"¿Ya lo tenés?": Cómo el primer líder de Pink Floyd pasó de sentar las bases para que la banda fuera un emblema de la historia del rock y de la música experimental a enloquecer a sus compañeros en el estudio y abandonar la música para siempre.

“Tarde o temprano ese lenguaje marginal, ese no lenguaje, tiene una estructura
absolutamente cósmica que no se puede descartar. El lenguaje de los locos
será mañana el lenguaje de los cuerdos”.
Luis Alberto Spinetta

 

Habitualmente, se ha pensado en la imagen del artista como un individuo descarriado, excéntrico y rebelde, a contramano del resto del mundo. El mito de la oveja negra, marginal y estrambótica, rechazada por el juicio moral de la sociedad con la que coexiste. Se presenta un doble proceso en el cual el artista es rebelde gracias al rock & roll y el rock & roll existe a través de la rebeldía del artista. En muchos casos la rebeldía del rockero se traduce en consumos abusivos de sustancias y vestimentas excéntricas, pero por más caprichosa y sinsentido que parezca la insurrección del artista, en los trasfondos de esos desacatos superficiales subyacen fundamentos vinculados con una profunda cosmovisión de la existencia como experiencia.
Alentados por un contexto de transformaciones sociales y culturales, los modos de ser y pensar de artistas como Morrison, Brian Jones o Spinetta fueron disruptivos con lo establecido e impusieron una revolución creativa y metafísica. No es sorpresa que lo más elemental de esos mensajes, por lo experimental de sus recursos, no hayan sido trascendentes para conservadores y escépticos. Pero ¿qué sucede cuando todo ese caos deja de ser armónico? Cuando la creatividad deja de rutilar por su contraste con determinado orden y pasa a ser una luz perdida en el caos, ¿sigue teniendo sentido esa revolución?

A través de una obra integral, conceptual, crítica y ambiciosa, Pink Floyd promovió un giro en los modos de componer, entender y gozar la música. Su opus magnum, Dark side of the moon, ostenta el récord de mayor cantidad de semanas en el Billboard 200, habiéndose aferrado 917 semanas en el top 200 entre 1973 y 1988 (seguido por la recopilación Legend, de Bob Marley y los Wailers, por una diferencia abismal de 531 semanas). Se estima que uno de cada cinco hogares en Londres tiene el álbum, dato que se desprende de otra estadística más contundente: es el tercer disco más vendido de la historia, por detrás de Thriller y Back in black. Además, Floyd es la única banda en haber lanzado cuatro LP número 1 en el Reino Unido y Estados Unidos en forma consecutiva: el citado Dark side… (1973), Wish you were here (1975), Animals (1977) y The wall (1979). ¿Quién no gozó la introducción dulce y melancólica de “Wish you were here”? ¿Quién no guitarreó el aire, con la cara distorsionada por el placer, al compás del épico y desgarrador solo de Gilmour en “Confortably numb”? ¿Quién no se dejó estremecer por el coro sedicioso de los estudiantes de Islington Green School en “Another brick in the wall”?

En las solemnes calles de Cambridge, donde se conocieron los miembros de la banda, Roger “Syd” Barrett se paseaba con su guitarra bajo el brazo, despeinado y en campera de cuero, reencarnando la imagen del artista bohemio en una época en la que era usual ver a los jóvenes de camisa y corbata. Un amigo de su infancia relata: «Syd era extremadamente guapo, bien formado y con una disposición alegre, luminosa, jovial. Querido por todos, las mujeres lo consideraban inmensamente atractivo. Ingenioso e interesado en el arte y el rock and roll, Syd era impactante. La ropa que portaba cuando no vestía el uniforme escolar eran extremadamente icónicas del estilo beatnik y bohemio». Si bien tenía un ukelele, una guitarra acústica, un banjo y una guitarra eléctrica a la que había adornado con espejos circulares que generaban un efecto psicodélico, la mayor pasión de Barrett siempre había sido la pintura.

«Little Red Rooster», una pintura de Barrett de 1964, probablemente inspirada en el blues de Willie Dixon, a quien los Stones versionaron ese mismo año.

