Es útil y necesario rescatar las impresiones de aquellas personas que no forman parte de las filas del rock, nutriendo la mirada propia gracias a la percepción ajena. A su vez abre un panorama muy poco trabajado en esta cultura musical: El interés por lo que tiene el otro para decir.

“Aunque todos diferentes sean, sangramos igual”
Árbol

Cuando pensamos qué es el rock, ni siquiera nosotros, sus acólitos, podemos dar una respuesta  que convenza del todo. Carbura y reflexiona nuestro cerebro, mientras repasa sobre las características del género, y no aparece una definición que se ajuste precisamente a nuestras pretensiones. Para las preguntas musicalmente existenciales podemos tener una respuesta provisoria: Podríamos decir, por tratar de dar un ejemplo, que el rock es un término amplio que se nutre de una diversidad de géneros con patrones comunes entre sí, hallando su origen primario en el rock n roll (también sería un problema definir a este antepasado cercano) y en otros grandes bastiones como el blues y la música folk. Es posible agregar que hay ciertos instrumentos musicales habituales, distinguibles en un conjunto de rock; y si queremos continuar vertiendo patas de cerdo y ojos de sapo a la caldera, se puede proponer un estilo o personalidad característica de la cultura rockera, comúnmente asociada a la rebeldía, la subversión de los límites y la confrontación (algo que definitivamente no siempre es así).

Pero basta de cháchara. No es esto lo que venimos a hablar desde ROCKOMOTORA, aunque el núcleo de la duda es cercano. Si las personas que más identificadas se sienten con el rock, se ven acorraladas al momento de descifrarlo, ¿Qué pasa entonces con la percepción de los oyentes inhabituales? o mejor dicho: ¿Cómo se vive/escucha el rock fuera de los ámbitos donde se escucha rock?

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13 de diciembre del 2016. El cigarrillo termina su vida útil, también lo hace el ensayo. Hay un motivo: Se me cortó, otra vez, esa terca cuerda Mi. Irremediablemente nos despedimos minutos más tarde; el baterista me toca el hombro con la baqueta.

– Nos vemos el lunes- dice.

Estoy por prenderme otro cigarro, pero me lo pienso dos veces. Acto seguido, y sin darle muchas vueltas a la idea, agarro la moto en búsqueda de alguna tienda musical abierta. De no hacerlo al momento, puedo empezar a imaginar mis propias excusas cuando la obligación se posponga para más adelante, me conozco. Miro el reloj y marca las 19:49.

En el núcleo caótico de Córdoba Capital el tráfico está insoportablemente lento, la gente se grita de manera no muy amistosa y parece ser que voy a tardar un tiempo interesante en llegar al centro. Miro las cambiantes luces semaforizadas con desinterés, hago guiño de luces y doblo a la derecha: Cambio de planes.

Me dirijo al barrio de mi infancia. Si es que hay algún sonido característico en la zona, probablemente sea cumbia o cuarteto a todo lo que dan los parlantes y eventualmente algún disparo policíaco. Uno a uno voy buscando a los compañeros; la mayoría de ellos continúan viviendo ahí.

Son las 20:18, hay ya una buena cantidad de personas afuera de la única cantina de la zona.  A medida que las cervezas se destapan, las sanguijuelas empiezan a acercarse, como si pudieran oler la cebada a kilómetros de distancia. Novecientos segundos después estamos todos.

Ese grupo no podría ser más diverso. De todas maneras, creo que uno de los que más resalta soy yo, el de pelo largo y barba en punta. No falta un día en que al visitar aquellos pagos algún vago no me haga, al verme, la mímica de un solo apasionado con una guitarra invisible.
Luego de ponernos al día y dejar circular nuestras motivaciones, proyectos y anécdotas, largo la pregunta. Pregunta que se convierte en una leve obsesión si no se le encuentra respuesta, algo parecido a la manía que tengo con los horarios.  Las réplicas son de lo más variadas:

Es morocho, delgadísimo, tiene un piercing en el extremo inferior derecho del labio y me mira muy confundido.

– No sé si estaría entendiendo lo que me tai preguntando. Pero para mí, Lauta, el rock puede llegar a ser bastante parecido al cuarteto.

– ¿Por qué?

– Porque es música popular. Los dos géneros musicales cuentan historias y le hablan a la gente.

Cuando veo a Tincho  ganar paulatinamente seguridad en su planteo, se abalanza a interrumpirlo abruptamente otro de mis miserables amigos.

– El rock es heterogéneo. Cada artista toma algo del rock y le devuelve algo. Así lo van convirtiendo en una especie de camaleón, un camaleón que habla de la política, de la cultura, de lo que nos pasa a nosotro’, de las miserias y los lujos. – estoy anotando rapidísimo las palabras claves en mi celular, lo miro y se encoje de hombros- Bah, eso creo io, ¿no?

