El movimiento pendular entre las ansias de los fans y la búsqueda de las empresas por lucrar hasta el fin.

La muerte nos hace a todos buenos. Bueno, tal vez no a todos -pienso en los mayores genocidas de la historia- pero es claro que al morir hay una especie de aplaque de todo lo negativo. Como si de repente gran parte de los errores de la persona se borraran y nuestro corazón se doblara hacia las grandes cosas que nos ha dejado. Y entonces todos compartimos por internet un tema de Prince, uno de Motörhead, uno de Bowie; al enterarnos de la triste noticia de su partida, pero en el fondo sabemos que el día anterior no estábamos pensando en escucharlo.

Eso no tiene nada de malo, es algo normal e incluso bueno, ya que ayuda a llegar la música del difunto un poco más lejos, además de rendirle tributo. Pero… ¿Qué pasa cuando es la empresa detrás del artista la que está interesada en hacer un show con la muerte? ¿Qué ocurre cuando ganan más las ansias de lucrar? Y así como los músicos parten, llegan los discos inéditos, los materiales nunca vistos, las reversiones, las biografías, el dvd del recital perdido y la película de Hollywood. Por favor, no lo nieguen, porque todos lo vimos alguna vez.

Después de muerto, siempre, pero siempre, hay algo para vender. Artistas para mencionar nos sobran: Amy Winehouse, Gustavo Cerati, Michael Jackson, Luis Alberto Spinetta y hasta los Beatles. La lista sigue y los insto a que la continúen en sus mentes. Se seca un árbol pero los frutos aún valen. Como si fuera un argumento de Stephen King, vemos artistas que inician su carrera solista después de muertos, como Kurt Cobain o Luca Prodan. No son fantasmas encerrados en una sala de grabación destinados a saciar el hambre de los fans que piden más y más. Es la fina línea entre el homenaje y el mercadeo, el limbo entre nuestro corazón y nuestro bolsillo. A quién le vamos a rechistar, qué podemos pedir, si así es como trabaja el capitalismo.

Cuando Franz Kafka, el increíble escritor que nos dejó La Metamorfosis, murió de tuberculosis en 1924 pocas obras eran las que había publicado además de la novela ya nombrada. Todos sus manuscritos los dejó en manos de su amigo Max Brod con el pedido de que sean quemados. Pero Max, ni lento ni perezoso, hizo todo lo contrario. Gracias a él hoy podemos leer El castillo, la saga de América o El proceso, obras de incalculable valor para la literatura. ¿Por qué me desvió y digo esto? Para entender que no todo lo que se publica después de muerto es necesariamente basura, como tampoco es necesariamente un homenaje.

El tema acá es distinguir las aguas. Es poder diferenciar entre el material que realmente vale y lo que en el lunfardo se dice “choreo”. Saber entender lo que es un verdadero homenaje al artista de lo que se aferra a la melancolía barata para llenar las arcas de algún empresario avaro o un familiar ocioso. Que David Bowie partiera de este mundo una semana después de sacar Blackstar, su último disco, es una casualidad que hizo estallar las ventas. Ahora bien, que se publique un disco inédito de 1974 (The Gouster) conformado por temas ya escuchados, solo que en versiones inéditas, y que salga a la venta solo meses después del fallecimiento del autor, eso no es casualidad. ¿Tardaron cuarenta años en darse cuenta? No lo creo.

¿Hay que hacer la gran Max Brod y publicar todo lo que el artista ha dado? ¿Hay que respetar el consentimiento del autor aunque perdamos diamantes en bruto? ¿Es lo mismo el manuscrito de una novela sin completar que un cassette olvidado cuadro décadas atrás? Claramente la cuestión está lejos de resolverse, pero que nos genere tantas incógnitas nos asegura de que algo no está bien. ¿Se está jugando con las ansias de los seguidores afligidos? Yo creo que sí. ¿Hay una necesidad de subastarlo todo, hasta el último dibujo del cuaderno preescolar de Lennon, el traje más sucio de Elvis, la cuerda cortada y quemada de Hendrix? ¿Está bien seguir exprimiendo algo que ya no tiene más para dar? ¿Y quién dice que ya no hay más para dar? “Muere como un héroe o vive lo suficiente para convertirte en villano” asegura Batman, héroe mitológico contemporáneo

Del otro lado, como público cada uno tiene que hacerse cargo, porque no podemos obviar que estas cosas pasan porque hay consumidores, que lo que no se compra no se vende, y que eso los empresarios lo saben mejor que nosotros. Las empresas van a vender, porque para eso se crearon, y aunque nos parezca mal, lo van a seguir haciendo. En una de esas nos sale un Castillo a lo Kafka y agradecemos el material recuperado. Porque el buen material recuperado es con el tiempo el mejor de los regalos, mientras que la basura del montón termina haciendo montañas sin ningún peso. Es en esa dicotomía donde nosotros, por lo menos ahora, debemos decir “esto es oro” o “esto es basura”.

¿Lo gracioso de esta nota? Un gran puñado de mis canciones favoritas (‘Años’ de Luca Prodan, ‘You know you’re right’ de Nirvana, por nombrar) vienen de discos póstumos. Todo es relativo, pero no por eso exento de nuestra crítica. ¿Debemos esperar a que se muera un ídolo para que reediten sus discos, y que encima, los cobren el doble? ¿Suena esto de alguna manera justo para nosotros los oyentes, para los que fuimos afectados con la pérdida de un artista, para el músico que compone y debe morir para que lo revaloricen? No es justo de ninguna manera. Pero si queremos cambiar eso, primero tenemos que empezar a hacernos ese tipo de preguntas. Y obviamente, valorar a los que todavía respiran.