En la Argentina del dólar furioso y de la recesión con peso de plomo hubo chicos acampando noches y días para comprar entradas de un festival del cual aún no se sabe la grilla de artistas. Incluso en el devastador 2001 hubo festivales fechados y vendidos que no se suspendieron ante la amenaza de renuncia presidencial. La cultura de festivales no se circunscribe solo al rock, los hay de todos los demás géneros con igual nivel de intensidad y fervor. Tal vez en la historia esté la explicación para comprender lo que sucede en esos espacios cercados con música, comida, merchandising impagable, poca comodidad, dudosa calidad de sonido y muchísimas personas con algo en común. En esos eventos, según la historia lo demuestra, el compromiso del público es total porque, con ciertas cosas, en Argentina no se juega…

Lollapalloza, Quilmes Rock, Personal Fest, Rock & Pop Festival, BUE, Pepsi Music, Festival Emergente o el ya for export Cosquín Rock son mucho más que negocios millonarios con cara de rock. No hay crisis que los detenga y hace rato que dejaron de ser fenómenos exclusivos para consumidores urbanos. El argentino es rockero y festivalero y lo vive con la misma pasión que todo el resto de sucesos en la agenda de sus usos y costumbres. Resulta que este amor, como en las historias clásicas, tiene una raíz dolorosa. Porque de un fondo muy profundo no se sale fácil y ese fue el caso de la sociedad argentina de los 80’, post dictadura, post 30 mil desaparecidos, post censuras de todos los colores, post guerra de Malvinas, post juicio a las juntas y aferrada al lema Nunca Más.

El 15 de octubre de 1988, Sting, en Argentina, invitó al escenario a las madres de plaza de mayo. La legitimación de la lucha de las mujeres más valientes del país se hacía visible en un contexto de rock y de la mano de un músico inglés (tal vez el más inglés de su generación) consagrado. Y la invitación no era un mero paso al frente para recibir un aplauso, sino que incluyó la interpretación en español de la canción escrita en su honor, “They dance alone”, o mejor dicho en este caso, “Ellas bailan solas”. Esa noche, el micrófono reunió a Sumner y Peter Gabriel con Estela de Carlotto y Nora Cortiñas para cantar, acompañados de 75 mil espectadores, una verdad desgarradora. La búsqueda recién comenzaba. Esa noche, el rock fue el mundo que todos queremos, la utopía de un lugar mejor o, tal como tituló algún diario, “Música para una cuestión de principios”. Todavía faltaban tres años para que el caso Bulacio, sucedido a pocas cuadras del River que recibió la llama encendida de Amnesty, llevara al género a un costado sombrío en los medios.

«Esa noche, el rock fue el mundo que todos queremos, la utopía de un lugar mejor o, como tituló algún diario, “Música para una cuestión de principios”.»

Hacia 1988 circulaba en Argentina la estela ulterior de lo que la historia llamó “primavera alfonsinista”. Este fenómeno que incluía política, cultura e intervención de espacios públicos tuvo detalles muy interesantes que resultaron funcionales al festival de Amnesty. Durante los años de la dictadura, escuchar rock en vivo era una tarea para valientes. Pues bien, ya sea por valientes o por inconscientes, los argentinos nunca dejaron ni de escuchar ni de producir rock. Había un sentimiento muy fuerte que se gestaba y crecía a escondidas. En una época en la cual “las redes” eran teléfonos públicos y agendas de papel, los amantes del género igual tenían ingenio y recursos para estar en todas. En 1983, hubo una prueba de fuego doble: como coletazo de Malvinas, el presidente de facto Leopoldo Galtieri estableció una prohibición de emisión y difusión de música en inglés en medios de comunicación masivos. Los resultados fueron insólitos porque, por un lado, las radios necesitaron con urgencia un catálogo abundante de bandas en español para completar sus grillas y, por otro, la circulación de la música en idioma anglosajón quedaba en suspenso. Los militares no lo habían planeado así, pero hubo consecuencias positivas: muchísimos grupos de rock y pop locales listos para recibir su oportunidad.

