Repasamos un poco de la banda australiana que nos devolvió el rock pesado de los 70’s.

Hay ciertos géneros y ambientes de la música donde lo que más cotiza es lo nuevo, el hit del momento. En el rock no, el rock está siempre mirando hacia atrás, como un nostálgico. Sus más altas cumbres están en el pasado, en donde los riffs clásicos valen más y los solos se hacen inmortales. Para el rock el presente es caos, degradación de la calidad y los valores: por más que haya bandas buenas, un rockero siempre tendrá una mosca en el oído zumbando acerca de que hubo algo, antes, que fue mejor. Es cuando pasan unos años que podemos volver atrás y revalorizar bandas, temas, géneros enteros que en su momento nos parecían horribles, bochornosos o sin sentido del gusto. Es por eso que cuando me pasaron por primera vez Wolfmother, tengo que admitir, me voló la cabeza. Wolfmother lleva todo eso que encontramos en los comienzos del hard rock, como si fuera hija de Led Zeppelin, Deep Purple y, sobre todo, Black Sabbath (¡La santísima trinidad del rock pesado!). Era encontrar un enlace directo con un sonido que parecía sacado de principios de los setenta pero con fragancia a nuevo, a siglo XXI.

Con un grandioso disco debut homónimo, que el año pasado cumplió su primer década, la banda australiana saltó a los rankings con ganas de llenar el lugar más pesado en la movida indie. Es un disco con mucha energía, con inyecciones enormes de psicodelia y temas muy movidos como ‘Dimension’, ‘Joker and the Thief’ y el sonadísimo ‘Woman’, que apareció en el Guitar Hero 2 y otra cantidad de videojuegos que ayudaron a hacerlo un clásico entre los jóvenes. Sus siguientes LP’s serían Cosmic Egg del 2009, New Crown en el 2014, y Victorious, lanzado a principios de este año. A través los años, tiempos muertos y nuevas formaciones, debemos que admitir que el sonido se ha logrado mantener homogéneo, con pocas diferencias. La voz aguda cantando las letras como si fuera una mezcla de Robert Plant y Ozzy Osbourne, y los riffs de guitarra distorsionada al frente son la firma definitiva de la banda en todos los discos.

Por como viene la nota cualquiera puede pensar que le estamos haciendo promoción a la banda (y eso estaría buenisimo si nos pagaran), pero no es así, porque además, tengo que advertirles, no todo es oro en Wolfmother. Una de la cosas que podemos criticarles es que como banda no se han sabido salir de su género. Obviamente esto no es malo, aunque con el tiempo logra que el sonido se desgaste y todos sus temas suenen parecidos. Exactamente, su último material puede dejar por momentos esa sensación de “más de lo mismo”, salvando pocas excepciones como ‘Gipsy Caravan’ o ‘City Lights’. Ojo, este disco, si lo sacamos de contexto y no le prestamos tanta atención a los trabajos anteriores, no nos va a parecer malo, porque musicalmente no lo es. Pero siguiendo los avances de la banda disco por disco, podría parecernos que la calidad ha ido bajando. Como todo, es subjetivo, y tal vez es porque seguimos esperando que Wolfmother nos sorprenda como en su primer disco. Porque el rock es así, siempre mirando hacia atrás.

La otra cosa que nos hace ruido es la imagen entre genio y ególatra que carga su líder, peludo cantante y estruendoso guitarrista, Andrew Stockdale. Hoy en día podemos decir que Wolfmother es su proyecto personal, donde él es el único miembro fijo de la banda. La historia comienza después de sacar el primer disco y hacer un par de giras, cuando el bajista Chriss Ross y el baterista Myles Heskett, miembros fundadores del trío, se retiran por “diferencias irreconciliables”. Era el 2008 y Andrew se quedaba solo, pero pronto convoca a una nueva formación y saca el segundo álbum.  Desde entonces pasan un numerito de bateristas y guitarristas por el estudio y los escenarios, quedando Ian Peres como bajista fijo (y hasta ahora, el que más tiempo ha permanecido en la banda), pero siempre con Stockdale a la cabeza. Con estos cambios, desarmes y demás, no podía ganarse otro título que el de “líder complicado”.

Tampoco es que vamos a caer en la ingenuidad de creer que casos como este no abundan en el rock. Dave Mustaine ha hecho desfilar una larga serie de músicos por Megadeth, y de Viejas Locas solo queda el Pity Alvarez. ¿Está mal? Yo diría que no, pero tampoco me convence decir que está bien. Además, Stockdale no se ha quedado callado y ante las críticas salió a decir que lo han blasfemado injustamente, que fue la discográfica la que lo obligó a mantener el nombre de la banda por motivos comerciales, y que él estaba bien con los miembros originales, aunque ellos no con él y no sabía realmente por qué. Que en una banda pasan más cosas de las que vemos es un hecho, y que la prensa es amarilla, bien amarilla, también.

Pero por otro lado, seguimos encontrando indicios de que a nuestro amigo Andrew le gusta ser la cara principal de esta genial banda. Vayamos por ejemplo al videoclip ‘Victorious’, tema que da nombre al disco, y encontraremos que él y su guitarra son los únicos miembros que aparecen tocando. Y no es solamente eso, porque cuando explota el solo, el bizarro sube y lo podemos ver hasta tres o cuatro veces a la vez, de fondo, en espejo, y hasta saliendo de entre sus piernas; múltiples clones peludos de Andrew Stockdale que copan todo el vídeo. Pero lo vanidoso no le saca el talento.

Obviamente no nos vamos a hacer los moralistas en el rock porque no estaríamos entendiendo nada. La fama pone a cualquiera en órbita y si lo toleramos o no es tema de cada uno. Es imposible negar la importancia de Stockdale en todo lo que hace impresionante a Wolfmother. Si él es así o solamente es un personaje del que se disfraza, no nos quita la cantidad de buenos momentos que nos pueden dejar el darle play a cualquiera de los cuatro discos y viajar por un universo de rayos cósmicos y lluvias de asteroides. Porque Wolfmother tiene todo lo que nos gusta a los amantes del viejo rock pesado: esa mezcla de velocidad, potencia y melodía, que te hace agitar los pelos con una sonrisa, saltar y destapar una cerveza.