En esta oportunidad, el Gallo Cantor reflexiona en primera persona acerca de los personajes que componen los sectores más característicos del oyente musical promedio que visita su tienda.

   La tentación de ordenar, clasificar, hacer listas con los objetos de este mundo es infinita. Comenzó hace muchísimo tiempo atrás cuando un señor separó las luces de las tinieblas y le dio nombre a las cosas que había creado y que hasta ese momento eran anónimas. Las clasificaciones dan orden y formas, ayudan a recordarlas mejor señalando las características propias y las diferencias que median con las demás.

   “Dime como eres y te diré que escuchas” diría un proverbio adaptado a nuestro trabajo de disqueros. Durante varios años vi desfilar una inmensa gama de clientes que se ubican en diferentes estratos y defienden su lugar con más entusiasmo que cualquier político o sindicalista que conozcamos. En esta ocasión profundizaremos en los personajes masculinos, reservando para una próxima entrega los femeninos.

    Así tenemos al clásico, al rockero, al heavy y al ochentoso. Al salita verde, al vanguardita y al intelectual de izquierda entre otros muchos más..

     Los primeros son -casi por excelencia- gentes que peinan canas o las peinaban porque ya no les queda pelo. Casi siempre van de traje y corbata o de sport elegante con pañuelo golilla al tono. Usan zapatos de vestir acordonados y suponen que un mocasín es una prenda india.   Compran Ray Conniff, Frank Pourcel y Mantovani. Los más puristas piden Tosca por Renata Tebaldi y Mario del Mónaco. Algunos condescienden y piden Perry Como, Doris Day y hasta Frank Sinatra. Se escudan en que Lo clásico nunca pasa de moda”. O Ya vas a ver vos, cuando cumplas cincuenta” sin reparar en el detalle de que cuando eran jóvenes escuchaban lo mismo. Huelen a perfumes antiguos.

     Aunque sea un viejo, el rockero viene acompañado de chica joven. Le da cursos apurados en nuestro negocio sobre los grupos que a él le interesan. Afirma que los ’60 fueron gloriosos, aunque sus oídos también hacen una generosa extensión a los primeros ’70 y hacia atrás, a los finales de los ’50. Rigurosos vaqueros y botas. Camisas viejas sin planchar, posibles lentes de sol tipo “gota de agua”. Puede tener pelo largo y/o barba y ostentar algún “tatuaje de lapicera” con nombres de conjuntos o de antiguas novias. Colgantes diversos, pañuelos floreados en la cabeza y aritos opcionales. Lacitos de colores en las muñecas. Pancita cervecera.

    El heavy es como una versión deformada del rockero. Pero tiene moto, tachas y novia con tachas. Lleva diversas muñequeras con y sin púas. Habla fuerte. Tiene barba y bigote. Pelo larguísimo. Parados abren mucho las piernas. Sentados desparraman sus zancas extendidas como un Judas para quemar en las fiestas de San Telmo. Camperas de cuero negras con muchos cierres metálicos en la espalda que portan nombres satánicos o listas de lugares donde hubo recitales. Cruces invertidas, cuernitos y calaveras de resina. Panzota de cerveza, de pizza y de ravioles. Fuman mucho. Duermen poco. Separados, divorciados o solteros viven con sus madres a las que adoran casi como al primer disco de Iron Maiden.

      El ochentoso llegó tarde al reparto de vivencias, a los desgarros del rock setentista. Por eso es pulcro y de modales suaves, lentos. Es medido hasta en sus preferencias. No usa bigote ni barba y va al gimnasio tres veces por semana. Bebe todo sin azúcares, come todo descremado y maneja con prudencia. Habla despacio marcando las palabras. Nada lo altera. Su pelo es cortito, casi sin patillas. Generalmente circula solo o con otro con las mismas características. Es o pronto será un yuppie sin lugar a dudas. Cuando sale de la empresa extranjera donde trabaja  y sube a su coche nuevo pone el compacto de INXS y dice: “Yo también escucho rock”.

      El alita verde es un pre maduro eterno. Generalmente vive en el Gran Buenos Aires, aunque hay excepciones. Lugares lejanos como Lugano o González Catan los congrega. Trabaja muchas horas en zonas picantes y tiene varios hijos. Compra discos de “Titanes en el ring”, de cualquier superhéroe y de Carlitos Balá; Series viejas de TV, jingles antiguos de radio y videos de Pepe Biondi o de Olmedo. Los más arriesgados incursionan en el country americano (“marcadito”) sin olvidar a los artistas que formaron el Club del Clan.

        Todos se lamentan de que se hayan perdido para siempre las cintas de El Muñeco Maldito o El Hombre que volvió de la Muerte. Unos pocos leen (historietas) y compran -o les regalan- en la boca de los subtes esos diarios colorinches, delgados y baratos. Dicen que antes había más respeto y que con la música de ahora no pasa nada. Desaprueban el aborto, la marihuana y el cine de autor. Aunque siempre de lejos, sospechan que hay unas series de papeles impresos que unidos entre sí llevan el curioso nombre de libros.

