Desde la lengua de los Stones hasta el gesto de los cuernitos, el público se apropia de los símbolos del rock y se convierte en una parte fundamental de esa cultura. Micaela Mallorca se pregunta cómo se da esa retroalimentación.

Ya se juntan en el canto y se empiezan a encender,
se vienen de todas partes, hoy vienen todos a ver
cómo desde la chispeante luz interior
se desata la furia de la bestia rock.

 

El teórico de la comunicación Paul Watzlawick postulaba en uno de sus axiomas que todo comunica. A partir de allí, cualquier fenómeno de la realidad puede ser analizado desde un punto de vista comunicacional. Por ejemplo, los recitales. En ellos se da una curiosa mezcla de elementos que, juntos, se convierten en algo especial.

Esto puede relacionarse con el concepto de mito que acuñó el semiólogo francés Roland Barthes para agrupar y desentrañar a aquello que se presenta como natural. No es natural vestir de determinada manera, hacer ciertos gestos o tener actitudes puntuales: cada una de estas cosas es convencional y cultural. El mito es un sentido más allá del sentido. Cuando nos topamos con una remera con una lengua roja, quien no posea ciertas competencias (un bagaje “rockero”, por así decirlo) solo verá una lengua roja; ahora bien, cualquiera de nosotros pasa por esa doble significación (entendiendo por “significación” el proceso de darle sentido a algo) y entiende que se trata del logo de los Stones. Incluso, hay quienes irán más allá y entenderán que este representa la boca de Mick Jagger y está inspirado en Kali, diosa hindú de la energía eterna. En este caso, el mito detrás de esta lengua radica en su rebeldía, libre expresión, pasión y vitalidad, elementos que le fueron atribuidos por sobre lo que inicialmente es.

Los shows de rock están plagados de ese tipo de convenciones. No es lo mismo asistir a un recital de los Stones que a uno de Foo Fighters, como tampoco es igual ir a uno del Indio Solari que a uno de La Renga. Cada banda tiene un público y cada público su ritual y sus formas de hacer y ver aquello que están presenciando. La noción de público ha sido estudiada por muchos autores de campos tales como la comunicación, el marketing, la publicidad, entre otros. Para la Lic. en Literaturas Modernas, docente e investigadora María Cristina Mata, “ser público no es una mera actividad, es una condición, un modo de existencia de los sujetos o, si se prefiere, un modo específico en que se expresa su socialidad”.

La manera de actuar de los públicos ante las situaciones y los escenarios que se presentan en los shows de rock puede ser interpretada desde distintos puntos de vista. Uno de ellos es pensar nuestra relación con el entorno en forma de una dinámica de estímulo-respuesta, donde las actividades de los sujetos son simples reacciones ante estímulos brindados por aquello que nos rodea. Sin embargo, la otra cara de la moneda sería verlo como un diálogo que se establece entre espectador y contexto, entre el cuerpo, diría Meleau-Ponty, y el mundo. Para el filósofo francés, el cuerpo es un ser viviente orientado al entorno que lo recibe y, a su vez, este entorno requiere de la presencia del cuerpo para ser lo que es, para convertirse en algo capaz de ser percibido. El diálogo que se establece entre cuerpo y mundo debe ser bidireccional.

Volviendo al eje, en los recitales de rock se produce una retroalimentación entre el público y el entorno. Sucede que, mientras que el público recibe lo que ocurre a su alrededor, los componentes que conforman al recital en sí también son testigos del accionar de los espectadores y, en cierta forma, actúan en consecuencia. El recital en sí mismo puede entenderse como un ritual, ya que coincide a la perfección con la definición acuñada por el antropólogo Víctor Turner, quien expresa que este tipo de acontecimiento es una forma de acción simbólica donde, valga la redundancia, habría una recreación de distintos símbolos culturales que son puestos en práctica expresándolos por medio de códigos culturales.

