen cuarenta años. Mis amplis son monocanal. Enchufás la guitarra en un Jack y ya está. No tenés distorsión, ni efectos, nada. Tenés el volumen y algún ecualizador, que por lo general también los hago simples. Después tiene el control de máster y algún brillo o corte de agudos, por si la guitarra es muy brillante. Pero son muy sencillos, no pasan de las cuatro o cinco perillas. Entonces lo prendés y ahí nomás ya está sonando bien. No tenés que estar cinco minutos buscando. Sorprende lo fácil que responde al toque de cada uno, a la presión que uno le da al instrumento. Te deja al descubierto, es muy real: si tocás bien se nota, y si tocás mal también te manda al frente. Para mí eso es muy positivo.

-¿En qué momento pasó de ser un hobbie a algo más comercial?
Yo de vez en cuando recibía algún llamado de alguien que me veía tocar con mis bandas y mi equipo casero y me decían “qué bien que suena, ¿vos estás armando?”. Yo les respondía que sí, que yo se lo armaba; pero me tomaba mucho tiempo, estaba aprendiendo y había muchas cuestiones que aún no tenía resueltas. Capaz tardaba cinco, seis meses, o más, para hacer un equipo. Era más una diversión que un laburo. En estos once años me fueron encargando cada vez más, sobre todo después de lo de Divididos y Spinetta, y la cuestión de la estética, que son todas cosas que se fueron dando sin pensarlas tanto. De pronto pasó de ser un hobbie a ser un laburo, porque me estaban encargando con una cierta frecuencia y hace rato que estoy medio viviendo de esto.

-¿Estás vos solo?
Soy yo y dos más. Yo hago la parte electrónica, otro la caja y otro los tapizados. Cuando estaba solo era mucho más acotado el laburo que podía hacer. Pero siendo tres tardamos mucho menos y podemos armar más.

-La gente viene, te pide un equipo, te dice cómo lo quiere… ¿o qué tan “personalizado” es el asunto?
Tenemos ya medio estandarizadas algunas medidas. Lo que sí varían son los colores, los bordados, que pueden ir al costado, los botones, los adornos… eso por lo general lo diseñamos nosotros. Salvo que venga el cliente y me diga “che, yo lo quiero amarillo patito con fucsia”. Pero en general lo hacemos nosotros. El otro día vino uno que lo quería con decoupage, que casi no lo hacemos más, trabajamos más que nada con cuerina y telas.

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-¿Cuánto tardan en hacerlo? ¿Cuántos hacen por mes, más o menos?
Unas tres semanas. A veces más y a veces menos. Y cuántos hacemos no podría decirte, porque a veces armamos uno en un mes, o ninguno, y a veces cuatro. Varía mucho. No es un laburo industrial, para nada. Fijate que estamos festejando los once años con cien unidades armadas. Y las marcas nacionales tienen miles de equipos. Arman a lo pavote. Nosotros no. Realmente es algo artesanal. No sé si en algún momento daremos ese paso de empezar a armar así a lo perro, porque no es la idea. A la gente le gusta eso de que sean únicos, personalizados. Nos lo piden directamente a nosotros, no van a una tienda. Si le pasa algo, también, nos hablan y lo vemos, lo solucionamos. Es más como un instrumento de luthier.