Con todo este historial como prueba, la sociedad argentina siempre tuvo, a diferencia del resto de la región, una especial debilidad hacia el rock clásico inglés. Los motivos son miles. En la batería de argumentos, pueden entrar la masa migratoria que compuso el mosaico cultural de las principales ciudades y, como otra cara de la misma moneda, la imperiosa necesidad de ser diferentes al resto de los países. En este contexto, Amnesty tuvo una trascendencia fundamental y determinante. La herida abierta puede resultar un dolor fugaz, pero la cicatrización no es ni rápida ni fácil. Y esta metáfora aplica a todo lo que duele, desde la muerte hasta el terrorismo de Estado más salvaje. Renacer lleva tiempo y cuesta mucho para quien supo lo que es agonizar, y ese era el caso de la vida política y de los lazos sociales de los argentinos post dictadura. Todos hablaban de derechos humanos y todos decían nunca más, pero era muy difícil volver a empezar. Cuando Tracy Chapman terminó el segundo tema de su set la noche del 15 de octubre de 1988 en River, mientras el público coreaba su nombre mal pronunciado, ella leyó de una hoja arrugada y escrita a mano: “Hola, mi español no es bueno, pero espero que me entiendan. Espero que disfruten de este concierto, pero espero que recuerden que están todos aquí por los derechos humanos. Este concierto es para ustedes, pero especialmente para aquellos que no pudieron estar aquí esta noche. Aquellos que están en prisión, para aquellos que han desaparecido y para aquellos que sufren. La declaración de los derechos humanos es para todos”. Lo que había que decir de forma absoluta y definitiva, lo dijo una cantante extranjera cuyos hits la rompían en los principales rankings del mundo. Si había alguna duda de por qué y para qué había que estar ahí esa noche, esa mujer afroamericana lo dejó más que claro con su voz que arrullaba a los jóvenes desde las incipientes FMs locales.

«Este concierto es para ustedes, pero especialmente para aquellos que no pudieron estar aquí esta noche. Aquellos que están en prisión, para aquellos que han desaparecido y para aquellos que sufren. La declaración de los derechos humanos es para todos (Tracy Chapman)»

En otras partes del mundo, los organizadores no habían aceptado que músicos locales formaran parte del cierre ni que compartan escenarios con los consagrados como Sting, Bruce Sprinsteen o Peter Gabriel. Pero, de este lado del globo terráqueo, había una personalidad capaz de producir el milagro argentino y no era ni más ni menos que Daniel Grinbank. Casi como un augurio de lo que sería el futuro festivalero de la nación, Grinbank fue mediador para la convivencia de propios y ajenos en el festival más esperado de la historia del arte y entretenimiento de Sudamérica. El resultado fue un cierre memorable de las celebridades foráneas junto a Charly García y León Gieco para cantar y danzar una extendida versión de “Get up Stand Up” de Bob Marley.

Cuando fue el turno de Peter Gabriel, también hubo un momento para pronunciar palabras en un difuso castellano. El ex Génesis dijo: “Soñamos un mundo en el que cada hombre, mujer y niño tenga sus derechos protegidos. Pido a todos que firmen esta declaración. El futuro está en sus ojos”. Por supuesto se trataba de la introducción del exitazo mundial “In your eyes” en una performance a puro “world music”, concepto que se popularizó en los 80. La temporada eterna de clichés recién comenzaba y le quedaban décadas por delante en la naciente cultura de festival. El futuro del cual hablaba Gabriel tuvo y tendrá muchas aristas para el rock. Hoy ya no es Amnesty y son pocas las palabras nobles que componen los nombres de los eventos. En cambio, casi todos los nombres de festivales incluyen una marca. No se reúnen bandas para que los seres vivos crezcan en una Tierra mejor sino porque un sponsor pudo costear la inversión millonaria.

«Hoy ya no es Amnesty y son pocas las palabras nobles que componen los nombres de los eventos. En cambio, casi todos los nombres de festivales incluyen una marca.»

