Luego de horas y horas de ensayos, maquetas y pulido de temas finalmente grabaste un demo/ep/álbum con tu banda. A pulmón pero con la principal intención de difundirlo para empezar a moverte dándote a conocer por los escenarios de tu barrio, ciudad o incluso otras provincias -en el mejor de los casos-. Vos y tus compañeros no tienen un mango más y para editarlo en formato físico no les da el presupuesto así que optan por la vía online: al fin y al cabo es la era de las redes sociales y casi todo pasa por ellas –o al menos esa era tu idea hasta el momento-. No sabes muy bien cómo funciona ni qué hacer pero tenés tremenda manija de compartir con el mundo lo que hiciste así que lo mandas a todos lados. Tu casilla de elementos enviados empieza a estar llena de mails a magazines, productoras, sellos, radios, etcétera. Pero por el lado de la cosecha, apenas un par de respuestas de sitios que probablemente solo lean quienes lo mantienen y escriben –de qué forma unos pocos sitios acaparan todo el tráfico de internet es una historia aparte-. De los demás espacios no obtenés ni respuestas. Frustrado, por tu cabeza empieza a circular una pregunta ¿Tu material les parece malísimo o ni siquiera le dieron una oportunidad?  

Tranquilo, lo más probable es que sea lo último. Como excusa podemos pensar que la cantidad de material que reciben sellos y productoras es demasiado grande como para sentarse a escuchar a cada desconocido. Por lo general, las bandas a las que se les prestan atención son las referidas por algún contacto. Lamentablemente se trata lisa y llanamente de elección a dedo. Todo esto sin contar que las propuestas luego terminan siendo amoldadas a criterios comerciales muchas veces anticuados y restrictivos. Las radios de gran llegada no funcionan muy diferente y las bandas emergentes recién comienzan a tener espacio cuando la pegan. Por ejemplo, bandas como El mató a un policía motorizado y Los espíritus hace un par de años que vienen creciendo pero sólo comenzaron a tener espacio radial el último año con sus nuevos discos y giras por el resto del mundo. Estas circunstancias nos ponen frente a otra pregunta ¿Existen realmente métodos de difusión que escapen al amiguismo? ¿Se pueden generar espacios alternativos con las condiciones imperantes en la escena musical? 

Partamos del mito que impone la frase y filosofía “hacerse de abajo”;  a partir de esta premisa podríamos decir que una banda under tiene que “curtirse” y salir a tocar a todos lados hasta encender la mecha para que su nombre empiece a circular. Pero ahí nos topamos con otro problema: las condiciones y las trabas que se establecen para dar un show. Obviamente no faltan aquellos que se aprovechan económicamente de esta idea de ascenso hacia el estrellato. Si querés tocar en un lugar con chapa y con ciertas capacidades técnicas –a veces ni eso-  tenés que pagar el alquiler del lugar con las entradas vendidas. Resumiendo un poco, te dan una cantidad fija de anticipadas a cubrir y si no llegas, la plata sale de tu bolsillo. De esta manera los bolicheros siempre ganan sin arriesgar en lo más mínimo. Ni hablar sin el medio se mete un productor o manager de una banda más habitué del lugar a pedirte un porcentaje por conseguirte la fecha. Vos siempre perdés. Es la ley de la selva.  

Sin contar que además, si aceptás, quizás sería una buena idea contratar alguien que registre el evento –foto o video-  para que conste que lo que pasó esa noche sucedió realmente. Ah y, por supuesto, también tenés que promocionar el evento ya sea armando volantes o pagando la publicidad en redes sociales con su algoritmo que no permite llegar a todos los posibles interesados a menos que pongas la tarasca. Todo esto es así porque olvidate de soñar que el trato con el organizador incluya difusión. Ni un cartelito en la puerta la noche anterior. Pagá y arreglátelas como puedas pibe. De todas formas, siempre está la opción salvadora de llenar el lugar de familiares y amigos que convierte el evento en una especie de cumpleaños de quince del rock. Sin el vals pero con el tío borracho. Obvio. 

Si elegís no seguir este camino también te vas a enfrentar a limitaciones. La realidad es que existen pocos espacios donde conocer y descubrir bandas. Si bien hay lugares que ofrecen tratos más accesibles, muchas fechas se arman con bandas sin mucho en común y los precios para consumir dentro del lugar no invitan demasiado a que alguien “caiga a ver qué onda”. Los músicos terminan armando fechas entre círculos pequeños de bandas que comparten un mismo público y nunca pueden salir de ahí. Incluso cuando estas bandas no comparten público es difícil que alguien vaya a ver otra cosa que no sea su banda amiga. Por esto otro tema son los horarios que nunca son respetados ni por el público, ni por la banda, ni por el espacio. Y así empieza a circular la famosa pregunta por whatsapp el día del recital que dice: “¿A qué hora tocan REAL?”. Muchas veces ni los músicos sabemos responder esta pregunta.  

Es difícil construir alternativas bajo estas costumbres y reglas. Sin embargo, a pesar de que este artículo no pare de tirar malas y parezca que da todo por perdido, continuamos en esto porque algo bien profundo nos mueve y es nuestra verdadera pasión. Porque, siendo sinceros, no podemos imaginarnos en otra actividad que no sea esta. Nada puede detener esta locomotora que nos moviliza hacia persistir con el mismo o aún más ímpetu que al principio. Porque en un recital forjamos grandes amistades con personas que están en la misma o peor que nosotros. Que pasaron por todas las cosas aquí enumeradas o más. Porque vemos crecer fecha tras fecha bandas con las que alguna vez compartimos escenarios. En fin, ya que aquí encontramos un lugar donde podemos expresarnos en conjunto con los demás. No tengo ninguna duda de que es en este sentimiento y estos lazos donde está la magia y la clave para comenzar a armar mejores condiciones para poder seguir haciendo esto que nos gusta.  

Parece que la única forma de subvertir estas relaciones de desventaja es creando verdaderos colectivos entre los artistas. Agrupaciones y vínculos no estáticos pero que compartan valores y objetivos para con el arte. Que no incluyan sólo a los músicos sino también a todo aquello que pueda aportar a la comunidad musical. Construir una escena que reviva el viejo placer de conocer por sorpresa una banda nueva. Sólo así se evitan las complicaciones económicas y de logística que implican llevar a cabo un proyecto musical. Uno de los ejemplos que me parece bueno destacar es el festival Anomalía, integrado por bandas de géneros como el math-rock, el post rock y experimental. En este caso estamos hablando de un tipo de música bien de nicho y para conocedores del estilo. Sin embargo sus artistas, a través del mutuo apoyo y la integración, pueden llevar a cabo sus propuestas personales creciendo cada día más. Músicos distintos dentro de un mismo estilo comparten un espacio en común para mostrarse ante público interesado en la movida y llegan, incluso, a tener lugares para vender su propio merchandising. Es alentador pensar que propuestas como estas empezaron en sótanos de algún barrio para moverse luego a escenarios más grandes como el Matienzo. Colectivos como estos muestran un camino mucho más interesante y jugoso para recorrer, aun cuando la música no se ajusta a los parámetros comerciales establecidos.