Una vez terminada la secundaria, Syd abandonó su ciudad natal y su banda Geoff Mott and the Mottoes para trasladarse a Londres, a donde ya había migrado Waters, y unirse al proyecto de este, Sigma 6, que luego, por sugerencia suya, se convertiría en Pink Floyd, en honor a los bluseros norteamericanos Pink Anderson y Floyd Council. A pesar de ser el más joven y el menos dotado técnicamente para la música, en seguida se convirtió en el líder espiritual y artístico del grupo, del que pronto también pasó a ser cantante, compositor y guitarrista principal. Nick Mason esclarecería más tarde las consecuencias de semejante cambio para la banda: «Syd tenía una nueva forma de ver las cosas… Bob Klose [el cantante anterior] era un gran guitarrista, pero probablemente hubiéramos sido un grupo mucho más conservador». Con el liderazgo de Barrett y la influencia de Mike Leonard, músico que les alquilaba el departamento donde vivían, Pink Floyd abandonó el estilo blusero tradicional y se tornó más experimental. Para ese entonces, Leonard trabajaba en un show de luces absolutamente psicodélico, que terminó por complementar el estilo musical que adoptó la banda para su primer disco.

1967 fue una bisagra, tanto para el despegue de la banda como para la historia personal de Syd Barrett. Habiendo debutado en vivo en 1966, y con póster central en el underground londinense (sobre todo en el Club UFO), Pink Floyd firmó contrato con EMI Records. En la primera mitad ese año lanzó sus primeros dos simples: “Arnold Layne”, cuya letra alude a un transexual (por lo que fue censurado en la radio británica), y luego “See Emily play”. Ambos temas lograron una inmensa popularidad, lo que le abrió a la banda las puertas de los estudios Abbey Road. Allí, en simultaneidad con la grabación del reconocido Sgt. Pepper’s, Pink Floyd grabó su primer álbum, The piper at the gates of dawn (El flautista en las puertas del alba), constituido, excepto por una sola canción de Waters, por composiciones únicamente de Barrett.

El sonido del disco era innovador, experimental y auténtico; un tipo de rock espacial, abarrotado de arreglos rítmicos y melódicos, cambios repentinos y pasajes tétricos. En lo técnico, se destacaba por las progresiones de acordes inusuales, cambios de métrica, combinación de géneros y hasta improvisaciones. La lírica oscilaba entre la filosofía de Confucio y divagaciones galácticas, pero estaba predominantemente basada en infantilidades (reyes, gnomos, espantapájaros, bicicletas, etc.) y, consecuentemente, estaba plagada de aliteraciones y juegos léxicos. El álbum entero, incluyendo su tapa, refleja nítidamente la mente de un consumidor empedernido de LSD, como lo era su compositor. Así, tanto The Piper… como Sgt. Pepper’s, de similar impronta, se convirtieron en íconos imborrables del rock psicodélico.

Pero de la mano de la fama, llegarían las pesadillas para Barrett. Los más allegados coinciden al señalar un fin de semana de excesos, durante el cual desapareció del radar, como un evento irreversible en la vida del artista. Un antes y un después que terminaría por arrebatarle la cordura. Su amigo David Gale ilustró: «Timothy Leary (famoso psicólogo de la época que promovía el uso del LSD) y sus seguidores nos hicieron creer que 500 miligramos era una dosis promedio, cuando 250 o menos eran totalmente adecuados. Con 500 miligramos, surge una irresistible y poderosa compulsión para soltar el ego y meterte hasta el fondo de tu inconsciente en un mundo de alucinaciones». Cuando volvió de aquel fin de semana, con la mirada perdida, su comportamiento se había tornado indescifrable e impredecible. Y, a pesar de la insistencia de su círculo para seducirlo a comenzar terapia, su condición no hizo sino empeorar, así como también su adicción por el LSD, Mandrax y otras drogas alucinógenas.

Grabación de un viaje de ácido de Barrett en 1966, registrada por su amigo Nigel Lesmoir-Gordon.