El documental que se realizó sobre la fecha de cierre del Festival de Amnesty tiene algunos colores simpáticos y nostálgicos. Seguramente, fue uno de los primeros antecedentes de músicos de prestigio internacional escuchando coros desafinados en tono de cancha argentos. Por cierto, hace 30 años las estrellas de rock eran mucho más inaccesibles e inabordables. De este modo, cabe imaginar la conmoción que seguro generó la presencia de estos celebrities en la tierra mendocina en su paso previo a Buenos Aires. Resulta, que la dictadura pinochetista prohibió el desarrollo del show en Chile y, en un gesto más de comunión festivalera y rockera, la provincia argentina ofreció su espacio para que los chilenos puedan cruzar para ver a sus ídolos. De verdad que las imágenes del documento audiovisual son casi surrealistas desde el ojo actual. Detalles de un mundo que ya no existe pero que, sin dudas, puso los cimientos de la realidad que hoy inquieta.

Como así lo marca el protocolo festivalero desde siempre, el cierre estuvo a cargo de los divos. El casi final fue a cargo de un Sting pelilargo, ochentoso y hitero. Ya en aquel año tenía dos costumbres que lo acompañarían por el resto de su carrera: portación de megabandas con músicos excelsos e interpretación de clásicos de The Police a demanda. El inglés, en términos actuales, esa noche lo dio todo. Un año antes había pasado por Buenos Aires y alguien le acercó fotos de desaparecidos. Ese rockstar rubio con aspecto de gimnasta olímpico ya tenía su cuota de humanidad más que cubierta con su colaboración para Amnesty. Nadie podía pedirle más al sex symbol del rock más vendedor de las últimas dos décadas. Sin embargo, cuando promediaba un show eufórico, Gordon Sumner dijo desde su micrófono en River en perfecto español: “Me pregunto por qué la junta militar pensó que Chile y que Argentina podrían crecer sin esas bellezas. Me pregunto por qué la junta militar pensó que América Belleza podría crecer sin ese espíritu. Me preguntó por qué la junta militar pensó que el mundo podría crecer sin ese talento. Esta canción está dedicada a los familiares de los desaparecidos”. Y justo ahí subieron las Madres de Plaza de Mayo acompañadas por Peter Gabriel para participar de su propia canción. El rock les cantó a los pañuelos blancos frente a la masa que buscaba cicatrizar. Nadie se lo pidió, pero Sting lo hizo igual y lo impensado sucedió. “Nunca más” y la lucha de madres y abuelas daban la vuelta al mundo mucho antes de Internet.

Cuando horas más temprano Charly García abrió el Festival de Amnesty, una vez más, dejó en la historia una frase autoprofética. Lo primero que escuchó el auditorio fue a un García irónico al grito de “Acá el único jefe soy yo”. Ese fue el recibimiento que el principal exponente del rock argentino le dio a la troupe externa. Fue entonces que el principio estuvo a cargo de un jefe y el final de otro. Bruce Springsteen le puso el broche final a la noche más importante de los festivales argentinos. Cuenta la leyenda, que el propio Boss era el más reticente a la incorporación de artistas argentinos para esa velada. Al parecer, lo convenció conocer la canción “Solo le pido a Dios”, la historia del tema y que León Gieco sea uno de los invitados.

Muchos años, ciencia y tecnología después, las entradas, las revistas y los folletos del Festival Amnesty 1988 se venden en la plataforma de Mercado Libre a valores ridículos. En cada fecha aniversario, los diarios y portales de noticias presentan alguna reseña y algún asistente cuenta su mirada retrospectiva sobre su experiencia. El detrás de escena forma parte de los mitos urbanos de la escena local y también de la historia que supo unir al rock y a la política. Vale la pena leer, mirar y escuchar todo lo que existe publicado sobre Amnesty, tiene sentido desandar el camino 30 años hacia atrás e imaginarse la vida del siglo pasado para entender los cómo y los por qué. Tal vez, de ese modo, se pueda comprender el origen de una de las más ilógicas e irracionales tradiciones musicales de una nación que sostiene en nombre del amor un lazo invisible e indestructible con el rock mundial.