Hay algunos gorgoteos cómicos, algunos coinciden y otros no. Entre tanto, Nahuel se levanta del banco de plástico, birra en mano, y como si fuera un compositor partido por el rayo de la inspiración, grita:

– ¡El rock habla sobre la libertad! Y eso que vo’ sabé’ que a mí me encanta la cumbia, pero el rock internacional, porque del nacional mucho no conozco, expresa esa maña o ese –duda instantes- desenvolvimiento que yo no se lo he visto tanto a otras músicas.

Me siento satisfecho y algo conmovido. Cuando  todos empiezan a callar, veo al fondo de la ronda algunas miradas inconformes y dirijo la misma pregunta, con un poco de discreción.

– Samuel, Jonathan, ¿Ustedes qué opinan?

– A mí no me gusta su ambiente ni sus seguidores. Acá cerca del baile de La Mona, hay un lugar en donde tocan seguido bandas de rock. ¿Sabés vos la cantidad de veces que en la salida nos miraron despectivamente, nos dijeron negros de mierda e incluso nos fueron a pegar? No quiero generalizar a todos los rockeros, pero hay mucho mala leche que en patota aprovecha para discriminar a los que nos gusta la música tropical- escupe Jonathan con desagrado.
la mona

– ¿Y te pasa seguido?

– Sí, muchas veces. Yo voy a divertirme, entonces si me dicen algo los ignoro. Además de que soy grande, tengo a la nena y a mi señora, no puedo andar pegándome por ahí con cada chabón que me dice algo. Pero hay algunos que no se fuman una y se agarran a trompadas sin dudarlo. Y a veces hay consecuencias graves.

– Vos Samuel -la satisfacción se me había evaporado- ¿Qué opinás?

– Yo escucho todo menos rock. Me parece una música muy pesada, gritan mucho y a mí me gusta algo más tranquilo.

– Entiendo, pero creo que te estás refiriendo más que nada al rock pesado, que se caracteriza por mayor distorsión y una atmósfera bulliciosa.

Hace un gesto de desinterés y le dice a Fernanda que mejor ella de su opinión, ya que a pesar de ser calladita, es más inteligente. Ella sale del estado de reserva, del estado de escucha. Se aclara la voz y dice, en lo que sería una opinión intermedia entre adherentes y detractores:

– El rock en sí es algo muy hermoso para escuchar, hay canciones genuinas y divertidas, hay algunas que te hacen llorar por el trasfondo que tienen atrás y otras que te aceleran el corazón. Si bien a mí me gusta la música clásica, y esto es una opinión personal, participaría más de lo que es el mundo del rock si no sintiera que lamentablemente hay muchas personas, como dice Jony, que dentro de él subestiman a los otros géneros musicales, a veces sin tomar dimensión de que el nacimiento del rock se da, justamente, por la diversidad de influencias.

Las miradas se centran en su habla, momentos después, todos asienten a su manera.

El barrio atrapa las luces, los recuerdos y los abrazos. Los encierra como una cápsula de memoria. Al levantarme, todos reproducen la acción, será por esa cuestión de códigos morales que sólo los amigos comprenden y, sin importar qué tan distintos seamos entre nosotros, su atención siempre está presente. Los amigos como la música, si son auténticos, desafían el paso del tiempo o se burlan de su ley física, como si se guardaran una mucho más trascendente e incomprensible.

Faltan cinco minutos para medianoche, después de darle un abrazo fuerte a cada uno de ellos, prendo la moto y me dispongo a irme para el rancho. La cuerda podrá esperar un día más.

camino

Una vez en casa, otro cigarrillo se consume curioso, como si su propósito fuera contemplar las reflexiones de aquel que en la mano lo sostiene. Abro el portón de rejas y sello la idea, según las recopilaciones urbanas que instantes antes me fuesen obsequiadas: El rock es historia, es cultura, es expresión popular, es jugar con los límites, crearlos  o adaptarse a ellos, es los detalles o la simpleza, es ese sulfuro pasional que asusta o esa quietud que casi no se percibe.

Pero no todo es alabanzas y rosas rojas, sería muy parcial y desinteresado no reconocer que lamentablemente aún existe un aire elitista e intolerante en una gran parte de las expresiones del rock, que todavía hay marginación hacia quienes no se encuadran en este formato musical y que todavía hay desigualdad hacia las mujeres que deciden pertenecer a este mundo como seguidoras o como músicas. Es tarea de todas las personas que nos comprometemos con este movimiento musical y cultural, el tratar de disminuir o revertir los aspectos que con su incidencia, prolongan su atraso.

Texto: Lautaro Faya

Corrección y edición: Belén de la Paz Sobral