Después del acontecimiento, Syd propuso dos singles más: “Scream thy last scream (Woman with a casket)” y “Vegetable man”, pero resultaron ser muy lúgubres y siniestros, por lo que fueron rechazados por el productor. Entonces, una serie de tragicomedias fueron erosionando su liderazgo en la banda. Empezó por tener comportamientos erráticos en los conciertos, en particular en la importantísima gira por Estados Unidos: desafinaba la guitarra en pleno recital, se quedaba quieto contemplando al público o simplemente sostenía una sola nota. A veces, podía pasar horas con la mirada perdida en una caja de cereal, como si se tratara de un televisor, mientras un cigarrillo se consumía íntegro en sus dedos (escena que se ilustra a la perfección en la película The Wall). En grabaciones de videoclips, inclusive engañaba a los productores mostrándose entusiasmado por grabar y quedándose helado cuando la cámara comenzaba a rodar. Luego de conciertos cancelados y entrevistas suspendidas por el estado de Syd, la banda decidió que necesitaba tener una suerte de back-up en el escenario, así que Gilmour se encargaría de aprender las partes que correspondían para evitar vacíos.

Al principio, el plan de la productora y de Pink Floyd, era convertir a Syd en una especie de Brian Wilson, líder de los Beach Boys que, después de una fuerte crisis nerviosa abandonó los eventos en vivo y se dedicó a componer para la banda. Pero la inventiva no fue fructífera. En una ocasión, Barrett llegó al estudio para proponer una nueva canción titulada «Have you got it yet?» (“¿Ya lo tenés?”), pero cada vez que se la mostraba a Waters, que intentaba aprenderla, Syd la modificaba levemente y le preguntaba: “¿ya lo tenés?”. En una entrevista reciente, Waters confirmó que ese fue el último día que compartió estudió con él. A partir de ese momento, la banda decidió que era imposible seguir adelante con él y, en camino a una función en Southampton, decidieron no pasar a buscarlo. Y, finalmente, y después de tan sólo cinco conciertos con cinco integrantes, David Gilmour reemplazó definitivamente el puesto de Barrett.

Su último aporte a la banda en materia compositiva fue “Jugband Blues”, su único tema en el segundo álbum de estudio, A saucerful of secrets. La letra arranca reflejando crudamente la realidad del estado mental de Barrett: «es muy considerado de tu parte pensar en mí aquí. Y me siento obligado a dejar en claro que no estoy aquí». Más adelante, canta «me pregunto quién podría estar escribiendo esta canción», como tratando de descifrar las voces en su cabeza y cierra cuestionándose: «¿y qué es exactamente un sueño? ¿Y qué es exactamente una broma?». Todo muy tétrico.

En 1970, con la ayuda de David Gilmour como productor y bajo el sello de EMI Records, Syd Barrett sacó sus únicos dos trabajos de estudio como solista. El primero, The madcap laughs (Las risas del loco), consiste en 13 temas completamente acústicos y en bruto (idea de Gilmour), por lo que se puede escuchar la voz de Barrett dando indicaciones para cortar y volver a empezar en más de un tema. A pesar de (o como consecuencia de ello) ser depresivos, crudos, desestructurados y psicodélicos (fue catalogado dentro del género «acid folk»), muchos de los temas sonaban hipnotizantes y consiguieron un éxito razonable, lo que llevó a la grabación del segundo álbum. Barrett, su último disco, salió diez meses después. Incluyó la participación de Rick Wright y David Gilmour en la grabación y, por ende, se trató de música menos cruda y más elaborada estructuralmente. Sin embargo, cosechó menos interés en el público y significó el fin de la carrera solista de Syd.

The lunatics are on the grass: clip de «See Emily play»

Según Marcelo Bertoni, psicoanalista del Hospital Borda consultado por ROCKOMOTORA, si bien es casi imposible hacer un diagnóstico a partir de algo tan disruptivo y libre como el arte, en las obras producidas por Barrett en su etapa solista se exponía cierta dificultad a la hora de organizar y ordenar tanto la música como la letra, lo cual es característico de la esquizofrenia. En ese sentido, la canción “Effervescing elephant”, plagada de aliteraciones, carente de estructura (como la mayoría del resto de sus obras) y con un ritmo casi incesante podría ser indicio de alguna patología psiquiátrica.