-¿Cómo nace tu relación con la música? Incluso antes de los amplis; cuando eras bien joven.
En mi casa mi viejo en su momento tocaba la guitarra, y mis hermanos también. Siempre hubo música. Yo empecé a tocar de muy chiquito, a los ocho años más o menos. Primero arranqué con un profe solo y luego tuve varios profes: Fandermole, Marcelo Stenta. A los doce ya tenía una banda de reggae con mi hermano. Era el ’98, no había bandas de reggae. Bah, nosotros no sabíamos de ninguna. Era súper amateur, ni baterista teníamos. Pero teníamos temas nuestros y todo. A los quince me hice amigo de Nahuel Antunia, el bajista de Vudú, y él me hizo entrar un poco en todo el rock rosarino. Me invitaba a tocar con él, yo era super remil fanático de ellos. Luego de eso armé mi banda, un trío llamado Ojo de Buey, que tiene un disco editado. Con ellos es que entablo relación con los Divididos. En 2008, ni bien editamos el disco, fuimos a una prueba suya en el anfiteatro de Rosario y les caí con un disco. Después de eso nos hicimos amigos; Ricardo me llamó por teléfono, me dijo que lo habían escuchado con Arnedo y que les gustaba mucho como tocaba la guitarra. De ahí siguió la onda hasta hoy. En el 2010, cuando editaron Amapola del ’66, me fui de gira tocando como guitarrista invitado. El tema Boyar Nocturno tiene un solo de slide y la idea era tocarlo tal cual como estaba en el disco. Entonces yo subía al escenario al momento del solo, que es un solo bastante largo, y hacía ese solo de slide. Me iba de gira con ellos solo para tocar en ese momento.

-También le armaste un ampli a Mollo… ¿y luego al Flaco?
Sí, a Mollo le hice uno que por ahí todavía lo usan en sus conciertos, pero como retorno. En 2011, para el cumple de Spinetta, un amigo mío me dice “che, por qué no le armás un equipo al flaco”. Al principio parecía una locura pero después vimos que quizás se podía, porque Ricardo era amigo del Flaco. Regalar un ampli es una cosa muy cara de hacer, así que le pregunté a Mollo si a él le parecía de hacerlo a medias. Le pareció bárbaro, así que lo armé, se lo mandé a Buenos Aires y se lo llevó a la casa para el cumple. Un día me escribe y me dice “che, estoy yendo a lo de Luisito con el Zappy”. En ese momento para mí era casi como un hobbie hacer equipos y venderlos. Ahora es un laburo que tengo más establecido y que con el tiempo se fue armando. Pasó un tiempo y mi hermano se lo cruzó en un recital de Leeva, el hijo menor de Spinetta. Se le acercó, le dijo que era mi hermano y él le pidió que le pasara mi mail. Yo le había mandado una nota con el ampli, donde tenía mi contacto, pero dijo que la perdió. Al mes de eso me llega un mail del Flaco, que es una belleza, agradeciéndome por el equipo, diciéndome que lo estaba usando mucho y que ningún otro fabricante de amplificadores jamás le había acercado un equipo en sus más de cuarenta años de carrera. Algo muy extraño. Pasado un tiempo me entero que iban a publicar una obra inédita de él. En ese momento le escribí a Rodolfo García para saber si ese material se grabó con ese amplificador, y luego Daniel Ferrón me lo confirmó, que se había usado en todos los ensayos y después lo llevaron al estudio.

-¿Podés notar la presencia de tu equipo cuando escuchás el disco?
Antes de editar el disco habían mostrado unos avances donde se podía escuchar la guitarra bien cruda, sin mezcla ni efectos, y ahí lo noté, dije “ese es el Zappy”. Obviamente luego en el disco suena mucho mejor porque está procesado con unos pre increíbles, está mezclado por Mariano López que es un ingeniero de la hostia, y demás. También yo al equipo le había puesto trémolo, y él lo usa en los últimos segundos de un tema. Al final de todo lo aprieta y se escucha el efecto, que lo tenía el equipo incorporado.

-Ya pasaron once años. Cuando pensás en el futuro de la marca, ¿qué ves? ¿Cuál es el plan?
Un poco la idea de seguir así, en cantidades chicas, más tranquilo, me gusta. En mi familia aparte de músicos me han rodeado bastantes artesanos. De hecho las manijas y las chapitas de los amplis están laburados por amigos artesanos. Y a mí me gusta ser un poco artesano de esto. Lo disfruto por ese lado. Si se puede seguir trabajando así, a este ritmo, y viviendo de esto, está bueno.

 

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Así, lejos de ser o querer ser parte de una industria a mayores escalas, los Zappy salen de las casas de sus propios fabricantes y llegan a la de los músicos sin intermediarios, algo que los convirtió en un objeto de culto entre los músicos que los usan y los reconocen desde cada escenario, por su clásico sonido y su inconfundible marca estética.