       En verano usan campera de nylon con bermudas manchadas. Otros portan impunes hojotas con medias caídas. Para inverno destinan camperita con cuello de piel de cordero (abrochada hasta el cuello) y llevan gorros negros hasta las orejas. Basta que el artista elegido comience a vender masivamente o que vaya de recital en recital cada vez mayor, para que lo abandone y luego lo desprecie. «Cuanto cantaba en la calles de Islandia para 5 personas era diferente, era más puro, más arte era… ¿Viste? ¡Pero dejate de joder!dice el vanguardita-  ¡Ahora llena estadios el muy turro! Los primeros discos estaban bien, tenía un sonido muy personal, ahora que es famoso y graba para la SONY hace cualquier mierda…Regalé sus discos de bronca, che…Hay uno nuevo… que canta parecido, es ingles también, pero todavía no se lo comió el sistema. Lo tenés que oír, man….., ¡es lo másssss!»

    Lleva anteojos montados al aire. Levanta el dedito cuando adoctrina. Usa pullover de cuello alto tejido con lana de cabra que pastoreó gozosa en las praderas de Richmond, Inglaterra. Sus zapatos jamás conocieron las bondades de un buen lustrado. Tiene mal aliento. Siempre es muy serio o muy ateo. Ni un montón de ladrillos del Muro de Berlín partidos en su cabeza lo alejaría un ápice de su postura ideológica. Lamenta que Mao o Fidel no hayan grabado canciones de su autoría. Usa gorrito incaico, dice algunas palabras en aymará que aprendió cuando hizo el Camino del Indio y espera sin apuro que algo lo lleve de una buena vez a la Revolución prometida. Usa el presente histórico para todo: «Estamos en la marcha todo bien, y ¿qué pasa? Caen los milicos a caballo, loco… Se vienen con perros y todo. ¿Te imaginás? ¡Un quilombo, flaco! No sabés para dónde carajo rajar…»

     Estuvo quince minutos demorado una vez por averiguaciones y te lo hace saber tantas veces como pueda: «Fijate si podés llamarme y nos vemos el martes, y ojalá que no llueva, que no sea como el día que estuve detenido…»

     Se sabe tooooooooodos los temas de Quilapayún, Viglietti y Mercedes Sosa. Recita a Vallejo, a Rilke y a Withman. Estudia letras, hace teatro, se casó varias veces y tuvo infinidad de amantes. Dice mi pareja a su actual mujer y cachorros a sus hijos. Tiene por lo menos dos, de diferentes matrimonios, por supuesto que se llaman Victoria, Alfonsina, Vladimir, Facundo o Carlitos, por Marx.

     Carga con carpetas varias, hojas sueltas y panfletos callejeros. Volantes, diarios y revistas de izquierda, con media botellita de agua mineral sin el tapón y con la etiqueta despegada que pende de un extremo más una regla T gigante que  acarrea en su espalda. Lleva bajo el brazo derecho -del que también cuelga un morral breve y escuálido- un grueso libro leninista encuadernado en piel de mujik pero forrado con papel de diario amarillento y crujiente. «Vos porque sos un chancho burgués, no sos del palo… No te das cuenta pero siempre te están vigilando, macho…»

       Cualquier cosa la relaciona con un hecho político-histórico:

1) La nena… la mayor, nació en el 68, cuando la primavera de Praga, ¿te acordás?

2) ¿A ver?…Y si…mi viejo me echó de casa en el 55, dos días antes de los bombardeos de la Plaza…

3) ¡Naa… Qué van a correr bien! ¡Los atletas del Ejercito Rojo, ésos sí que corrían bien!

      Fuma una pipa inexorable. Usa barba y pelo largo sin peinar desde el día que nació. Minúsculos aros de plata en ambas orejas. Boina del Che con la estrellita.  Destina cintas anudadas en el tobillo para decir que vivió una temporada en Brasil. «¡No sabés qué garotinha…!» Haciendo referencia a la mujer oriunda con la que estuvo. Y una J tatuada en el omóplato derecho: Joao. «Porque allá probás todo y nadie pone el grito en el cielo. Bahía no es como acá, ¿entendés?.. Allá vas por la rua de la mano de un mulato y nadie te mira raro. Además no me iba a venir sin explorar qué pasa con mi costado femenino. ¿Vos qué decís?  ¡Pero, ojo! Igual no me gustó mucho….«

       Cuando el temor de una invasión extraterrestre fue pánico mundial, el enviar en un cohete un ejemplar de cada uno de éstos personajes para mostrar como somos hubiese bastado para conjurar cualquier ataque alienígena. ¿No le parece?