En un momento donde el rock nacional atraviesa una silenciosa crisis de identidad entre bandas ricoteras post-cromañon, las rockeras que no suenan en la radio y el expansivo ambiente indie, Acorazado Potemkin emerge como alternativa y respuesta. Sin caer en los clichés habituales de nuestra escena, dan un paso más allá y no ejercen rock nacional… sino argentino.

Garganta con arena


Lo primero que pega es la interpretación vocal. Sucede que gran parte de la escena nacional confunde “argentino” con “tanguero” y “tanguero” con “voz de vieja en cámara lenta”. Acorazado no cae en esa. Más allá del tinte tanguero que efectivamente tiene (después de todo, Juan Pablo Fernández cantaba en Pequeña Orquesta Reincidentes), la manera de expresarse y las imágenes que evoca dan la impresión de que bien podrían venir de tu vecino -un vecino talentoso, eso sí. Además lo logra sin perder afinación o rítmica por un segundo. En un mundo donde escasean los cantantes, Acorazado Potemkin saca kilómetros de ventaja a la competencia inmediata ya solo con este factor.

El acompañamiento


Lo tanguero no se trasluce solo en lo vocal, pero tampoco lo hace en un sentido obvio -como tampoco es obviamente rockero sólo por tener distorsión. Canciones como ‘Santo Tomé’ y ‘Semilla de piedra’ presentan la amalgama en estado definitivo, mientras que ‘El rosarino’ y ‘Humano’ son más convencionales en términos de lo que concebimos como rock nacional. La banda pega fuerte y duro con distorsión cristalina y poco invasiva.
A primera vista, se deja llevar por lo que la voz pide, pero se trata de una relación simbiótica. A pesar de recorrer más beats y géneros de lo que parece, resulta homogéneo con dos consecuencias: por un lado, está bueno sentir que es todo parte de una sola dinámica y al mismo tiempo nos deja con ganas de verlos explorar aún más. Pero esto último no es viable, ya están armándose su nicho musical y solidificando su identidad -y aquí la estrella no es el acompañamiento sino las historias.

Estamos llenos de historias


Labios del Río recorre un mundo urbano y costumbrista sin caer en los lugares comunes del género, como las imágenes que pinta en ‘Mundo Lego’, donde la frase “Ni siquiera me gusta el fernet, ni el whisky doble/o la tapita negra/soy de las que deja caminar/una cucaracha en la espalda/el Raid no sirve para amar” es parte de un paisaje trágico y conmovedor; y en el doloroso ‘Las Cajas’ traza la crisis de una relación “Pero esta vez me toca a mí/Hablar en la última noche sin dormir/ de lo que nadie quiere//Ya no podré contar las veces que borré/el mismo mensaje sin mandar”. El proceso de “criollizar” ‘Two of US’ de los Beatles merece una mención especial, con logros como “Dos de nosotros/madrugando abrigados bajo el sol/Vos y yo sin un ángel/pidiendo plata/y sin querer volver”.
La poesía es accesible y profunda al mismo tiempo, demostrando que existe otra manera de representar el día a día de la gente y la introspección sin necesidad de recurrir al rap o hip-hop. Gran parte de las reflexiones son hechas desde el mundo adulto, así que puede necesitarse más de una escucha para adentrarse en el punto de vista, acostumbrarse a que la voz masculina hable de sí mismo en femenino y masculino, y descubrir los pequeños detalles (si, al inicio de ‘Hablar de vos’ suena el informativo del tren).

¿Vale la pena?
Un corte de manga a lo que el mainstream nos quiere vender como industria nacional autóctona de rock para identificarnos con la bandera argentina de fondo. Si bien todos los discos merecen más de una oportunidad, cada nueva escucha a Labios del Río incrementa su calidad e importancia -de personalidad fuerte, guste o no, merece ser escuchado.
Mientras la juventud rockera no está siquiera pateando tachos de basura, los grandes toman la iniciativa para iluminar el camino -si se me permite un paralelismo con el último disco de Pez. Sera cuestión de seguirlos antes de que sea tarde.

Recomendados: Semilla de Piedra, Santo tomé, Mundo Lego, Dos de nosotros

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