El último encuentro de Barrett con los integrantes de Floyd, en 1975, resultó teatralmente dramático. Mientras la banda grababa Wish you were here en homenaje a Syd (precisamente durante la tremenda “Shine on you crazy diamond”), un hombre gordo, pelado y con las cejas afeitadas (también reflejado en The Wall) entró en el estudio . Al principio, a ninguno de los músicos le resultó familiar y algunos hasta preguntaron quién era, pensando que se trataba de un vagabundo. El shock emcional de enterarse de que ese sujeto era Syd tocó una fibra tan sensible que marcó a cada uno de los integrantes. “Siete años sin contacto y aparece justo cuando estamos haciendo este tema en particular. ¿Coincidencia? ¿Karma? ¿Destino? No lo sé, pero fue muy shockeante”, reflexionó años más tarde Rick Wright al respecto. En su autobiografía, Nick Mason relata lo que Barrett les contó a los integrantes del grupo para ponerlos al día respecto de su vida: “bueno, tengo una tele color… y una nevera, pero las chuletas se esfuman, así que tengo que seguir comprando más”, lo que podía explicar en parte sus kilos extra. Aún sintiéndose parte de Pink Floyd, preguntó cuándo era su turno de grabar su parte en la guitarra. Una mentira piadosa bastó para calmar sus ansias: “ya las grabaste”. Tranquilo con la respuesta, pidió escuchar el tema y terminó opinando que tenía un sonido “viejo” y poco vanguardista. Pero como si toda la escena no estuviera cargada ya de suficientes casualidades, más temprano aquel mismo 5 de junio David Gilmour se había comprometido en casamiento y había organizado en el estudio un pequeño brindis, en el que Syd permaneció unos minutos antes de irse sin que nadie lo notara. Para la mayoría de los integrantes de Floyd, ese fue el último contacto con el diamante loco.

Si bien el disco entero es una suerte de lamento, por un lado, y agradecimiento, por el otro, hacia Syd, “Shine on…” tiene una lírica explícita y precisa. Como expresó Gilmour, “Roger [Waters] encapsuló un montón de pensamientos que todos sentíamos sobre Syd”. “¿Recuerdas cuando eras joven? / Brillabas como el sol / Ahora hay una mirada en tus ojos / como agujeros negros en el cielo”. Aquel joven esbelto y lleno de vida era ahora un hombre apagado, gordo y rapado hasta las cejas. “Quedaste atrapado en la encrucijada entre infancia y estrellato”, expresa Waters y hace referencia a la paranoia que consumía a Syd, atormentado por las voces dentro de su mente: “amenazado por las sombras de la noche y risas lejanas”. A lo largo del tema, además, logra sintetizar la esencia de Barrett en unos cuantos nombres que utiliza para no recurrir a lo explícito: extraño, leyenda, mártir, vidente, pintor, prisionero y flautista (en referencia al debut de la banda). La canción, además de sublime, honra el legado de ese “mártir” en cuanto obra experimental, sin estructura marcada, en donde el sonido propone una especie de viaje cósmico gradual. Una obra a la cual hay que entregarse para poder comprenderla. Es en este sentido que la canción simboliza un agradecimiento a Barrett por expandir las fronteras de la concepción de la música, por abrir las puertas de un camino que él mismo no logró recorrer, pero que Pink Floyd, en su madurez, perfeccionó y estableció como identidad inconfundible.

Según la leyenda, luego de quedarse sin dinero en Londres, caminó 80 kilómetros hasta su ciudad natal para vivir con su madre. Una vez allí, Barrett se alejó por siempre de la escena musical y vivió recluido con la única compañía de su hermana, pintando cuadros de lo más abstractos y cuidando su jardín.

El último encuentro entre Waters y su amigo Syd fue azaroso: Barrett salía del supermercado al que Roger entraba y lo único que había en sus bolsas eran golosinas. Roger Keith “Syd” Barrett murió el 7 de julio de 2006 a causa de un cáncer de páncreas por diabetes crónica a los 60 años. Sus pertenencias fueron subastadas entre fans y su casa, tasada en 300.000 libras esterlinas, terminó vendida en medio millón. La eternidad recordará a Barrett como un diamante en bruto que, a punto de brillar dentro del orden, se convirtió en una luz perdida en el caos que fue fundamental en la expansión de las fronteras de lo pensable y lo disfrutable en la música.