Foto: Maxi Luna/DSL

Dentro de todo esto, no hay que olvidar además que la sociedad actual se encuentra inmersa en la lógica cultural del capitalismo tardío, la cual está guiada y constituida por el consumo, la cosificación y el hecho de que todo se transforma en diferentes mercancías. La música es una forma de expresión artística para transmitir emociones y dar cuenta de situaciones sociales. Pero también es un negocio. Tanto la música como el capitalismo tuvieron que hacer sus concesiones para poder convivir y es así como poco a poco se fue gestando el panorama actual, donde, aunque aún permanecen los espectáculos a la gorra, los músicos callejeros y el tocar como un hobby, también se sumaron los shows multitudinarios, el cobrar una entrada que varía su precio de acuerdo a la ubicación, la fabricación de discos compactos, la implementación de merchandising (objetos, indumentaria y accesorios ‘tuneados’ con leyendas de la banda que se va a ver), entre otras cosas.

La música se convirtió en una mercancía y, de esta manera, también aportó gran cantidad de signos que el público toma, los hace propios y, en su utilización o puesta en práctica, los resignifica. Esto último no quiere decir que aquellos signos no existieran con anterioridad al capitalismo, todo lo contrario. Sin embargo, podría decirse que este sistema los volvió masivos y populares, les aportó más difusión.

Pero el grupo de signos que el público toma y resignifica no solo está constituido por objetos materiales, esto va mucho más allá. Gestos, rituales y expresiones también forman parte de este fenómeno: por ejemplo, el “signo de los cuernos” o maloik. Hay varias historias referentes al surgimiento del uso de este gesto en el mundo del rock, aunque la más fiable es la que se le atribuye a Ronnie James Dio, quien comenzó a implementarlo en 1979 a partir de su ingreso como vocalista de Black Sabbath. El cantante utilizó inicialmente al maloik (habiéndolo adquirido por su abuela, que era italiana y lo usaba habitualmente para curar el mal de ojo) con el fin de reemplazar al símbolo de la paz que anteriormente empleaba Ozzy Osbourne y, a partir de allí, este fue adoptado por muchas figuras como Gene Simmons de Kiss, Marilyn Manson, Karen O, Flea e incluso Fergie de los Black Eyed Peas.

Y el público no solo toma como propias a determinadas formas de actuar o de ser durante esta clase de ritual social, sino que también adopta cuestiones vinculadas a la imagen, las cuales percibe en otros integrantes del público y, en segundo lugar, en los grupos que acude a ver. Así, hay cortes de pelo que se corresponden con determinados géneros.

Y como el rock puede ser analizado desde lo comunicacional y es, además, un negocio, también se lo puede diseccionar como parte de una posible estrategia de marketing. Es por esto que IBM se propuso conocer a la clase de gente que asiste a recitales en la Argentina y, para ello, analizó qué temas se trataban en las redes sociales antes, durante y post algún show. Dentro de los resultados obtenidos se descubrió que los días anteriores a algún recital las conversaciones versan acerca de las ciudades en donde se va a realizar el evento y también sobre desde dónde viaja mayoritariamente el público. Por otro lado, el día anterior ya lo que es conocido como “la previa” cobra protagonismo, incluyendo la cuestión de en compañía de quién se va, la hora de salida a destino y demás cuestiones operativas. Finalmente, cabe destacar que las canciones que la banda o el intérprete han tocado son el ‘trending topic’ del día siguiente.

Todo esto nos lleva a afirmar que el público rockero no es un sujeto pasivo en el ritual que representan los recitales, sino todo lo contrario: se involucra, se compromete y se siente parte de un todo, llevando la bandera de un nosotros que es palpable gracias a las costumbres que se materializan en los shows. El nosotros rockero se ve en los cánticos, en los pogos, en las banderas o pancartas elaboradas especialmente para cada ocasión y, en sí, en el “aguante”. El aguante como aquello que demuestra que se poseen los códigos y saberes apropiados para pertenecer y que, además, se trata del hecho de bancar a una banda pase lo que pase.